KATHRYN
El sonido de los planos al cerrarse bruscamente en la pantalla principal coincidió con la notificación del videoportero. Eran las dos de la tarde, en el monitor de seguridad del estudio, la figura imponente de Don Agustín, enfundado en su eterno abrigo de paño inglés y apoyado en su bastón de empuñadura de plata, esperaba en el vestíbulo privado del ático. Sentí un vuelco en el estómago. Las náuseas, contenidas a duras penas durante la mañana con té de jengibre, amenazaron con regresar ante la perspectiva de esta confrontación.
Me levanté del escritorio de nogal, alisando las arrugas de mi vestido de punto crema. Don Agustín no era solo el inversionista principal del nuevo complejo hotelero, era un patriarca moral, un hombre de la vieja escuela que aborrecía los escándalos y valoraba la rectitud por encima de los márgenes de ganancia. Si Gala había logrado llegar a él con su papel de madre desprotegida, mi posición en el proyecto y como su representante pendía de un hilo.
Salí al vestíbulo justo cuando las puertas del ascensor se abrían, Don Agustín entró con paso firme pero sus ojos cansados y severos recorrieron el espacio con una profunda decepción antes de fijarse en mí.
El anciano avanzó lentamente y se sentó en uno de los sillones de cuero frente al ventanal, apoyando ambas manos sobre el bastón. Me miró fijamente, analizando mi rostro pálido.
MAXIMILIANO
El portazo que di al entrar a las oficinas del ático hizo vibrar los ventanales de la terraza. Había conducido desde la oficina central rompiendo todos los límites de velocidad en cuanto mi jefe de seguridad me informó que el auto de Don Agustín se dirigía a mi propiedad. No iba a permitir que nadie ni siquiera el hombre que consideraba mi ejemplo a seguir en el mundo corporativo viniera a dictar las reglas dentro de mi propio hogar.
Me detuve en seco en el umbral del estudio, desabrochando bruscamente el botón superior de mi camisa.
Don Agustín ni siquiera se inmutó ante mi entrada intempestiva. Siguió mirando a Kathryn, quien permanecía de pie junto al escritorio, rígida como una estatua de sal. Caminé hacia ellos con esa calma que utilizaba para neutralizar las amenazas del consorcio, interponiéndome físicamente entre el anciano y la mujer que llevaba a mi hijo.
Don Agustín se puso de pie lentamente, usando su bastón para enderezar sus casi dos metros de estatura. Su mirada severa chocó contra la mía con la fuerza de dos imperios colisionando.
Don Agustín me miró en absoluto silencio, midiendo el alcance de mi determinación salvaje. Vio en mi rostro al hombre implacable que estaba dispuesto a prenderle fuego al consorcio antes de ceder un solo milímetro de su territorio. Luego, el anciano giró la cabeza lentamente hacia Kathryn, buscando en ella la última pizca de sensatez en mitad de la tormenta que acababa de desatarse.
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Editado: 12.09.2026