El eco del cierre de la puerta resonó en el silencio de la suite, cortando el ruido lejano del tráfico y el murmullo de la ciudad que se extendía bajo ellos. Marla no se movió. Permaneció allí, con la espalda apoyada en la madera fría, mientras sus ojos recorrían el ventanal que abarcaba toda la pared. Afuera, la metrópolis era un océano de luces eléctricas, puntos amarillos y blancos que palpitaban como un corazón mecánico bajo un cielo de terciopelo oscuro.
La luz de la luna se filtraba, dibujando líneas plateadas sobre la alfombra espesa y los muebles de líneas minimalistas. El aire olía a jazmín y a ese aroma limpio, casi estéril, de los hoteles de lujo, pero para ella, el espacio se sentía cargado de una electricidad distinta.
Era la primera vez en su vida que el silencio no se sentía como una espera ansiosa o una advertencia. Era, simplemente, paz.
Unos pasos sordos sobre la alfombra rompieron la quietud. Marla sintió el calor antes de sentir el contacto. Adrián se deslizó detrás de ella, sus brazos rodeando su cintura con una firmeza que la ancló al presente. Él apoyó la barbilla en su hombro, y el aroma a madera y cítricos que siempre lo acompañaba la envolvió, envolviéndola en una burbuja donde el resto del mundo dejaba de existir.
—¿En qué piensas? —la voz de Adrián vibró contra su cuello, un murmullo bajo que le erizó la piel.
Marla dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo constante y fuerte de su corazón.
—En nosotros —respondió ella.
—¿Y qué dice tu cabeza sobre nosotros?
Marla sonrió, cerrando los ojos.
—Que todavía me cuesta creer que todo esto sea real. Que no voy a despertar mañana y descubrir que alguien más ha decidido dónde debo estar o con quién debo hablar.
Adrián aflojó el agarre solo para girarla lentamente hacia él. Sus ojos, oscuros y profundos, buscaban los suyos con una intensidad que la dejó sin aliento. Él levantó una mano y acarició su mejilla, el pulgar trazando la línea de su mandíbula con una delicadeza casi reverencial.
—Es real, Marla. Cada centímetro de esto es real.
Ella sostuvo su mirada, buscando cualquier rastro de duda, pero solo encontró una certeza absoluta. La seguridad de Adrián siempre había sido su refugio, pero ahora, ella también sentía esa fuerza creciendo en su propio pecho. Ya no era la chica que esperaba instrucciones.
—Entonces quiero disfrutarlo —susurró ella.
Adrián no respondió con palabras. Se inclinó y capturó sus labios en un beso que comenzó como una pregunta, dulce y tentativo. Era el sabor de la promesa, un roce lento que exploraba la nueva realidad de sus vidas. Marla sintió que el mundo exterior, con sus secretos familiares y las sombras de Alejandro, se desvanecía. No había apellidos, no había empresas, no había expectativas. Solo estaban ellos dos.
Poco a poco, la timidez se evaporó. El beso se volvió más profundo, más exigente. Marla deslizó sus brazos alrededor del cuello de Adrián, enterrando los dedos en su cabello, atrayéndolo hacia ella como si temiera que un milímetro de distancia fuera demasiado.
—Te amo —dijo ella contra sus labios, el aliento entrecortado.
—Yo también te amo —respondió él, y la sinceridad en su voz golpeó a Marla con más fuerza que cualquier caricia.
Adrián la besó nuevamente, esta vez con una urgencia contenida que hizo que las rodillas de Marla flaquearan. Él la sostuvo con fuerza, pegando sus cuerpos hasta que no quedó espacio para el aire. El roce de la tela de sus ropas empezó a sentirse como una barrera molesta, un obstáculo innecesario entre dos pieles que clamaban por reconocerse.
No había prisas. No había el miedo que solía perseguirla, esa sensación de que el tiempo se agotaba o de que alguien irrumpiría para arruinar el momento. Por primera vez, el tiempo les pertenecía.
Adrián se separó apenas unos milímetros, sus frentes apoyadas, sus respiraciones sincronizadas en un ritmo agitado.
—¿Estás segura? —preguntó él, su voz ahora más ronca, cargada de un deseo que no intentaba ocultar.
Marla lo miró, viendo el reflejo de las luces de la ciudad en sus pupilas.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida.
Él la tomó en sus brazos y la llevó hacia la cama. El colchón cedió bajo su peso, y Marla sintió la suavidad de las sábanas de algodón egipcio contra su espalda. La habitación quedó sumergida en una penumbra azulada, iluminada únicamente por el resplandor urbano que entraba por el ventanal.
Las manos de Adrián comenzaron a explorar, despojándolos de las prendas con una lentitud deliberada, como si cada pieza de ropa fuera un velo que separaba su pasado de su presente. Cuando sus pieles finalmente se encontraron, un escalofrío eléctrico recorrió la columna de Marla. El calor de Adrián era una fuerza tangible, una corriente que la invitaba a entregarse.
—Eres hermosa —susurró él, sus ojos recorriendo cada curva de su cuerpo con una adoración que la hizo sentir vista, no como un objeto o un trofeo, sino como una mujer completa.
Marla acarició el pecho de Adrián, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos.
—Tú me haces sentir hermosa.
Él se inclinó, besando la curva de su cuello, bajando lentamente hacia su clavícula. Cada beso era una marca de propiedad voluntaria, un sello de un pacto que no necesitaba contratos ni firmas. Marla arqueó la espalda, soltando un gemido bajo que fue devorado por los labios de Adrián.