El campo de entrenamiento desapareció ante los ojos de Tyr. Las figuras de Balder, Thor y Odin se desvanecieron hasta quedar convertidas en sombras distorsionadas, mientras todo el entorno volvía a transformarse en aquel espacio completamente negro donde Tyr había estado contemplando los recuerdos.
Durante unos segundos, Tyr permaneció en silencio.
Había visto demasiado.
Cada nuevo recuerdo parecía revelar una mentira más.
Finalmente, bajó la mirada mientras intentaba ordenar todo lo que acababa de descubrir.
—No solo me mentiste a mí… —dijo con amargura—. Mentiste prácticamente a toda tu familia.
Tyr cerró lentamente los puños.
Frigg había creído durante años que Thor era un niño que Odin había encontrado abandonado en Jotunheim. Había confiado en sus palabras, aceptando aquella historia porque pensaba que aquel pequeño había sido víctima de las circunstancias y que Odin simplemente había decidido salvarlo.
Pero la verdad era completamente diferente.
Odin había estado en Jotunheim cuando Thor nació.
Había conocido a su madre.
Había tenido un hijo con una Jotnar y, después de que ella muriera, había llevado al niño hasta Asgard. Sin embargo, cuando llegó ante Frigg, decidió ocultarle la verdad y construyó una historia completamente diferente.
—Le dijiste que lo encontraste abandonado… —continuó Tyr, cada vez más indignado—. Le hiciste creer que Thor había sido enviado a ustedes como una especie de bendición, cuando en realidad conocías perfectamente su origen.
Tyr permaneció unos segundos en silencio antes de continuar.
—Y ni siquiera Thor conoció la verdad. Le hiciste creer que era un regalo divino, que había sido elegido por los dioses para convertirse en el gran guerrero de los Nueve Reinos. Nunca le dijiste quién era realmente su madre. Nunca le dijiste de dónde venía. Nunca le permitiste conocer la verdad sobre su propio nacimiento.
La voz de Tyr comenzó a endurecerse.
—Construiste una familia sobre mentiras, Odin. Mentiste a Frigg, mentiste a Thor, mentiste a Balder… y también me mentiste a mí. Todo porque estabas obsesionado con encontrar al guerrero de aquella maldita profecía.
Tyr levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad que lo rodeaba.
Ahora comprendía que para Odin la profecía no había sido simplemente una advertencia sobre el futuro.
Se había convertido en una obsesión.
Una obsesión que había determinado la manera en que crió a sus hijos, la manera en que veía sus capacidades y hasta las decisiones que tomó para formar su propia familia.
Balder había cargado durante años con la presión de convertirse en el guerrero que Odin esperaba.
Thor había crecido creyendo que había sido elegido para cumplir un destino que ni siquiera comprendía.
Y todo porque Odin estaba dispuesto a encontrar, a cualquier precio, al guerrero que las Nornas habían anunciado.
Tyr apretó los dientes.
—¿Cuántas cosas más estabas dispuesto a destruir para encontrarlo?
La pregunta quedó suspendida en aquel espacio vacío.
Y, por primera vez, Tyr comenzó a comprender que quizá todas aquellas mentiras nunca habían sido realmente sobre Balder o Thor.
Quizá Odin había estado buscando durante toda su vida a alguien que siempre había estado mucho más cerca de lo que jamás imaginó.
Tyr permaneció inmóvil en medio de aquella oscuridad. Durante unos segundos no dijo absolutamente nada. Las imágenes que acababa de contemplar seguían repitiéndose en su mente, conectándose unas con otras hasta formar una conclusión que le resultaba cada vez más difícil ignorar.
Finalmente, apretó los dientes.
—Es un maldito…
La frase salió cargada de desprecio.
Pero entonces algo comenzó a tener sentido.
Odin no había estado con aquella mujer Jotnar por amor. No había sido una aventura nacida de sentimientos que lo hubieran llevado a traicionar a Frigg. Había sido algo mucho más calculado.
Todo había tenido un propósito.
La profecía.
Tyr comenzó a repasar cada uno de los recuerdos. Odin había escuchado a las Nornas anunciar que su hijo se convertiría en uno de los guerreros más poderosos que los Nueve Reinos hubieran conocido. Después había intentado convertir a Balder en ese guerrero, sometiéndolo desde niño a entrenamientos cada vez más extremos.
Pero Balder no había sido suficiente.
Entonces Odin había buscado otra posibilidad.
Thor.
Tyr entrecerró los ojos.
—Así que no fue una cuestión de amor… —murmuró con amargura—. Todo lo hiciste para encontrarlo. Para crear al guerrero que las Nornas te habían prometido.
Sin embargo, había algo que todavía no podía comprender.