CAPÍTULO 70
Y ESTA VEZ, PARA SIEMPRE
Habían pasado varias semanas desde aquella noche.
Y, aunque muchas cosas habían cambiado, Marla seguía despertándose algunas mañanas con la sensación de que todo había sido un sueño.
Abría los ojos.
Miraba a Adrián dormido a su lado.
Y recordaba.
Su madre estaba viva.
Su abuela también.
Isabella estaba con ella.
La verdad sobre su familia había salido finalmente a la luz.
Samuel se había marchado y, por primera vez, había dejado de ser una sombra sobre sus vidas.
Y ella...
Ella ya no tenía que buscar respuestas.
Ahora podía comenzar a vivir.
Marla se quedó unos segundos observando a Adrián.
—¿Sabes que eres bastante guapo cuando duermes?
Él abrió los ojos.
—¿Otra vez hablando de mí mientras duermo?
Marla dio un pequeño salto.
—¿Tú nunca duermes?
—Contigo es difícil.
—¿Por qué?
—Porque siempre estás hablando.
—¡Mentira!
—Ayer hablaste dormida.
Marla se incorporó.
—¿Qué dije?
Adrián sonrió.
—Que querías viajar.
—Eso no cuenta.
—También dijiste que querías comer.
—Eso sí puede ser.
Él soltó una carcajada.
—Y dijiste que me amabas.
Marla se quedó callada.
—Eso sí lo digo despierta.
Adrián la miró.
—Entonces repítelo.
Marla sonrió.
—Te amo.
Él la acercó y le dio un beso.
—Buenos días.
—Ahora sí.
El desayuno fue un completo desastre.
Adrián había intentado preparar algo especial.
Marla entró a la cocina y se quedó observando.
—¿Qué pasó aquí?
—Estoy cocinando.
—Eso ya lo veo.
Miró la sartén.
—¿Eso es un huevo?
—Sí.
—¿Y por qué parece una isla?
—No critiques mi arte.
Marla soltó una carcajada.
—Dame eso.
—No.
—Adrián.
—Es mi desayuno.
—Es un peligro para la salud pública.
Él terminó entregándole la espátula.
—Está bien.
Marla comenzó a cocinar.
—Tú puedes dirigir una empresa, negociar contratos, tomar decisiones millonarias...
—Y no puedo hacer un huevo.
—Exactamente.
—Qué humillante.
—La vida es dura.
Ambos terminaron riendo.
Y Marla pensó que aquellos momentos simples eran precisamente los que quería conservar.
No las grandes cenas.
No los lujos.
No los apellidos.
No las propiedades.
Aquello.
Una cocina desordenada.
Un esposo que no sabía cocinar.
Una mañana sin miedo.
Una vida normal.
Horas después, toda la familia se reunió.
Sobre la mesa había planos, documentos y fotografías.
Marla había preparado una presentación.
—Quiero mostrarles algo.
Adrián la miró con orgullo.
—Adelante.
Marla encendió su computadora.
En la pantalla apareció el nombre:
TOURIA RD
Isabella sonrió.
—¿Ese es el nombre definitivo?
—Sí.
Marla comenzó a explicar.
—Quiero crear una plataforma turística que ayude a las personas a descubrir lugares de nuestro país de una manera personalizada.
Su madre la observaba emocionada.
—Quiero que los viajeros puedan encontrar experiencias según lo que realmente les gusta.
Pasó a la siguiente diapositiva.
—Naturaleza. Gastronomía. Cultura. Aventura. Historia. Turismo comunitario.
Adrián asintió.
—Y quiero que los pequeños negocios también tengan oportunidades.
Marla continuó.
—Hoteles, restaurantes, guías, artesanos, emprendimientos locales...
Isabella sonrió.
—Eso suena mucho más grande que el proyecto que empezaste durante el viaje.
Marla asintió.
—Porque ahora sé exactamente por qué quiero hacerlo.
Su madre preguntó:
—¿Por qué?
Marla se quedó pensando.
—Porque durante mucho tiempo sentí que estaba buscando un lugar al que pertenecía.
Miró a su familia.
—Y descubrí que no se trata solamente de encontrar un lugar.
Hizo una pausa.