Capítulo 25:
El cielo permanecía gris durante días. La nieve no cesaba. Ni el fuego encendía ya en los pueblos cercanos a Skaden. Las aldeas comenzaron a abandonar los valles, huyendo del frío que parecía venir desde el corazón mismo de la montaña.
Eira lo sentía todo.
Cada paso que daba, cada respiración, parecía alterar la tierra a su alrededor. No podía controlarlo, solo contenerlo.
Kael permanecía cerca, siempre vigilante, aunque en su mirada había un brillo que ella no había visto antes: miedo.
Una noche, mientras acampaban en las afueras del bosque helado, Liora escuchó un sonido entre los árboles: un tintineo de metal, pasos coordinados, respiraciones contenidas.
—No estamos solos —susurró.
Kael se levantó de inmediato, espada en mano.
Del bosque emergieron figuras encapuchadas, vestidas con armaduras oscuras cubiertas de símbolos dorados. Su formación era precisa, casi ritual.
Uno de ellos avanzó al frente, sosteniendo una lanza tallada en obsidiana.
—Por decreto de la Orden del Alba Negra —dijo con voz firme—, están bajo arresto.
Eira frunció el ceño.
—¿Bajo qué ley?
El hombre bajó la capucha. Su rostro estaba marcado con cicatrices de hielo, y sus ojos brillaban como carbones encendidos.
—La ley de los vivos. Has despertado algo que debió permanecer enterrado.
Darian dio un paso al frente, furioso.
—La Orden fue disuelta hace siglos. No tienen autoridad aquí.
—La Orden no muere —respondió el guerrero, sin mirarlo siquiera—. Solo duerme hasta que el invierno amenaza con regresar.
Eira sintió el medallón pulsar, como si respondiera al peligro.
—No soy una amenaza.
El hombre levantó su lanza, y el aire se volvió pesado.
—Eres el principio del fin del equilibrio. Donde caminas, la primavera muere.
Antes de que Kael pudiera reaccionar, el suelo tembló. Las sombras detrás de los soldados se retorcieron, adoptando forma. Eran como espectros: guerreros antiguos, espíritus ligados a la Orden por juramentos de sangre.
—Ellos tampoco olvidan —dijo el líder, sonriendo—.
Eira alzó la mano, y el viento respondió. El frío estalló en una ráfaga blanca que barrió el campamento. Las antorchas se apagaron, y los soldados retrocedieron cubriéndose el rostro.
—No quiero pelear —gritó Eira—, pero si insisten…
El medallón brilló con fuerza. El hielo se levantó del suelo y tomó forma: lanzas, espinas, cristales cortantes. La tormenta parecía obedecerla, girando a su alrededor como una criatura viva.
El líder clavó la lanza en la tierra. Un círculo dorado se abrió bajo sus pies, y la tormenta se detuvo de golpe.
—El invierno no manda sobre nosotros —dijo con voz grave—. Nosotros somos los que velamos para que nunca regrese.
Eira sintió una punzada de dolor en la cabeza. El medallón comenzó a sangrar luz.
El suelo se abrió y un murmullo profundo surgió del abismo: una voz familiar.
“Ellos son los guardianes del fuego… tus opuestos.”
Los ojos del líder se alzaron hacia ella.
—Nos veremos en el Santuario de las Llamas. Allí decidirás si eres diosa… o monstruo.
En un destello, la Orden desapareció. Solo quedaron sus huellas en la nieve, marcadas con fuego.
Kael miró el horizonte ennegrecido.
—El mundo ya sabe que volviste. Y no te dejarán vivir en paz.
Eira apretó el medallón entre sus dedos.
—Entonces tendré que aprender a ser lo que temen.