CAPÍTULO 66
EL DESTINO QUE NADIE ESPERABA
Marla seguía mirando el papel.
«Si quieren encontrar a Elena y a tu abuela con vida, cambien de destino.»
Su madre.
Viva.
Aquella palabra parecía demasiado grande para caber dentro de su cabeza.
—No puede ser —susurró Isabella.
Gabriel permanecía completamente pálido.
—Si esto es verdad...
—Es verdad —lo interrumpió Marla—. Tiene que serlo.
Adrián tomó el papel.
—¿Por qué alguien nos advertiría?
Alejandro respondió:
—Porque quien dejó esto quiere que lleguemos a ellas antes que alguien más.
Marla levantó la mirada.
—¿Y cuál es el nuevo destino?
Nadie contestó.
Hasta que Gabriel recordó algo.
—Hay un lugar.
Todos lo miraron.
—Cuando tu madre desapareció, tu abuela tenía una propiedad que nunca apareció en los registros oficiales.
—¿Dónde?
Gabriel sacó su teléfono.
—En un pueblo pequeño. Cerca de la costa.
Marla sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y por qué nunca mencionaste ese lugar?
Gabriel la miró con tristeza.
—Porque pensé que ya no existía.
Alejandro se acercó.
—¿Cómo se llama?
Gabriel respondió:
—La Casa Azul.
Marla frunció el ceño.
—¿La Casa Azul?
—Así la llamaba tu madre cuando era joven.
Isabella miró a Marla.
—Entonces vamos.
Adrián negó con la cabeza.
—Primero averiguamos quién dejó el mensaje.
Marla lo miró.
—Adrián...
—No estoy diciendo que no iremos.
Hizo una pausa.
—Estoy diciendo que no vamos a entrar directamente en una situación que podría ser una trampa.
Marla suspiró.
—Está bien.
Adrián sonrió.
—¿Eso fue fácil?
—No te acostumbres.
Dos horas después, iban camino a la costa.
Marla viajaba en el asiento delantero junto a Adrián.
Isabella y Gabriel iban detrás.
Durante varios minutos nadie habló.
Hasta que Marla rompió el silencio.
—¿Crees que mamá se acuerde de mí?
Isabella respondió desde atrás.
—Claro que sí.
—Pero yo era un bebé.
—Eras su hija.
Marla bajó la mirada.
—No sé cómo reaccionaría si la veo.
Adrián le apretó suavemente la mano.
—No tienes que decidirlo ahora.
—Tengo tantas cosas que decirle.
—Entonces díselo cuando la tengas delante.
Marla sonrió.
—¿Y si lloro?
—Lloramos todos.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Yo probablemente voy a llorar antes que tú.
Gabriel añadió:
—Yo también.
Marla miró por el espejo retrovisor.
—Perfecto. Qué familia tan dramática.
Isabella respondió:
—Mira quién habla.
Todos rieron.
Por unos minutos, el viaje volvió a sentirse normal.
Hasta que el automóvil detrás de ellos apareció nuevamente.
Negro.
A varios metros de distancia.
Adrián lo observó por el espejo.
Su expresión cambió.
—Creo que tenemos compañía.
Marla miró hacia atrás.
—¿El mismo?
—Sí.
Gabriel se incorporó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Isabella palideció.
—Entonces sí nos están siguiendo.
Adrián redujo la velocidad.
El otro automóvil también.
Aumentó la velocidad.
El otro automóvil hizo lo mismo.
Marla sintió que el miedo comenzaba a apoderarse de ella.
—¿Qué hacemos?
Adrián mantuvo la calma.
—No vamos a la Casa Azul todavía.
—¿Entonces?
—Vamos a otro lugar.
Veinte minutos después, Adrián entró en un pequeño estacionamiento.
El automóvil negro continuó por la carretera.
Marla respiró aliviada.
—Nos perdieron.
Adrián no respondió.
Estaba observando el vehículo hasta que desapareció.
—No.
—¿No?
—Nos dejaron.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Adrián señaló la carretera.
—Si realmente querían seguirnos, habrían entrado aquí.