Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXX

MAXIMILIANO

El sonido metálico del ascensor privado abriéndose directo en el vestíbulo del ático rompió el silencio sepulcral que nos había escoltado desde que bajamos del auto. Di un paso al frente, manteniendo la puerta abierta con el brazo, obligando a Kathryn a cruzar el umbral. No le había dado otra opción, no iba a permitir que se escudara en formalidades contractuales, ni en su orgullo, ni en ese aislamiento voluntario en el que pretendía sepultarse con mi hijo.

Ella entró al apartamento con una lentitud deliberada, arrastrando esa parsimonia fría y majestuosa que tanto me fascinaba pero que hoy solo servía para camuflar su devastación interna. Se detuvo en mitad de la estancia, sin quitarse el abrigo apretando el bolso contra su vientre como si este lugar fuera un territorio hostil. Sus ojos barrieron el espacio, reviviendo el dolor del compromiso que ella misma había disuelto días atrás en mi despacho.

Me desabroché los botones del saco y caminé hacia ella con esa calma depredadora que siempre utilizaba para cerrar las negociaciones más difíciles del consorcio, pero esta vez despojada de cualquier estrategia corporativa. Esto era una cuestión de sangre.

  • Kathryn, quítate el abrigo - le pedí, y mi voz vibró con una fuerza pausada que llenó todo el salón - Tu exilio se terminó hoy. No vas a pasar una sola noche más lidiando con las náuseas en absoluto secreto y fingiendo indiferencia ejecutiva en las juntas de Don Agustín.

Ella se giró lentamente, sosteniéndome la mirada con esa madurez trágica y pacífica que me helaba la sangre.

  • Maximiliano, esto es una locura - respondió, y por primera vez detecté un hilo de desesperación real debajo de su máscara de mármol - Te lo dije en el auto, Gala está esperando un hijo tuyo, ese bebé es una consecuencia real de tu pasado. Si yo me quedo aquí, en tu apartamento, destruiré su oportunidad de familia. Me convertiré en la intrusa que use su embarazo como un arma de reclamo y mi dignidad no está en venta. No puedo construir mi felicidad sobre el remordimiento de saber que alejé a tu otro hijo de su padre.

Escuchar su razonamiento, tan dolorosamente recto y maduro, me encendió una oleada de furia posesiva y protectora en las venas. Kathryn estaba dispuesta a inmolar su propia felicidad y la mía, condenando a nuestro hijo a nacer en el exilio, con tal de respetar lo que ella creía una verdad inmutable en el vientre de Gala. El dilema era brutal, una encrucijada de dos verdades paralelas nacidas de mi propia irresponsabilidad pero yo no era un hombre que se dejara doblegar por el caos. Esta empresa la había fundado yo desde cero, había levantado el imperio Alexander con mis propias manos y no iba a permitir que el pasado dictara las reglas del único futuro afectivo que me importaba.

Me acerqué a ella de forma implacable, acortando la distancia milimétrica que nos separaba hasta que pude sentir el frío que emanaba de su abrigo. Le tomé las manos con firmeza, obligándola a soltar el bolso, fijando mi mirada oscura en sus ojos con una fijeza feroz.

  • Escúchame muy bien, Kathryn, porque no lo voy a repetir - le solté, modulando mis palabras con la fuerza de un ultimátum definitivo - Vuelves al ático hoy y de aquí no te vas. Se acabó el juego del silencio y la distancia, no eres ninguna intrusa. Eres la mujer que elegí, la dueña de este lugar y la madre del heredero que de verdad deseaba.

Apreté mis dedos sobre los suyos, transmitiéndole la inmensidad de la responsabilidad que acababa de echarme al hombro. El embarazo de Gala era un hecho respaldado por la ciencia, una realidad que asumiría con el apellido y la protección total de mi consorcio. Pero mi vida privada no estaba sujeta a negociaciones corporativas ni a las exigencias de nadie.

  • No me voy a desentender de mi sangre, Kathryn. Si Gala está esperando un hijo mío cumpliré con mis obligaciones al cien por ciento. Tendrá mi respaldo, mi dinero y el amparo de los Alexander. Yo cuidaré de los dos. Asumiré el peso de mis errores con Gala y velaré por la seguridad de ese bebé sin escatimar un solo recurso pero mi hogar, mi cama y mi futuro te pertenecen únicamente a ti y al hijo que llevas en tu vientre. No voy a elegir entre un hijo y el otro, los protegeré a ambos con todo el poder de mi apellido pero tú no te vas a esconder de mí. Te vas a quedar en este ático donde puedo vigilar tu salud, encargarme de tus cuidados y recordarte cada mañana que eres la única verdad que me importa. El caso está cerrado, Kathryn. Acepta mis condiciones porque de este apartamento no sales.

Ella me miró en absoluto silencio, con las pupilas dilatadas por el impacto de mi determinación salvaje, vio en mi rostro al hombre implacable que no iba a ceder un solo milímetro, dispuesto a cargar con el peso muerto de su pasado en la penumbra mientras blindaba con garras el nuevo comienzo que crecía en su interior. No había escapatoria para su dignidad ni para su armadura, mi ultimátum había sellado el tablero, obligándola a quedarse a mi lado en mitad de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre el imperio Alexander

El silencio en el ático se volvió denso, casi asfixiante, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones compasadas. Kathryn no apartó los ojos de los míos, buscó en mi mirada la grieta, el rastro de duda que pudiera invalidar mi decreto pero solo encontró la certeza absoluta del hombre que prefiere ver el mundo arder antes que perder lo que le pertenece.

Una lágrima solitaria, traicionera y cristalina, se deslizó por su mejilla pálida, desafiando la rigidez de su máscara de mármol.

  • Eres un monstruo arrogante, Maximiliano - susurró, aunque su voz ya no tenía la fuerza de una orden, sino la rendición de quien se sabe vencido por una marea inevitable - Crees que puedes comprar el destino con el apellido Alexander, crees que tu protección sanará el veneno de la culpa. Nuevamente usas tu poder para atarme a tus deseos.
  • No busco sanar nada, Kathryn. Busco proteger lo que es mío - respondí, liberando sus manos solo para acunar su rostro con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de mis palabras - Deja que yo cargue con la culpa, deja que yo sea el monstruo.




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