Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

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CAPÍTULO 64

EL MEDALLÓN

Marla seguía mirando la calle mucho después de que el automóvil hubiera desaparecido.

No podía apartar los ojos del lugar donde había estado estacionado.

—Ese medallón… —murmuró.

Adrián permaneció a su lado.

—¿Estás segura de que era igual al tuyo?

Marla tomó el suyo y lo sostuvo entre los dedos.

El pequeño símbolo brilló bajo la luz.

—No era parecido.

Lo miró fijamente.

—Era exactamente igual.

Adrián respiró profundamente.

—Entonces tenemos que averiguar de dónde salió.

—¿Crees que esa mujer conoce a mi abuela?

—Creo que sabe algo.

Marla guardó el medallón debajo de su ropa.

—Quiero hablar con ella.

—Y yo quiero saber primero quién es.

—Adrián...

—Marla.

Ella lo miró.

—No voy a dejar que te acerques a alguien que podría estar siguiéndonos sin saber con quién estamos tratando.

Marla cruzó los brazos.

—¿Eso fue una orden?

—No.

—Porque sonó bastante parecido.

—Fue una petición.

—Ah.

Marla sonrió ligeramente.

—Entonces puedo ignorarla.

Adrián negó con la cabeza, divertido.

—Sabía que ibas a decir eso.

De regreso a casa, llamaron a Gabriel.

No tardó en llegar.

Cuando Marla le explicó lo ocurrido, su expresión cambió por completo.

—¿Dices que llevaba un medallón?

—Sí.

—¿Con el mismo símbolo?

—Sí.

Gabriel se quedó pensativo.

—Entonces no puede ser una coincidencia.

Isabella se acercó.

—¿Qué significa ese símbolo?

Gabriel observó el medallón de Marla.

—Era un símbolo familiar.

—¿Familiar?

—Sí. Pero no todos podían llevarlo.

Marla frunció el ceño.

—¿Quiénes podían?

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—Las mujeres de la línea directa de tu abuela.

Marla e Isabella se miraron.

—Entonces ella...

—Podría pertenecer a la familia —terminó Gabriel.

El silencio fue inmediato.

Marla sintió un nudo en el pecho.

—¿Y por qué alguien de nuestra familia estaría siguiéndonos?

Gabriel no respondió.

Alejandro habló desde el otro lado de la habitación.

—Tal vez no nos estaba siguiendo.

Todos lo miraron.

—¿Entonces qué hacía?

Alejandro señaló el teléfono de Marla.

—Quizá quería asegurarse de que recibieras el mensaje.

Marla recordó la mirada de aquella mujer.

No parecía una mirada de amenaza.

Parecía una advertencia.

Esa misma noche, Marla recibió otro mensaje.

Esta vez no había amenaza.

Solo una dirección.

Y una frase:

«Si realmente quieres conocer la verdad, ven sola.»

Adrián leyó el mensaje.

—No.

Marla levantó la mirada.

—No dije que iba a ir.

—Pero lo estás pensando.

—Un poquito.

—Marla.

—Está bien, mucho.

Adrián suspiró.

—No vas sola.

—La persona dijo sola.

—Entonces tendrá que aceptar que tú vienes con esposo incluido.

Marla sonrió.

—¿Esposo incluido?

—Paquete completo.

Ella soltó una risa.

Pero enseguida volvió a ponerse seria.

—Quiero ir.

Adrián la miró durante unos segundos.

—Entonces iremos.

—¿No estás asustado?

—Sí.

Marla pareció sorprendida.

—¿Tú?

—Claro.

Él tomó su mano.

—Pero tener miedo no significa que debamos quedarnos quietos.

Al día siguiente llegaron al lugar indicado.

Era una pequeña cafetería.

Marla miró alrededor.

—Esto parece demasiado normal.

—Eso me preocupa más.

Se sentaron en una mesa del fondo.

Pasaron diez minutos.

Luego quince.

Hasta que una mujer entró.

Marla la reconoció inmediatamente.

Era la mujer del automóvil.

Se acercó lentamente.

Adrián se puso de pie.

—¿Quién eres?

La mujer miró primero a Adrián y después a Marla.

—Mi nombre es Victoria.




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