El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

La Prueba de la Verdad

Capítulo 51:
Los cinco senderos permanecían inmóviles.
Cada uno brillaba con un color diferente.
Sylvar observó al grupo con sus antiguos ojos plateados.
—No pueden elegir el sendero.
El sendero...
Los elegirá a ustedes.
Las raíces del Árbol Testigo comenzaron a extenderse lentamente.
Una tras otra tocaron los pies de los viajeros.
Cuando una de ellas alcanzó a Eira...
El sendero blanco comenzó a iluminarse.
La luz era tan intensa que parecía nieve cayendo bajo el sol.
Sylvar inclinó lentamente sus ramas.
—La Verdad te reclama.
Eira respiró profundamente.
Miró a Kael.
Él sonrió.
—Te estaremos esperando.
Liora tomó su mano por un instante.
—Confía en ti.
El Gran Maestre asintió con respeto.
Incluso el Rey de la Noche Blanca le dedicó unas palabras.
—La verdad puede doler...
Pero una mentira siempre pesa más.
Eira dio el primer paso.
En cuanto cruzó el límite del sendero...
Todo desapareció.
El bosque.
Sus amigos.
Sylvar.
El viento.
Solo quedó un inmenso paisaje cubierto por nieve.
Frente a ella había una pequeña cabaña de madera.
Del interior salía humo.
Y una voz.
Una voz femenina.
Cantaba una canción de cuna.
Eira sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
No sabía por qué.
Jamás había escuchado aquella melodía.
Y, sin embargo...
Le resultaba familiar.
Empujó lentamente la puerta.
Dentro había una mujer de espaldas.
Sostenía a un bebé entre sus brazos.
Lo mecía con una ternura infinita.
La mujer habló sin girarse.
—Llegaste mucho más tarde de lo que imaginaba.
Eira sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién eres?
La mujer guardó silencio.
Después respondió.
—Eso no importa.
Lo importante...
Es quién eres tú.
La cabaña desapareció.
El bebé también.
Solo quedó un espejo de hielo.
En él no se reflejaba el rostro de Eira.
Se reflejaban decenas de personas distintas.
Una niña.
Una guerrera.
Una anciana.
Una reina.
Todas tenían los mismos ojos.
Todas parecían ser ella.
—¿Qué significa esto?
La voz de Sylvar resonó desde todas partes.
—La verdad rara vez tiene un solo rostro.
El espejo comenzó a agrietarse.
Una figura apareció detrás de los reflejos.
No podía verse con claridad.
Solo unos ojos brillantes.
Y una corona formada por hielo y luz.
La figura levantó una mano.
Pronunció una sola palabra.
Una palabra que el viento borró antes de que Eira pudiera escucharla.
En ese instante...
La marca de la corona en su muñeca brilló con una intensidad nunca antes vista.
El espejo estalló en miles de fragmentos.
Todo desapareció.
Eira volvió a abrir los ojos.
Estaba otra vez frente a Sylvar.
Habían pasado apenas unos segundos.
Pero las lágrimas recorrían su rostro.
Kael corrió hacia ella.
—¿Qué viste?
Eira permaneció en silencio.
Respiró profundamente.
Y respondió con una voz temblorosa.
—No lo sé...
Pero siento que toda mi vida...
Ha sido solo una parte de una historia mucho más grande.
Sylvar sonrió.
—Entonces has superado la primera prueba.
No porque encontraste respuestas...
Sino porque aceptaste que aún no las tienes.
El sendero blanco se apagó lentamente.
Entonces comenzó a iluminarse el sendero rojo.
Sylvar dirigió la mirada hacia Kael.
Y habló con solemnidad.
—Ahora...
Es el turno del Valor.
Kael dio un paso al frente.
Pero, por primera vez desde que lo conocían...
Había miedo en sus ojos.




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