Aidan del Aguila
Edad: 16 años
Un joven cayó al suelo de hormigón vaciado de un edificio en construcción, con una bolsa negra en la cabeza. Alzó sus manos cubriendo sin éxito moretones y golpes
— No entiendo — apenas audible el adolescente habló—. yo no hice nada. ¿Quieren dinero? Mis padres tienen mucho, administran un banco. Ellos
— No queremos eso.
La mano de uno de los hombres terminó sobre la boca del adolescente, se agachó y golpeó suavemente su boca.
Mientras, el segundo bravucón volteo, a un joven con ropa deportiva.
Sin sus habituales lentes y una capucha deportiva ligera dejó el aire escarapelar su piel antes de voltear por completo a la escena. En plena oscuridad, solo iluminado por los faros de la calle, alzó su mano y de repente, aquel hombre agachado se levantó.
Su mano aún sobre el adolescente, lo levantó en el aire.
Dio un paso, luego otro, hasta que los pies que aquel joven arrastró en la losa terminaron en el vacío.
En un gemido ahogado, sus manos apretaron el brazo del hombre.
— ¡Está bien! — grito el adolescente.
El aire golpeando la bolsa.
— ¿Qué quieres de mí?
— Hablamos con tus amigos, te culparon de haber arruinado el estadio del colegio Perla — al fin habló el segundo hombre—. Si no fuiste tú, ¿quién fue?
— ¿¡QUE?!— se quejó el adolescente. Estiró su pie para no caerse—. ¡NO LO SÉ!
Pronto, lo empujaron dentro del sistema de pórticos. De nuevo contra la losa de cemento y la bolsa amarrada a su cuello, el joven empezó a respirar con esfuerzo, hasta que un puño golpeó su estómago.
Aidan del Aguila
Hobby: Estudiar y correr.
Estado: Estudiante de Honor.
Sobre él, aquel joven de chamarra deportiva azul con el título “Amor para todos”, apenas se inclinó, dejó las piernas a ambos lados del cuerpo que se retorcía en el suelo, desesperado por llenar sus pulmones. Ni siquiera le dio tiempo para recuperar el aliento.
El primer puñetazo volvió a hundirse en su estómago.
Luego otro.
Y otro más.
El sonido seco de los impactos resonó una y otra vez en el pasillo. Mientras los dos bravucones vieron al joven encogerse sobre sí mismo, gritos y gemidos ahogados escaparon de su garganta.
Cuando sus brazos intentaron proteger su estómago, el chico los apartó y lentamente apoyó la suela de su zapato sobre el vientre del muchacho, aumentando la presión.
Cada vez más profundo, escuchaba como poco a poco la respiración del chico era más lamentable. La bolsa en su cabeza cortó el aire y su cuerpo empezó a inmovilizarse.
Sin embargo, él se no apartó la vista de él en ningún momento. Su expresión permanecía impasible, casi aburrida, mientras mantenía el pie firme, como si quisiera asegurarse de que no pudiera levantarse todavía.
Pero, de un segundo a otro, dejó de presionar su pie.
Sus ojos volaron a los dos hombres y luego se alejó. Lo suficiente para ocultarse bajo la oscuridad.
Mientras la respiración del adolescente se volvía cada vez más corta.
— Dinos la verdad— dijo el primer hombre.
Lo levantó con una sola mano y lo apoyó contra una de las columnas, le quitó la bolsa.
— ¿Quién te encerró en esa bodega? — la voz del segundo hombre apareció.
El adolescente apenas pudo balbucear. Con baba en sus comisuras, ojos rojos y lleno de lágrimas su respiración se hizo más fuerte.
Hasta que capturó una bocanada de aire y un dolor punzante lo obligó a sujetar su estómago.
— Era un chico —logró decir.
Volvió a respirar.
— del colegio
Respiro
— gordo …
— ¿Su rostro? — el segundo bravucón continuó. Un tono más aburrido.
El adolescente negó. Inhalo y exhalo con fuerza. Un poco desagradable y alto.
— Lila … — respiro hondo—. su polo … era lila.
Aidan del Aguila
Obligaciones: Heredero del colegio Santa Perla.
Minutos después, aquel joven de ropas deportivas se acomodo la chamarra al bajar por las escaleras de ese edificio. Detrás de él, el par de bravucones alzaron la mano en signo de despedida y una ligera inclinación delante de otra persona.
De ropas oscuras, y una bufanda que cubría parte de su rostro se acercó al otro. Sus pasos pesados hicieron eco, hasta alcanzar su nivel. Lentamente la luz de los faros dejaron ver sus rostros.
Aidan acomodo su bufanda hasta la nariz, mientras Esteban estiró su chamarra
— Dijo que vio a alguien con polo lila — inició Esteban— supongo que es nuestra clase. Pero, hay varios chicos gordos.
No hubo respuesta, las manos del segundo acomodaron su bufanda, mientras la otra mano alcanzó a un USB escondido en su bolsillo.
— Gracias, ya puedes irte.
Esteban dio otro paso atrás, pero en cuanto suspiró, se volvió a Aidan. Mientras una sonrisa ladina, casi maquiavélica se dibujó en su rostro.
— Oye, ¿Por qué haces esto? — volvió a hablar Esteban—. ¿Tu mamá sabe lo que haces?
— ¿Quieres ser el capitán de básquet el próximo año? — Aidan bostezo, apenas cubrió su boca con la mano—. Ah … de todas formas, acabas de golpear a alguien.
— Pero tu me amenazaste —gruño—. me dijiste que lo hiciera o harás que mis notas bajaran.
— y te di las respuestas del examen de física —intervino Aidan—. Todos ganamos, solo sigue haciendo lo que te dijo y si te envian cosas raras por el celular, tendrás que darmelas.
— ¿Me darás algo más por esa información? — Esteban dio un paso a él—. ¿Puedes cambiar las calificaciones?
Con una palmada en el hombro, Aidan se retiró. Sin ver atrás, sin ver el rostro rojo de Esteban hecho furia.
El lunes siguiente, los pasos de Alison hicieron eco contra las baldosas del corredor. Sus ojos voltearon del jardín hacia cada uno de los salones. Los estudiantes sentados, profesores en clase, por un segundo ella dejó escapar un suspiro.
Demasiado tranquilo.
De vez en cuando su caminar se volvió rápido, cada vez más tensa su mirada cuando se encontraba con una hermana.