El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El Corazón Bajo la Montaña

Capítulo 27:
El rugido volvió a escucharse.
Más profundo.
Más cerca.
Toda la montaña tembló con violencia, lanzando fragmentos de roca ardiente desde el techo del Santuario. Las grietas del suelo comenzaron a expandirse bajo los pies de la Orden, y del abismo emergió una luz roja pulsante, como el latido de un corazón gigantesco enterrado bajo piedra y magma.
Los guerreros del Alba Negra retrocedieron aterrados.
—¡¿Qué hicieron?! —gritó uno de ellos.
Kael levantó la espada mientras el hielo seguía expandiéndose alrededor de Eira.
—No fuimos nosotros… eso ya estaba aquí.
El líder de la Orden endureció la mirada. Por primera vez parecía inseguro.
—Rompan el sello. ¡Ahora!
Cuatro sacerdotes encapuchados corrieron hacia los pilares del Santuario y comenzaron a recitar antiguos cánticos. Las runas doradas brillaron con intensidad, intentando contener aquello que despertaba bajo la montaña.
Pero era tarde.
Demasiado tarde.
Una garra inmensa atravesó el suelo.
La roca explotó en todas direcciones. Lava y hielo chocaron en el aire formando una tormenta de vapor hirviendo que cubrió toda la cámara. Los gritos resonaron entre la niebla.
Eira apenas podía respirar.
Entonces lo vio.
Una criatura colosal emergía lentamente desde el abismo: escamas negras cubiertas de grietas ardientes, cuernos gigantescos curvados hacia atrás y ojos como soles moribundos. Su cuerpo parecía hecho de magma y obsidiana viva.
Darian cayó de rodillas.
—No… imposible…
Liora tembló.
—¿Qué es eso…?
El anciano apenas pudo responder:
—El Devorador de Estaciones.
El nombre atravesó el Santuario como una maldición.
La criatura abrió la boca y un sonido ensordecedor sacudió el aire. No era un rugido normal: eran miles de voces gritando al mismo tiempo.
Eira sintió el medallón arder con dolor.
Imágenes inundaron su mente: imperios congelados, bosques consumidos por fuego eterno, mares evaporados, cielos quebrándose.
Y en medio de todo… aquella criatura caminando entre ruinas.
—Fue creado durante la primera guerra —susurró Darian—. Un arma destinada a destruir tanto el fuego como el hielo si el equilibrio se rompía por completo.
El líder de la Orden apretó la mandíbula.
—Por eso existimos. Por eso el invierno debe morir.
La bestia volvió a rugir.
Las cadenas de runas comenzaron a romperse una por una.
Kael dio un paso hacia Eira.
—Escúchame. Si esa cosa despierta completamente, no quedará nada. Ni invierno. Ni fuego. Ni humanidad.
Pero Eira apenas lo escuchaba.
La criatura la observaba directamente.
Y ella comprendió algo horrible.
No había despertado por casualidad.
Había despertado por ella.
El Devorador inclinó lentamente la cabeza… como reconociéndola.
Entonces una voz antigua resonó dentro de su mente:
“Heredera… decide.”
El medallón brilló intensamente.
En una mano de Eira comenzó a formarse hielo puro.
En la otra… fuego blanco.
Todo el Santuario quedó en silencio.
Incluso la Orden retrocedió.
Kael la miró horrorizado.
—Eira… ¿qué estás haciendo?
Ella observó ambas fuerzas danzando entre sus dedos.
Por primera vez, el hielo no rechazaba el fuego.
Y el fuego… no consumía el hielo.
Sus ojos plateados se alzaron hacia el monstruo.
—Tal vez el equilibrio nunca fue elegir uno de los dos.




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