Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 79: El retorno del viento

Kang-dae esperó en el pasillo hasta que los médicos concluyeron la primera revisión de urgencia sobre las heridas de Jun-ho. Una vez asegurado que la vida del joven noble no corría peligro inmediato a pesar de la gravedad de sus cortes, dio media vuelta y caminó con paso firme hacia los pabellones traseros para presentarse nuevamente ante el Soberano.

Al cruzar el umbral, encontró al monarca erguido sobre el lecho, lucía notablemente más recuperado y con la mirada despejada.

—Majestad —dijo Kang-dae, inclinándose con solemnidad—. El Daesagan ha alcanzado el templo. Sin embargo, su escolta fue emboscada en el camino y el señor Yi ha llegado con heridas profundas y un severo desgaste físico. Los médicos ya se encuentran atendiéndolo.

El Rey apretó la mandíbula, procesando la gravedad de la situación en la capital.

—Que los médicos pongan todo su empeño en sanarlo —ordenó el monarca con voz firme—. En cuanto el Daesagan recobre el conocimiento y sus fuerzas se lo permitan, quiero que venga directamente a mis aposentos. Necesito escuchar de su propia boca el estado en que ha dejado la corte.

—Así se hará, Majestad —respondió el Bujang.

Tras recibir la orden, Kang-dae se retiró de la estancia. Caminaba a paso lento por el pasillo de madera cuando la figura de la momjong de Haneul emergió del penumbral. La sirvienta, al reconocerlo, hizo una rápida reverencia.

—Bujang —habló en un susurro apresurado—. La señorita Haneul ha despertado. La fiebre finalmente ha cedido y ha recobrado el conocimiento.

Kang-dae se detuvo. Un vuelco incontrolable le oprimió el pecho al escuchar la noticia, pero lejos de correr hacia los aposentos de la joven, mantuvo la postura rígida y la mirada fija al frente.

—Entendido. Asegúrate de que siga al pie de la letra las indicaciones de los médicos —contestó con voz distante, antes de retomar su marcha y dejar atrás a la sirvienta.

Salió al patio exterior, donde la noche caía fría y cerrada sobre las montañas. Las estrellas brillaban con una intensidad helada en el cielo despejado. Kang-dae se detuvo en medio del patio, contemplando la inmensidad de la penumbra con las manos cruzadas a la espalda y la mente sumida en un tormento silencioso.

—El viento de la noche suele llevarse las hojas caídas, pero la raíz permanece intacta bajo la tierra.

La voz serena de un anciano monje rompió el silencio. El religioso se acercó despacio, deteniéndose a un par de pasos del oficial sin alterar la calma de la noche.

—Por más vueltas que dé el cauce de un río entre las rocas y las montañas —continuó el monje, contemplando el mismo cielo estrellado—, el agua siempre retorna a su origen. Si dos destinos están trazados para unirse bajo el orden de los cielos, ni la distancia, ni el deber, ni el silencio podrán impedir que así sea.

El monje inclinó levemente la cabeza a modo de despedida y continuó su camino en dirección a los pabellones de oración, dejando a Kang-dae a solas, sumergido en el eco de sus palabras y en el peso de un amor que intentaba reprimir.

Mientras tanto, en la calidez de los aposentos de Haneul, el médico del templo terminaba de examinar su pulso y de acomodar las compresas medicinales sobre su mesa.

—Su cuerpo aún está muy débil, señorita —indicó el médico. Debe guardar reposo absoluto.

Haneul, ignorando las advertencias del curandero, buscó con la mirada a su sirvienta en cuanto el médico se retiró.

—¿Dónde está el Bujang? —preguntó con la voz rota por la convalecencia.

La momjong acomodó las mantas alrededor de sus hombros con gesto preocupado.

—Por ahora, señorita, procure concentrarse en recuperarse. No debe alterarse.

—¿Dónde está Kang-dae? —insistió Haneul, fijando sus ojos entristecidos en su sirvienta.

La muchacha suspiró, dejando caer los brazos al costado.

—Hace un momento me lo encontré en los pasillos, cerca de los aposentos de Su Majestad.

Haneul frunció ligeramente el ceño, sintiendo una punzada en el pecho.

—¿Acaso no sabe que ya desperté?

—Sí, mi señora… yo misma se lo acabo de decir —admitió la momjong bajando la cabeza.

—¿Y no fue digno de venir a verme? —susurró Haneul, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas de impotencia.

La sirvienta la miró con compasión y replicó con suavidad:

—Hay muchas cosas ocurriendo en este momento en el templo, mi señorita. El Daesagan ha llegado herido y el palacio está en tensión… No creo que el Bujang venga a visitarla por ahora.

Haneul guardó silencio. La tristeza la envolvió por completo y desvió la mirada hacia la pared de madera, apretando entre sus dedos la seda de la manta. Aquella frialdad dolía más que cualquier síntoma de la fiebre.

Esa misma noche, impulsado por el deber y el respeto hacia el oficial de la corte, Kang-dae se dirigió a los aposentos donde atendían a Jun-ho.

Al ser anunciado y al deslizar las puertas de madera para ingresar, se encontró con una escena caótica. Dentro del recinto se libraba una verdadera batalla médica: los sirvientes cambiaban paños empapados en agua helada en un esfuerzo desesperado por bajarle las altas fiebres al joven noble, mientras los médicos limpiaban y suturaban con cautela las profundas heridas de espada que amenazaban la vida del Daesagan.




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