Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 81: La cuenta regresiva

Al amanecer, Kang-dae se dirigió nuevamente hacia los aposentos del monarca para informarle sobre el estado médico del Daesagan. En cuanto escuchó el reporte, el Soberano pidió ser llevado a los aposentos de Jun-ho de inmediato.

Al llegar y observar la palidez extrema del joven noble, el rey se desconcertó. Se inclinó ligeramente hacia él y le preguntó al médico si se encontraba en estado para hablar y relatar lo que le había sucedido.

Jun-ho, al escuchar la voz del monarca, exclamó con esfuerzo:

—Sí… Su Majestad…

Al intentar reincorporarse sobre las mantas, un leve quejido de dolor se le escapó entre los labios apretados. El médico intervino de inmediato, colocándole una mano firme en el hombro.

—No está usted en condiciones de reincorporarse, señor —advirtió el médico con tono preocupado—. Su fiebre aún no cede y, a pesar de que sus heridas están vendadas, no sabemos aún si sanarán sin complicaciones. Es mejor que esperen hasta mañana.

El Soberano y el joven Bujang se miraron en completo silencio, comprendiendo la gravedad de la situación. Ambos dieron media vuelta y comenzaron a caminar lentamente hacia la salida. Estaban a punto de cruzar el umbral cuando un susurro débil quebró la quietud de la estancia.

El médico se inclinó hacia el rostro del enfermo y exclamó, alzando la vista hacia el Rey:

—¿No lo escuchó? ¿Qué trata de decir?

El joven Jun-ho, con un pulso lento y extremadamente cansado, volvió a hablar desde el límite de sus fuerzas:

—El palacio… está en peligro…

El médico se giró rápidamente y dijo:

—¡Su Majestad, con todo respeto, usted debe escuchar esto!

El monarca se giró a toda prisa y caminó de regreso hasta quedar junto al lecho. Jun-ho, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos abiertos, logró articular sus últimas palabras:

—Debe… debe llegar al palacio antes de tres días…

Tan pronto pronunció aquellas palabras, la cabeza de Jun-ho cayó pesadamente de lado y se desmayó por completo.

Un silencio absoluto y helado se apoderó de todos los presentes en los aposentos.

El monarca se retiró a sus aposentos acompañado por el Bujang. Al llegar, se sentó detrás de su mesa de madera y se sumergió en un espeso silencio. Transcurridos unos minutos en los que solo se escuchaba el crujir del viento contra las ventanas del templo, Kang-dae rompió el hielo:

—Majestad… ¿qué desea usted hacer?

El monarca alzó la vista, fijando una mirada cansada pero penetrante en el oficial.

—¿Aún mantienes contacto con hombres que le sean fieles al reino? Tan fieles como lo has sido tú… y como lo fue tu padre.

Kang-dae guardó silencio un instante antes de responder con reverencia y pesadumbre:

—Mi señor, me es difícil responderle a eso. Min acabó con mis hombres más leales. Sin embargo, yo puedo viajar a la capital de inmediato y averiguar si aún quedan soldados dispuestos a defender la nación.

—Solo tenemos tres días —interrumpió el monarca con firmeza—. No hay suficiente tiempo para enviar una avanzadilla de reconocimiento. Debemos idear un plan ahora mismo.

—Mi señor —insistió Kang-dae con respeto pero con preocupación en la voz—, usted aún no se ha recuperado lo suficiente como para resistir el viaje de regreso a la capital. Con todo respeto, dudo que aguantara el trayecto a caballo en su estado actual, y mucho menos considerando que no contamos con suficientes hombres ni sabemos qué tipo de emboscadas nos aguardan en el camino. Además, el Daesagan está gravemente herido y su recuperación tardará; solo contamos con lo poco que alcanzó a susurrar antes de desmayarse, pero ignoramos la magnitud real de lo que ocurre dentro del palacio.

El Rey contempló a Kang-dae durante unos instantes. La gravedad de las palabras del Bujang resonaba con fuerza en el recinto, pero lejos de mostrar desesperanza, la mirada del soberano se volvió aún más determinada.

Deslizó la mano por el interior de sus túnicas de seda y extrajo una pequeña pieza de madera tallada envuelta en paño de seda carmesí. La colocó sobre la mesa, justo frente a Kang-dae, y la descubrió.

Era una ficha de mando de bronce y bronce dorado, grabada con el emblema privado de la casa real.

—Min cree que ha acorralado a la corona porque desmanteló a la Guardia Real y persiguió a tus hombres —dijo el Monarca con voz baja y firme—. Lo que Min ignora es que el reino no se sostiene solo por las espadas que patrullan las puertas de Hanyang.

Kang-dae fijó la mirada en el sello, reconociendo de inmediato el peso de aquel objeto.

—Esta ficha —continuó el Rey— no invoca a un ejército regular del Consejo. Invoca a la guardia secreta apostada en la provincia de Gyeonggi, a las afueras de la capital. Hombres seleccionados en la penumbra, juramentados a defender la corona directamente sin pasar por las órdenes del Ministerio de Guerra.

Kang-dae alzó la vista, sorprendido.

—Majestad… si esa guarnición aún permanece intacta…

—Permanece intacta porque nadie en la corte, ni siquiera el viejo Yi ni la facción de Min, sabe de su existencia —aseguró el Soberano—. Pero no podemos depender únicamente de su fuerza bruta. Si llegamos marchando con soldados a las puertas de la capital, desataremos una guerra civil antes de cruzar la muralla exterior. Necesitamos entrar en silencio, sin que las centinelas de Min den la alarma.

Kang-dae apretó los puños y asintió, encajando las piezas en su mente.

—Para la infiltración y la distracción en los alrededores de Hanyang —dijo Kang-dae—, la gente del Sandaenori, los artistas itinerantes con los que Haneul tiene lazo y refugio, puede movernos entre sus caravanas sin levantar sospechas. Ningún guardia de Min presta atención a los cómicos y músicos que cruzan los caminos de la capital. Mientras ellos crean un alboroto en los mercados exteriores, la guardia secreta de Vuestra Majestad puede asegurar los pasajes subterráneos del palacio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.