Capítulo 40:
Las cinco puertas permanecían abiertas.
Nadie se atrevía a cruzarlas.
El silencio era tan pesado que incluso las hojas doradas habían dejado de caer.
Eira observó la quinta puerta.
Negra.
Vacía.
Sin símbolo.
Era como si devorara la luz que la rodeaba.
La Bibliotecaria habló con voz firme.
—No la miren demasiado.
Kael apartó la vista.
—¿Por qué?
—Porque esa puerta observa de vuelta.
Un escalofrío recorrió al grupo.
El Archivista dio un paso adelante.
—La quinta puerta permanece sellada.
Nadie puede cruzarla.
Todavía.
Eira sintió un extraño alivio.
Al menos ese misterio tendría que esperar.
El Archivista levantó una mano y señaló la puerta marcada con el copo de nieve.
—Su camino comienza aquí.
La Puerta del Invierno.
El hielo cubría el marco.
Cada cristal parecía guardar un recuerdo.
Antes de cruzarla, la Bibliotecaria entregó a Eira un pequeño hilo plateado.
Era tan fino como un cabello.
—¿Qué es?
—Un Hilo de Memoria.
Si alguna vez olvidas quién eres...
...átalo alrededor de tu muñeca.
No recuperará todos tus recuerdos.
Pero te recordará aquello que tu corazón se niega a perder.
Eira lo guardó con cuidado.
Entonces miró a Kael.
Liora.
Darian.
Incluso al Gran Maestre, que seguía sin recordar sus propios nombres.
Respiró profundamente.
—Vamos.
Los cinco cruzaron la Puerta del Invierno.
Del otro lado no encontraron un reino.
Encontraron una aldea.
Pequeña.
Cubierta por la nieve.
Con chimeneas humeando.
Niños jugando entre los árboles.
Una mujer cantando mientras horneaba pan.
Era un lugar lleno de paz.
Eira sintió un vacío en el pecho.
No entendía por qué.
Hasta que vio a una niña corriendo por la plaza.
Cabello blanco.
Ojos azules.
La misma sonrisa.
No era la Primera Heredera.
No era un recuerdo cualquiera.
Era...
ella misma.
Pero esta vez, la niña gritó algo que dejó a Eira inmóvil.
—¡Mamá! ¡Papá!
Dos personas salieron de una casa para abrazarla.
Eira sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
Porque ella nunca había conocido a sus padres.
Y, sin embargo...
Allí estaban.
Vivos.
Sonriendo.