El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

La Ciudad que Nunca Cayó

Capítulo 57:
Las puertas de cristal se cerraron lentamente detrás del grupo.
El sonido recorrió toda la ciudad.
No era un estruendo.
Era un eco.
Como si las calles recordaran que, después de mil años...
Alguien había regresado.
Eira observó a su alrededor.
Las avenidas eran inmensas.
Los edificios estaban construidos con un cristal tan puro que reflejaba el cielo como si fueran espejos.
No había nieve sobre ellos.
Ni una sola grieta.
El tiempo parecía no haber podido tocar aquel lugar.
Liora caminó hasta una fuente.
El agua seguía fluyendo.
Cristalina.
Pura.
—¿Cómo puede seguir viva esta ciudad?
Darian se arrodilló junto a la fuente.
Tomó un poco de agua entre sus manos.
—No es agua...
Es Energía del Equilibrio.
Mientras exista...
La ciudad permanecerá intacta.
Kael observó las calles.
Algo le resultaba extraño.
—¿Dónde está la gente?
El silencio respondió por ellos.
El Rey de la Noche Blanca avanzó lentamente.
Sus pasos eran pesados.
Cada rincón despertaba un recuerdo.
Se detuvo frente a una pequeña plaza.
En el centro había una estatua.
Representaba a cinco guerreros.
Sus rostros estaban desgastados por el tiempo.
Pero sus posiciones seguían transmitiendo firmeza.
El Gran Maestre quedó inmóvil.
Sin comprender por qué...
Levantó una mano hacia una de las figuras.
Sintió una punzada en el pecho.
Una imagen apareció fugazmente en su mente.
Cinco amigos riendo.
Una promesa.
Y un amanecer.
Desapareció tan rápido como había llegado.
—Estuvimos aquí...
Susurró.
—Sí.
Respondió el Rey de la Noche Blanca.
—Aquí empezó todo.
Eira levantó la vista.
En lo alto de la ciudad se alzaba una torre gigantesca.
Su punta desaparecía entre las nubes.
La Pluma del Fundador salió lentamente de su bolsillo.
Flotó unos instantes.
Y apuntó directamente hacia la torre.
Darian respiró hondo.
—Ahí está.
El Primer Guardián.
Antes de que pudieran avanzar...
Una campana comenzó a sonar.
Una.
Dos.
Tres veces.
El sonido recorrió cada rincón de la ciudad.
Liora dio un paso atrás.
—¿Quién la hizo sonar?
Nadie respondió.
Las estatuas repartidas por las calles comenzaron a emitir un tenue brillo.
Una tras otra.
Como si estuvieran despertando.
Kael llevó la mano a la espada.
Pero recordó las enseñanzas de Sylvar.
No desenvainó.
Las estatuas no atacaron.
Simplemente inclinaron la cabeza al paso del grupo.
Como si reconocieran algo en ellos.
Entonces, desde lo alto de la torre, una voz descendió con el viento.
Era serena.
Firme.
Y llevaba siglos esperando ser escuchada.
"Bienvenidos a casa..."
Todos levantaron la mirada.
En el balcón más alto de la torre había un hombre vestido con una armadura de cristal.
Sus muñecas seguían sujetas por largas cadenas plateadas.
Pero permanecía de pie.
Observándolos.
Sus ojos se encontraron con los de Eira.
Y sonrió.
No era la sonrisa de un prisionero.
Era la sonrisa de alguien que, después de mil años de espera...
Por fin veía cumplirse una promesa.
El Rey de la Noche Blanca cayó de rodillas.
Con lágrimas recorriendo su rostro.
—Maestro...
Hemos vuelto.
El hombre levantó lentamente una mano.
Y respondió con una voz cargada de emoción.
—Lo sé.
Los estaba esperando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.