Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

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CAPÍTULO 68

LA HABITACIÓN DE LOS SECRETOS

Marla permaneció varios segundos mirando la llave.

Era pequeña.

Antigua.

De color dorado, aunque el tiempo había dejado algunas manchas oscuras sobre ella.

Pero para Marla pesaba más que cualquier herencia que hubiera recibido.

Porque aquella llave no abría simplemente una puerta.

Abría una parte de su vida que le había sido ocultada desde antes de que pudiera recordar.

Su abuela seguía frente a ella.

Adrián estaba a su lado.

Isabella, Gabriel y Alejandro permanecían unos pasos detrás.

Nadie quería interrumpir aquel momento.

Hasta que Marla levantó la mirada.

—¿Por qué mamá no vino conmigo?

Su abuela bajó los ojos.

—Porque tenía miedo.

—¿De quién?

—De la misma persona que intentó separarlas.

Marla apretó la llave.

—¿Quién?

Su abuela respiró profundamente.

—Samuel.

Gabriel dio un paso atrás.

—No...

Marla lo miró.

—¿Quién es Samuel?

Su abuela respondió:

—Tu tío.

El silencio fue absoluto.

Marla sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.

—¿Mi tío?

—Sí.

—Pero Samuel murió.

Gabriel cerró los ojos.

—Eso fue lo que todos creímos.

Marla miró a su abuela.

—Entonces estuvo vivo todo este tiempo.

—Sí.

Adrián se acercó más a Marla.

—¿Y él fue quien intentó llevarse a las niñas?

Su abuela asintió.

—Samuel creía que la familia debía pertenecerle. Quería controlar las propiedades, el dinero y todas las decisiones. Cuando Elena se negó a obedecerlo, amenazó con destruirla.

Marla sintió que la rabia comenzaba a crecer.

—¿Y por qué yo?

—Porque tú eras la heredera más vulnerable.

—Yo era una bebé.

—Precisamente.

La voz de su abuela se quebró.

—Pensaron que separándote de tu hermana podrían mantenerte escondida.

Isabella se acercó.

—¿Y por qué nos separaron?

La mujer la miró.

—Porque había personas buscando a ambas.

Isabella respiró profundamente.

—Entonces nuestra separación fue para protegernos.

—Sí.

Marla bajó la mirada.

Había pasado tanto tiempo pensando que su familia la había abandonado.

Y ahora descubría que, de alguna manera, habían estado intentando salvarla.

Pero eso no borraba el dolor.

—Podrían haberme contado la verdad.

Su abuela se acercó.

—Lo sé.

Marla levantó la mirada.

—¿Sabes cuánto tiempo pensé que simplemente no me querían?

La mujer comenzó a llorar.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Marla también lloraba.

—Porque yo crecí pensando que había algo malo en mí.

Su abuela la abrazó.

—Nunca hubo nada malo en ti.

Marla cerró los ojos.

Aquellas palabras eran exactamente las que había necesitado escuchar durante años.

La habitación estaba al final del pasillo.

La puerta tenía una pequeña cerradura.

Marla introdujo la llave.

Giró.

Clic.

La puerta se abrió.

Todos permanecieron en silencio.

La habitación estaba cubierta de polvo.

Había cajas.

Fotografías.

Documentos.

Una pequeña cuna antigua.

Y sobre una mesa, una caja de madera.

Marla se acercó lentamente.

—¿Esto es de mamá?

Su abuela asintió.

—Ella dejó todo esto antes de irse.

Marla abrió la caja.

Había cartas.

Muchas.

Algunas dirigidas a ella.

Otras a Isabella.

Y varias dirigidas a Adrián.

Él frunció el ceño.

—¿A mí?

Marla lo miró sorprendida.

—¿Por qué mamá te escribiría a ti?

Adrián tomó el sobre.

No tenía sentido.

Hasta que vio la fecha.

Era posterior al momento en que él había conocido a Marla.

—Esto no puede ser.

Marla tomó la carta.

La abrió.

La letra de Elena apareció ante sus ojos.

«Si algún día Marla encuentra a Adrián, sabré que finalmente encontró a alguien que la protegerá sin intentar controlar su vida.»




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