EPÍLOGO
DESPUÉS DE TODO
Tres años después.
Marla estaba sentada frente a su computadora, mirando las primeras estadísticas de TourIA RD.
Sonrió.
Todavía le parecía increíble.
Aquel proyecto que había comenzado como una idea durante un viaje se había convertido en algo mucho más grande.
Hoteles utilizaban la plataforma.
Pequeños restaurantes habían conseguido nuevos clientes.
Guías locales recibían reservas.
Viajeros descubrían lugares que jamás habían considerado visitar.
Y Marla seguía aprendiendo.
Seguía viajando.
Seguía equivocándose.
Seguía teniendo miedo algunas veces.
Pero ya no permitía que el miedo decidiera por ella.
—¿Estás trabajando otra vez?
Marla levantó la mirada.
Adrián estaba parado en la puerta con dos tazas de café.
—No estoy trabajando.
Él miró la pantalla.
—Tienes quince pestañas abiertas.
—Estoy pensando.
—Eso dices siempre.
Marla sonrió.
—Ven.
Adrián dejó una taza frente a ella.
—¿Qué estás haciendo?
—Revisando un nuevo destino.
—¿Otro viaje?
—Probablemente.
—Sabía que esto iba a pasar.
Marla tomó un sorbo de café.
—¿Te estás quejando?
—No.
Se acercó y la abrazó por detrás.
—Solo estoy calculando cuántas maletas voy a tener que cargar.
Marla rió.
—Muchas.
—Perfecto.
Aquella tarde, Marla recibió una llamada de su madre.
—¿Ya llegaron?
—Todavía no —respondió Elena—. Tu abuela dice que llegará antes que nosotros.
—Dile que no traiga nada raro.
—Marla, es tu abuela.
—Precisamente.
Adrián soltó una carcajada desde el sofá.
—¿Qué?
—Nada.
Elena se rio.
—Nos vemos en un rato.
—Los amo.
—Nosotros también.
La llamada terminó.
Marla se quedó mirando el teléfono.
Adrián la observó.
—¿Feliz?
—Mucho.
—Se nota.
Ella sonrió.
—A veces todavía me cuesta creer que esto sea mi vida.
Adrián se sentó junto a ella.
—¿Por qué?
—Porque antes pensaba que mi familia era algo que me faltaba.
Hizo una pausa.
—Ahora sé que siempre estuvo allí. Solo tuvimos que encontrarnos.
Adrián tomó su mano.
—Y tú también te encontraste a ti misma.
Marla sonrió.
—Eso fue lo más difícil.
Aquella noche, la familia se reunió.
Había comida por todas partes.
Isabella hablaba emocionada sobre un nuevo proyecto.
Gabriel discutía con Alejandro.
Elena intentaba convencer a la abuela de que no había preparado demasiada comida.
La abuela insistía en que nadie podía irse con hambre.
Marla miró la escena.
Y sonrió.
—¿Qué?
Isabella la miró.
—Estás mirando como si estuvieras viendo una película.
—Es que todavía me parece increíble.
—¿Qué cosa?
Marla señaló alrededor.
—Esto.
Isabella sonrió.
—Acostúmbrate.
Marla apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Estoy intentando.
Más tarde, cuando todos se habían ido, Marla y Adrián salieron al balcón.
La ciudad brillaba frente a ellos.
Marla llevaba su medallón.
Adrián lo tocó suavemente.
—¿Todavía lo llevas todos los días?
—Casi.
—¿Nunca piensas en todo lo que pasó?
—Sí.
—¿Y duele?
Marla pensó unos segundos.
—A veces.
—¿Y qué haces?
Ella sonrió.
—Recuerdo cómo terminó.
Adrián la miró.
—¿Y cómo terminó?
Marla se acercó.
—No terminó.
Le dio un beso.
—Continúa.
Él sonrió.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que esa es la mejor parte.
Marla apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Cuál?
—Que después de todo...
La abrazó.
—Todavía tenemos muchísimo por vivir.
Marla cerró los ojos.
Y sonrió.
Porque finalmente había comprendido que algunas historias no necesitan un final perfecto.