Capítulo 42:
El silencio reinaba en la Biblioteca de los Ecos.
Nadie dijo una palabra después de escuchar al Archivista.
"La Biblioteca no le mostró un recuerdo... le envió un mensaje."
Aquellas palabras seguían resonando en la mente de todos.
Eira observó la extraña marca en su muñeca.
La corona plateada brillaba débilmente.
No quemaba.
No dolía.
Pero podía sentir cómo latía al ritmo de su corazón.
La Bibliotecaria se acercó lentamente.
Sus dedos rozaron la marca sin llegar a tocarla.
Su expresión cambió.
Era miedo.
Un miedo antiguo.
—Hace más de mil años vi esa marca por última vez...
Darian dio un paso adelante.
—¿Quién la llevaba?
La anciana cerró los ojos.
—No puedo responder.
El juramento que hice a esta Biblioteca me lo impide.
El Archivista habló con su voz profunda.
—Hay verdades que deben descubrirse.
No contarse.
Kael golpeó una columna con frustración.
—¡Ya basta de secretos!
Su voz retumbó entre los pasillos.
—Cada respuesta trae diez preguntas nuevas.
¿Cómo esperan que confiemos en ustedes?
El Rey de la Noche Blanca lo observó.
—Porque si les contamos toda la verdad ahora...
...intentarán cambiarla.
Y el pasado no perdona a quienes juegan con él.
Antes de que Kael pudiera responder, una voz interrumpió la discusión.
—Disculpen...
Todos voltearon.
Era el Gran Maestre.
Permanecía apartado del grupo, observando una pequeña esfera de cristal.
La sostenía con delicadeza.
Como si fuera un tesoro.
—No sé quién soy...
Confesó con una calma que rompía el corazón.
—Pero siento que esto era importante para mí.
Eira se acercó.
Dentro de la esfera aparecía un joven guerrero sonriendo.
Llevaba la misma armadura que el Gran Maestre.
A su lado había otro hombre.
Su rostro estaba parcialmente cubierto por la nieve.
Solo podían distinguirse unos ojos grises.
El Rey de la Noche Blanca dio un paso adelante.
Su respiración se detuvo.
Reconocía esa imagen.
La Bibliotecaria también.
Ninguno dijo una palabra.
El Gran Maestre sonrió con tristeza.
—No recuerdo sus nombres...
...pero creo que éramos amigos.
El Rey cerró los ojos.
Por primera vez desde que apareció, una lágrima cayó sobre el suelo de cristal.
Eira lo vio.
Y comprendió algo.
Antes de convertirse en enemigos...
Ellos habían luchado juntos.
No como rivales.
Como hermanos.
La esfera comenzó a agrietarse.
Una voz salió de su interior.
Era joven.
Llena de esperanza.
"Pase lo que pase... prométeme que protegerás el Equilibrio."
La grabación terminó.
La esfera se rompió en miles de fragmentos luminosos.
El Gran Maestre observó los restos sin entender por qué le dolía tanto el pecho.
Mientras tanto, el Archivista levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos plateados se dirigieron hacia el fondo de la Biblioteca.
Una puerta acababa de abrirse sola.
No era una de las cinco.
Era una puerta pequeña, de madera oscura, oculta entre dos estanterías gigantes.
La Bibliotecaria palideció.
—No...
El Salón de los Nombres Perdidos.
Nadie lo ha abierto desde la caída del Primer Reino.
Entonces una voz infantil salió desde la oscuridad.
Una voz conocida.
—Llegan demasiado tarde...
Eira sintió que el corazón se detenía.
Reconocía esa voz.
Era la misma niña del Árbol del Equilibrio.
Pero esta vez...
Sonaba triste.
Muy triste.