Capítulo 24:
La luz del amanecer apenas tocaba las montañas cuando el viento cambió. No era una brisa común: olía a hierro, a hielo recién nacido, a memoria.
Kael fue el primero en notarlo.
—El aire… está distinto.
Liora, que aún trataba de encender una antorcha, se detuvo y alzó la vista. El fuego no prendía. Las llamas se congelaban al instante, convertidas en flores de escarcha que caían al suelo.
Darian apretó los puños.
—Lo que sea que pasó allá abajo, lo está cambiando todo.
Eira estaba de pie frente a ellos, en silencio. Sus ojos seguían reflejando el mismo brillo plateado que había traído del sueño del hielo. En su respiración, el aire se cristalizaba como si el invierno naciera de su pecho.
No recordaba cuánto tiempo había pasado en aquel sueño, pero ahora podía sentirlo: cada copo de nieve que caía, cada capa de hielo que se formaba sobre la tierra… respondía a ella.
—No tengan miedo —dijo, aunque su voz sonaba lejana, como si hablara a través del viento—. No quiero lastimar a nadie.
Kael la miró con mezcla de devoción y recelo.
—No eres tú la que puede decidir eso ahora.
De repente, un rugido profundo sacudió el valle. Los árboles se inclinaron, el suelo vibró, y del bosque cercano emergió una criatura enorme, cubierta de escarcha y cuernos rotos: un antiguo guardahielo, bestia de la era anterior a los hombres.
Liora retrocedió, aterrada.
—Eso… eso no debería existir.
El monstruo olfateó el aire, luego se inclinó ante Eira, su cabeza casi tocando el suelo.
El silencio fue absoluto.
Eira dio un paso al frente, y la bestia levantó la mirada.
Sus ojos reflejaban el mismo resplandor plateado.
—Me reconoce —dijo Eira en voz baja—. No como enemiga… sino como heredera.
El medallón comenzó a brillar de nuevo, esta vez con un tono más frío, casi letal.
El viento aulló con fuerza, y a lo lejos, sobre los montes, columnas de hielo se alzaron hacia el cielo como lanzas. Los cielos se nublaron en cuestión de segundos: una tormenta imposible, que cubría incluso las regiones que nunca conocieron la nieve.
Darian cayó de rodillas.
—Los antiguos inviernos… están regresando.
Kael apretó la mandíbula.
—Y no todos celebrarán su regreso.
Eira alzó la vista. Entre las nubes, por un instante, creyó ver una figura observándola: alta, envuelta en sombras, con los mismos ojos blancos que el Guardián Perdido.
Una voz resonó dentro de su mente:
“El equilibrio se ha roto… y ellos vendrán por ti.”
Eira cerró los ojos.
—Entonces que vengan.
El viento respondió con un rugido que heló el amanecer.