Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

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CAPÍTULO 67

EL CAMINO HACIA ELLA

Marla no podía dejar de mirar aquella carta.

«Marla, si estás leyendo esto, significa que finalmente encontraste el camino hacia mí.»

Las letras parecían moverse frente a sus ojos.

Había esperado años por algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.

Una explicación.

Una respuesta.

Una señal de que todas aquellas preguntas que había cargado durante tanto tiempo no eran producto de su imaginación.

Y ahora la tenía.

Pero la segunda frase era todavía más difícil de aceptar.

«Pero no vengas a la Casa Azul. Ya no estoy allí.»

—¿Dónde está entonces? —preguntó Marla.

La mujer de la tienda negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Usted la conoció?

—Sí.

—¿Hace cuánto?

La mujer miró hacia la ventana.

—Muchos años.

Marla apretó la carta.

—Necesito saberlo todo.

La mujer suspiró.

—Tu madre vino aquí cuando era muy joven.

Marla sintió un nudo en el pecho al escuchar aquellas palabras.

—¿Mi madre vivió aquí?

—Durante un tiempo.

—¿Sola?

—No.

La mujer hizo una pausa.

—Con tu abuela.

Isabella se acercó.

—Entonces ellas estuvieron juntas.

—Sí.

—¿Y por qué se separaron?

La mujer miró a Marla.

—Porque alguien las encontró.

El silencio fue inmediato.

Adrián dio un paso hacia adelante.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Nunca vio su rostro?

—No.

—¿Y cómo sabe que las encontró?

La mujer bajó la voz.

—Porque la noche que Elena se fue, me pidió que cuidara una caja.

Señaló la que acababa de entregarles.

—Me dijo que algún día su hija vendría a buscarla.

Marla sintió que las lágrimas regresaban.

—¿Mi madre sabía que yo la buscaría?

—Una madre siempre espera que su hija vuelva a encontrarla.

Marla cerró los ojos.

Aquella frase la golpeó directamente en el corazón.

Salieron de la tienda cuando ya estaba comenzando a oscurecer.

Marla caminaba lentamente.

Adrián iba a su lado.

—¿Quieres descansar?

—No.

—¿Quieres comer?

Marla lo miró.

—Ahora mismo no.

Adrián abrió los ojos exageradamente.

—Eso sí es grave.

Ella soltó una pequeña risa.

—Idiota.

—Estoy tratando de comprobar si todavía eres tú.

Marla apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro.

—Sigo siendo yo.

—Entonces todo bien.

Ella volvió a mirar la carta.

—Quiero encontrarla.

—La encontraremos.

—Pero no tenemos idea de dónde está.

—Tenemos algo mejor.

—¿Qué?

Adrián señaló la caja.

—Tu madre dejó pistas.

Marla miró el contenido.

La fotografía.

El pañuelo.

La carta.

—Tienes razón.

Isabella se acercó.

—Hay algo raro en la fotografía.

Marla la observó.

Era una imagen antigua de Elena frente a una casa.

Detrás de ella había un árbol enorme.

Isabella señaló una pequeña inscripción en una esquina.

—Mira.

Marla acercó la fotografía.

Había unas letras casi borradas.

S.M.

Gabriel se quedó inmóvil.

—No puede ser.

Marla lo miró.

—¿Qué significa?

Gabriel tomó la fotografía.

—San Miguel.

Alejandro frunció el ceño.

—¿El pueblo?

Gabriel asintió.

—Tu abuela tenía una propiedad allí.

Marla sintió que el corazón volvía a acelerarse.

—¿Y por qué nunca aparecía en los documentos?

—Porque no estaba a su nombre.

—¿Entonces a nombre de quién?

Gabriel miró a Marla.

—A nombre de Elena.

La noche terminó con todos reunidos en una pequeña posada.

Nadie quería separarse.

Marla estaba sentada sobre la cama con la carta entre las manos.

La había leído tantas veces que casi podía memorizarla.

Pero todavía faltaba una parte.

La carta estaba doblada.

Y Marla no se había dado cuenta de que tenía algo escondido en el interior.




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