MAXIMILIANO
El sonido metálico del ascensor privado abriéndose directo en el vestíbulo del ático rompió el silencio sepulcral que nos había escoltado desde que bajamos del auto. Di un paso al frente, manteniendo la puerta abierta con el brazo, obligando a Kathryn a cruzar el umbral. No le había dado otra opción, no iba a permitir que se escudara en formalidades contractuales, ni en su orgullo, ni en ese aislamiento voluntario en el que pretendía sepultarse con mi hijo.
Ella entró al apartamento con una lentitud deliberada, arrastrando esa parsimonia fría y majestuosa que tanto me fascinaba pero que hoy solo servía para camuflar su devastación interna. Se detuvo en mitad de la estancia, sin quitarse el abrigo apretando el bolso contra su vientre como si este lugar fuera un territorio hostil. Sus ojos barrieron el espacio, reviviendo el dolor del compromiso que ella misma había disuelto días atrás en mi despacho.
Me desabroché los botones del saco y caminé hacia ella con esa calma depredadora que siempre utilizaba para cerrar las negociaciones más difíciles del consorcio, pero esta vez despojada de cualquier estrategia corporativa. Esto era una cuestión de sangre.
Ella se giró lentamente, sosteniéndome la mirada con esa madurez trágica y pacífica que me helaba la sangre.
Escuchar su razonamiento, tan dolorosamente recto y maduro, me encendió una oleada de furia posesiva y protectora en las venas. Kathryn estaba dispuesta a inmolar su propia felicidad y la mía, condenando a nuestro hijo a nacer en el exilio, con tal de respetar lo que ella creía una verdad inmutable en el vientre de Gala. El dilema era brutal, una encrucijada de dos verdades paralelas nacidas de mi propia irresponsabilidad pero yo no era un hombre que se dejara doblegar por el caos. Esta empresa la había fundado yo desde cero, había levantado el imperio Alexander con mis propias manos y no iba a permitir que el pasado dictara las reglas del único futuro afectivo que me importaba.
Me acerqué a ella de forma implacable, acortando la distancia milimétrica que nos separaba hasta que pude sentir el frío que emanaba de su abrigo. Le tomé las manos con firmeza, obligándola a soltar el bolso, fijando mi mirada oscura en sus ojos con una fijeza feroz.
Apreté mis dedos sobre los suyos, transmitiéndole la inmensidad de la responsabilidad que acababa de echarme al hombro. El embarazo de Gala era un hecho respaldado por la ciencia, una realidad que asumiría con el apellido y la protección total de mi consorcio. Pero mi vida privada no estaba sujeta a negociaciones corporativas ni a las exigencias de nadie.
Ella me miró en absoluto silencio, con las pupilas dilatadas por el impacto de mi determinación salvaje, vio en mi rostro al hombre implacable que no iba a ceder un solo milímetro, dispuesto a cargar con el peso muerto de su pasado en la penumbra mientras blindaba con garras el nuevo comienzo que crecía en su interior. No había escapatoria para su dignidad ni para su armadura, mi ultimátum había sellado el tablero, obligándola a quedarse a mi lado en mitad de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre el imperio Alexander
El silencio en el ático se volvió denso, casi asfixiante, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones compasadas. Kathryn no apartó los ojos de los míos, buscó en mi mirada la grieta, el rastro de duda que pudiera invalidar mi decreto pero solo encontró la certeza absoluta del hombre que prefiere ver el mundo arder antes que perder lo que le pertenece.
Una lágrima solitaria, traicionera y cristalina, se deslizó por su mejilla pálida, desafiando la rigidez de su máscara de mármol.
#1008 en Novela romántica
#1008 en Chick lit
chica bella inteligente valiente, millonario arrogante y sexy
Editado: 12.09.2026