El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El Sueño del Hielo

Capítulo 23:

El silencio fue lo último que Eira sintió antes de caer. No un silencio natural, sino uno tan absoluto que ahogaba el pensamiento. Su cuerpo se hundió en la oscuridad helada, y el mundo desapareció como un espejismo quebrado.

Cuando abrió los ojos, no estaba en Skaden. Estaba de pie sobre un lago inmóvil, bajo un cielo blanco y sin sol. No había viento, ni sombras, ni horizonte. Solo ella… y el reflejo del medallón brillando sobre la superficie como un pequeño corazón azul.

—No es un sueño —susurró una voz a su alrededor—. Es el hielo mirándote.

Eira giró. Frente a ella había una niña, idéntica a sí misma, vestida con harapos y cubierta de escarcha. Su cabello caía como hebras de cristal, y en su pecho, el medallón latía al mismo ritmo que el suyo.

—¿Quién eres? —preguntó Eira.

—Soy lo que dejaste atrás cuando huiste del frío. —La niña sonrió, mostrando dientes tan blancos que parecían cortantes—. Soy tu miedo… y tu puerta.

El suelo tembló. Del hielo surgieron columnas transparentes, y dentro de ellas se movían figuras: su madre, su padre, Kael, Liora… todos congelados en el instante de su muerte.

Eira retrocedió un paso.
—Esto no es real.

—¿Y si lo es? —replicó la niña—. Todo lo que el hielo toca, lo recuerda. ¿No escuchas sus voces?

De pronto, el medallón ardió con una luz intensa, y la superficie del lago se quebró. Eira cayó en el vacío, rodeada de imágenes distorsionadas: el nacimiento del invierno, las primeras guerras entre guardianes, y una sombra con ojos como lunas negras observándola desde las profundidades.

—Tú no eres su dueña —dijo la voz de aquella sombra—. Eres su promesa incumplida.

Eira gritó, intentando romper la oscuridad, pero el frío penetró su piel, sus huesos, sus pensamientos.
Entonces recordó las palabras del Guardián: “Para dominar el invierno, primero debes morir en él.”

Cerró los ojos. Dejó de resistirse.
El hielo la envolvió por completo… y se quebró desde dentro.

Cuando abrió los ojos nuevamente, estaba sobre la nieve, en medio de un amanecer pálido. El medallón ya no brillaba. Kael estaba arrodillado a su lado, mirándola con una mezcla de miedo y alivio.

—Eira… ¿qué fue eso?

Ella se incorporó lentamente. Sus ojos ahora tenían un brillo plateado, y su aliento formaba cristales en el aire.
—No lo sé —susurró—. Pero el invierno… ya no me rechaza.




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