MAXIMILIANO
El peso de la rendición se instaló en el salón en el mismo instante en que el abrigo de Kathryn tocó el suelo. Sin esa armadura de lana oscura, parecía más vulnerable pero no menos imponente. Su silueta, vestida con un vestido de seda gris que apenas insinuaba los cambios imperceptibles de su cuerpo, quedó expuesta a la luz cálida y cenital del ático.
No se movió. Se quedó allí, estática, con los ojos entornados y las pestañas aún húmedas por la única lágrima que se había permitido derramar.
La tomé de la cintura con una calm6 deliberada, pegando su cuerpo al mío. Sentí la rigidez inicial de sus músculos, esa resistencia silenciosa de su orgullo que se negaba a ceder por completo pero no di un paso atrás. Apoyé mi frente contra la suya, respirando el aroma a jazmín y hospital que todavía se aferraba a su piel, odiando la clínica por recordarnos la fragilidad de nuestra situación y amándola a ella por llevar mi sangre dentro.
La guie por el pasillo de mármol iluminado por luces indirectas hasta el dormitorio principal. Este espacio, de líneas minimalistas, maderas oscuras y una cama de dimensiones colosales que daba hacia el ventanal de la terraza, había sido el escenario de nuestras noches más salvajes antes de que el fantasma de Gala se interpusiera entre nosotros. Hoy, la atmósfera era distinta. No había urgencia, sino una solemnidad casi religiosa.
Kathryn se sentó en el borde del colchón, hundiéndose ligeramente en el edredón de plumón. Se desató los zapatos de tacón con movimientos mecánicos, dejando que cayeran sobre la alfombra de felpa. Su mirada se perdió en el reflejo de las luces de la ciudad que titilaban a través del cristal, ajena al lujo que la rodeaba.
Me arrodillé frente a ella, una posición que jamás habría adoptado en una junta del consorcio pero que ante ella se sentía natural, casi necesaria. Tomé sus pies fríos entre mis manos, dándoles calor con un masaje lento, constante. Kathryn contuvo el aliento, sorprendida por el gesto y por primera vez en toda la noche, la tensión de sus hombros disminuyó notablemente.
Ella frunció el ceño de inmediato, intentando retirar sus pies, pero sostuve mi agarre con firmeza.
Kathryn se inclinó hacia adelante, atrapando mis manos para detener el masaje. Me obligó a mirarla. En su rostro ya no había ira, solo una madurez trágica que me oprimió el pecho.
Permanecimos así durante una hora, viendo cómo las nubes de la noche ocultaban las estrellas sobre los rascacielos. La respiración de Kathryn comenzó a ralentizarse, señal de que el sueño provocado por el embarazo y el agotamiento emocional finalmente le estaba ganando la batalla a su mente analítica.
Con cuidado, la ayudé a recostarse por completo, deshaciendo los botones de su blusa para que estuviera más cómoda. Al descubrir su vientre, plano todavía pero albergando la semilla de los Alexander, posé la palma de mi mano sobre su piel tibia. Una vibración de posesión absoluta me recorrió la espina dorsal. Era mío. Ella era mía. El niño era mío. Y destruiría a cualquiera que intentara usar el escándalo para arrebatármelos.
Me desvestí en la penumbra y me deslicé a su lado bajo las sábanas. Kathryn, sintiendo mi calor, se giró inconscientemente hacia mí, buscando el refugio de mi cuerpo pasó un brazo por encima de mi pecho y escondió el rostro en mi cuello, murmurando algo ininteligible en sueños.
#1008 en Novela romántica
#1008 en Chick lit
chica bella inteligente valiente, millonario arrogante y sexy
Editado: 12.09.2026