Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXXI

MAXIMILIANO

El peso de la rendición se instaló en el salón en el mismo instante en que el abrigo de Kathryn tocó el suelo. Sin esa armadura de lana oscura, parecía más vulnerable pero no menos imponente. Su silueta, vestida con un vestido de seda gris que apenas insinuaba los cambios imperceptibles de su cuerpo, quedó expuesta a la luz cálida y cenital del ático.

No se movió. Se quedó allí, estática, con los ojos entornados y las pestañas aún húmedas por la única lágrima que se había permitido derramar.

La tomé de la cintura con una calm6 deliberada, pegando su cuerpo al mío. Sentí la rigidez inicial de sus músculos, esa resistencia silenciosa de su orgullo que se negaba a ceder por completo pero no di un paso atrás. Apoyé mi frente contra la suya, respirando el aroma a jazmín y hospital que todavía se aferraba a su piel, odiando la clínica por recordarnos la fragilidad de nuestra situación y amándola a ella por llevar mi sangre dentro.

  • Estás temblando - murmuré, y mi propia voz sonó más áspera, afectada por la cercanía de su boca.
  • Es el frío de la calle - mintió ella, abriendo los ojos. Esas pupilas grises, tormentosas y profundas, me desafiaron a corta distancia - O tal vez es el miedo de saber que me estás encadenando nuevamente a una jaula de oro, Maximiliano.
  • No es una jaula si tú tienes las llaves del dueño - respondí, rozando sus labios con los míos en un beso contenido, un pacto sellado con el calor de mi aliento - Vamos a la habitación, necesitas descansar. Las náuseas no perdonan las malas noches.

La guie por el pasillo de mármol iluminado por luces indirectas hasta el dormitorio principal. Este espacio, de líneas minimalistas, maderas oscuras y una cama de dimensiones colosales que daba hacia el ventanal de la terraza, había sido el escenario de nuestras noches más salvajes antes de que el fantasma de Gala se interpusiera entre nosotros. Hoy, la atmósfera era distinta. No había urgencia, sino una solemnidad casi religiosa.

Kathryn se sentó en el borde del colchón, hundiéndose ligeramente en el edredón de plumón. Se desató los zapatos de tacón con movimientos mecánicos, dejando que cayeran sobre la alfombra de felpa. Su mirada se perdió en el reflejo de las luces de la ciudad que titilaban a través del cristal, ajena al lujo que la rodeaba.

Me arrodillé frente a ella, una posición que jamás habría adoptado en una junta del consorcio pero que ante ella se sentía natural, casi necesaria. Tomé sus pies fríos entre mis manos, dándoles calor con un masaje lento, constante. Kathryn contuvo el aliento, sorprendida por el gesto y por primera vez en toda la noche, la tensión de sus hombros disminuyó notablemente.

  • Don Agustín me preguntó por ti hoy en la mañana - dije, rompiendo el silencio con un tono bajo, arrullador - Le dije que tu salud requería absoluta tranquilidad. A partir de mañana, trasladaremos toda la oficina del proyecto del hotel aquí al ático.

Ella frunció el ceño de inmediato, intentando retirar sus pies, pero sostuve mi agarre con firmeza.

  • No voy a dejar que me dejes fuera de mi propio proyecto, Maximiliano. He sangrado por el diseño y la licitación de ese hotel - protestó con el orgullo herido - No soy una enferma.
  • Y no te estoy apartando de él - la interrumpí, suavizando mis facciones para apaciguar su mente ejecutiva - Seguirás siendo la mente maestra. Don Agustín ya aceptó que manejes toda la estructuración, los planos y los contratos desde casa, solo que ya no será la tuya sino desde nuestro hogar, instalaremos los servidores seguros y las pantallas de alta definición en el estudio del segundo piso. Trabajarás a tu ritmo, sin los viajes a la zona de construcción, sin los horarios extenuantes y sobre todo, sin tener que tolerar la presencia de Gala, de ella y de las juntas presenciales me encargo yo.

Kathryn se inclinó hacia adelante, atrapando mis manos para detener el masaje. Me obligó a mirarla. En su rostro ya no había ira, solo una madurez trágica que me oprimió el pecho.

  • ¿Cómo vamos a mirarnos a la cara cada mañana, sabiendo que en otra parte hay una mujer esperando un hijo que tiene más derecho cronológico que el mío? - su voz se quebró levemente.- Gala tiene casi dos meses, yo tengo poco más de uno. Dos semanas de diferencia, Maximiliano. Dos semanas que marcan la línea entre tu pasado y este presente que me impones. Ella estuvo antes aunque me encierre en este ático a revisar contratos del hotel, la realidad sigue allá afuera.
  • Pero tú estás aquí ahora - sentencié, poniéndome de pie para sentarme a su lado, rodeándola con mis brazos y atrayéndola hacia mi pecho. Ella se resistió un segundo pero finalmente apoyó la cabeza en mi hombro, soltando un suspiro cargado de semanas de cansancio - Gala tuvo mi pasado, Kathryn. Una noche de tormenta y malas decisiones que pagaré el resto de mi vida con cheques y abogados pero tú tienes mi realidad. Este hijo no fue un error de cálculo, fue el resultado de lo que provocas en mí. No vuelvas a medir tu valor en semanas.

Permanecimos así durante una hora, viendo cómo las nubes de la noche ocultaban las estrellas sobre los rascacielos. La respiración de Kathryn comenzó a ralentizarse, señal de que el sueño provocado por el embarazo y el agotamiento emocional finalmente le estaba ganando la batalla a su mente analítica.

Con cuidado, la ayudé a recostarse por completo, deshaciendo los botones de su blusa para que estuviera más cómoda. Al descubrir su vientre, plano todavía pero albergando la semilla de los Alexander, posé la palma de mi mano sobre su piel tibia. Una vibración de posesión absoluta me recorrió la espina dorsal. Era mío. Ella era mía. El niño era mío. Y destruiría a cualquiera que intentara usar el escándalo para arrebatármelos.

Me desvestí en la penumbra y me deslicé a su lado bajo las sábanas. Kathryn, sintiendo mi calor, se giró inconscientemente hacia mí, buscando el refugio de mi cuerpo pasó un brazo por encima de mi pecho y escondió el rostro en mi cuello, murmurando algo ininteligible en sueños.




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