Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 80: La trampa de las sombras

El eco de los murmullos en el salón del Sajeongjeon aún resonaba en los oídos del consejero Min mientras caminaba a pasos agigantados por los pasillos del palacio interior. Su rostro era una máscara de rabia contenida. Los guardias y las sirvientas se apartaban a su paso, intuyendo la tormenta que traía consigo.

Sin esperar a ser anunciado, Min deslizó con violencia los paneles de madera y se adentró en los aposentos de la soberana.

La Reina, vestida con túnicas de seda oscura, permanecía sentada ante una pequeña mesa de palisandro, sosteniendo una delicada taza de porcelana. La fragancia del té de pino llenaba la estancia. Levantó la vista despacio, observando a su tío con una calma helada.

—¿Acaso el gran consejero ha olvidado las normas de etiqueta? —Habló ella con voz pausada, sin alterar su postura.

—¡El Daesagan sigue vivo! —escupió Min, dejando caer las pesadas mangas de su túnica. Mis hombres lo emboscaron en el camino al norte, tal como lo planeamos. Debería estar muerto en una zanja, pero ese maldito muchacho logró romper el cerco y escapar. Si llega al campamento real…

La Reina detuvo el movimiento de su mano, manteniendo la taza a milímetros de sus labios. Sus ojos se estrecharon.

—¿Y qué ocurrió en el Consejo? —preguntó con voz baja.

—El viejo Yi nos ganó la partida —admitió Min, apretando los puños—. Usó la placa real que le dejó el Soberano y exigió que una comisión de tres ministros y el médico jefe acudieran a los aposentos del Rey para confirmar su voluntad de viva voz. Tuve que ceder; la facción del Sur se levantó en su apoyo. Nos impusieron un plazo de tres días.

Un silencio denso envolvió la estancia. La Reina dejó la taza sobre la mesa con un chasquido seco.

—Tres días… —musitó ella con una sonrisa amarga—. Tío, el viejo Yi no busca verificar la salud del Soberano. Sabe que su hijo sobreviviría a cualquier trampa que le pusiéramos y esos tres días son la brecha que necesita para ganar tiempo hasta que el Daesagan regrese con noticias o con el propio Rey.

—Si esa comisión cruza el umbral del palacio interior, descubrirán el engaño y nos ejecutarán por alta traición —dijo Min—. Debemos enviar a nuestros mercenarios esta misma noche a silenciar a esos tres ministros.

—¿Asesinarlos en sus casas? —La Reina soltó una risa fría. Si tres ministros aparecen muertos, el viejo Yi levantará a la Guardia Real en una rebelión abierta. Perderíamos la legitimidad de la corona. No los mataremos en la oscuridad; usaremos la misma ley que el viejo Yi invocó para destruirlos a plena luz del día.

La soberana se inclinó hacia adelante, con la mirada fija en su tío.

—Esta misma noche, tus hombres se infiltrarán en las residencias de los tres ministros designados. No dejarán veneno para matarlos, sino frascos de geum-dok escondidos entre sus pertenencias, junto con cartas falsificadas con el sello de la facción del Sur que detallen un plan para envenenar la medicina del Rey antes de la verificación.

Min abrió ligeramente los ojos y una sonrisa malévola comenzó a dibujarse en su rostro.

—Al amanecer —continuó la Reina—, la Guardia de la Puerta Central los arrestará públicamente por intento de magnicidio. Con la comisión encarcelada, el viejo Yi quedará totalmente paralizado y yo emitiré un edicto de emergencia declarando el estado de sitio. Invocaremos la regencia inmediata del Príncipe Heredero para ‘proteger el reino’. Para cuando el Daesagan regrese del norte, no encontrará un rey a quien servir, sino a mi hijo en el trono.

Min realizó una reverencia profunda.

—El plan se ejecutará esta misma noche, mi Reina.

A la mañana siguiente, las puertas del palacio real estaban a punto de abrirse cuando los gritos de los guardias retumbaron en la gran plaza.

Antes de que los tres ministros pudieran descender de sus palanquines, decenas de soldados de Min los rodearon con las espadas desenvainadas. Frente a la mirada atónita de la corte, los guardias sacaron de sus equipajes los frascos de veneno y los manuscritos falsos.

Las protestas de inocencia fueron sofocadas por la fuerza de las cadenas. Para cuando el viejo Yi se enteró de lo sucedido, la trampa ya se había cerrado: los tres hombres yacían en las mazmorras acusados de conspiración, y las puertas del palacio interior habían sido selladas bajo el edicto de la Reina.

El plazo de tres días había muerto antes de comenzar, y la llegada de Jun-ho desde el norte se convertía ahora en su única esperanza.




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