Capítulo 68:
El silencio cayó sobre la torre.
La figura permanecía al otro lado de la sala.
Su armadura negra parecía absorber la luz de los cristales.
En su pecho brillaba el símbolo de la quinta verdad.
Kael levantó su espada.
—Da un paso más y tendrás que enfrentarte a nosotros.
El guerrero inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso era de esperarse.
Su voz era joven.
Demasiado joven.
Eira lo observó detenidamente.
Había algo familiar en él.
No en su rostro.
En su presencia.
Como si alguna parte de ella lo reconociera.
—Dijiste que eres el último hijo de la Ciudad sin Nombre.
—Lo soy.
—¿Y quieres llevarme a casa?
El guerrero asintió.
—Tu verdadero hogar no está aquí.
El Primer Guardián avanzó.
—No la vas a tocar.
El guerrero levantó lentamente la espada.
—Tú no tienes derecho a decidir eso.
El Guardián se detuvo.
—¿Quién te envió?
El guerrero sonrió.
—Nadie.
Entonces retiró su casco.
Su rostro quedó completamente visible.
Era un joven de aproximadamente la misma edad que Eira.
Cabello oscuro.
Ojos grises.
Y una pequeña cicatriz atravesando su ceja.
Eira sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Yo te conozco...
El joven negó.
—Todavía no.
Darian observó su armadura.
—¿Cuál es tu nombre?
El joven respondió:
—Cael.
Kael frunció el ceño.
—Ese es mi nombre.
El joven lo miró.
—Lo sé.
La tensión aumentó.
—Entonces utiliza otro —dijo Kael.
El joven sonrió.
—Ese nombre perteneció a mi familia mucho antes de que tu pueblo llegara a estas tierras.
Kael apretó la espada.
—¿Estás diciendo que mi nombre proviene de la Ciudad sin Nombre?
—No.
Estoy diciendo que algunos nombres sobreviven incluso cuando las ciudades mueren.
El Primer Guardián intervino.
—Basta.
El joven lo miró.
—Tú me recuerdas.
El anciano palideció.
—No.
—Sí.
Yo era un niño cuando expulsaron nuestra ciudad.
Tú estabas allí.
El Guardián bajó lentamente la espada.
—No sabía que habías sobrevivido.
—Nadie lo sabía.
El joven miró a Eira.
—Excepto ella.
Eira frunció el ceño.
—Yo nunca te he visto.
—No en esta vida.
El aire se volvió frío.
La marca de la muñeca de Eira comenzó a brillar.
Cael extendió una mano.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Al lugar donde comenzó todo.
El Primer Guardián gritó:
—¡No!
Cael levantó la mirada.
—El Santuario del Primer Invierno.
Todos quedaron inmóviles.
Eira sintió un escalofrío.
—¿Sabes cómo llegar?
—Sí.
—Entonces llévanos.
Kael la miró sorprendido.
—¡Eira!
Ella negó.
—Necesitamos respuestas.
El Primer Guardián se acercó.
—No puedes confiar en él.
Eira lo miró.
—Tampoco podía confiar en ti cuando te conocí.
El anciano guardó silencio.
Cael sonrió ligeramente.
—Ella está aprendiendo.
Kael levantó nuevamente la espada.
—No significa que confíe en ti.
—No necesito que lo hagas.
Cael se acercó a la ventana.
Miró la Ciudad de Cristal.
—Solo necesitan decidir si están preparados para descubrir por qué el Fundador tuvo tanto miedo de que Eira recordara su pasado.
La torre volvió a temblar.
Una grieta atravesó el techo.
Del otro lado se escuchó un rugido.
Cael se puso nuevamente el casco.
—No tenemos mucho tiempo.
Eira dio un paso hacia él.
—Entonces muéstranos el camino.
Cael extendió la mano.
Eira la tomó.
En cuanto sus manos se tocaron...
Ambos vieron la misma imagen.
Una ciudad cubierta de hielo.
Una mujer sosteniendo a un bebé.
El Fundador arrodillado frente a ellos.
Y detrás...
Una enorme puerta negra.
Cinco símbolos brillaban sobre ella.
Cael soltó la mano inmediatamente.
Su rostro había perdido todo color.
Eira lo miró.
—¿Qué viste?
El joven tardó en responder.
—Lo mismo que tú.
Eira sintió un escalofrío.
—Entonces quizá...
No terminaste de venir por mí.
Cael levantó la mirada.
—No.
Vine porque tú eres la única que puede abrir la puerta que nos condenó.
Y, por primera vez...
Eira comprendió que quizá la Ciudad sin Nombre no quería destruir el mundo.
Quizá quería regresar a él.