Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXXIII

KATHRYN

El sonido de los planos al cerrarse bruscamente en la pantalla principal coincidió con la notificación del videoportero. Eran las dos de la tarde, en el monitor de seguridad del estudio, la figura imponente de Don Agustín, enfundado en su eterno abrigo de paño inglés y apoyado en su bastón de empuñadura de plata, esperaba en el vestíbulo privado del ático. Sentí un vuelco en el estómago. Las náuseas, contenidas a duras penas durante la mañana con té de jengibre, amenazaron con regresar ante la perspectiva de esta confrontación.

Me levanté del escritorio de nogal, alisando las arrugas de mi vestido de punto crema. Don Agustín no era solo el inversionista principal del nuevo complejo hotelero, era un patriarca moral, un hombre de la vieja escuela que aborrecía los escándalos y valoraba la rectitud por encima de los márgenes de ganancia. Si Gala había logrado llegar a él con su papel de madre desprotegida, mi posición en el proyecto y como su representante pendía de un hilo.

Salí al vestíbulo justo cuando las puertas del ascensor se abrían, Don Agustín entró con paso firme pero sus ojos cansados y severos recorrieron el espacio con una profunda decepción antes de fijarse en mí.

  • Kathryn, hija - dijo, y su voz profunda, agrietada por los años, resonó en el pasillo - Lamento irrumpir en tu... refugio pero la situación en las oficinas centrales es insostenible y exijo una explicación que no esté adulterada por el orgullo de Maximiliano.
  • Bienvenido, Don Agustín - respondí, manteniendo la barbilla alta y esa parsimonia ejecutiva que tanto me costaba fingir hoy - Pase al estudio, por favor. Estaba revisando las adendas de los costos de cimentación del ala norte. El diseño sigue bajo control.

El anciano avanzó lentamente y se sentó en uno de los sillones de cuero frente al ventanal, apoyando ambas manos sobre el bastón. Me miró fijamente, analizando mi rostro pálido.

  • El diseño es lo de menos hoy, Kathryn - suspiró, y por primera vez detecté la pesadumbre del hombre que ve fracturarse la empresa que tanto respeta - Gala estuvo en mi despacho antes del mediodía, estaba deshecha. Una mujer rota, Kathryn. Me mostró los exámenes de la clínica, me habló del fideicomiso frío que Maximiliano le envió para comprar su silencio y de cómo la habías desplazado, usándolo a él para encerrarte aquí en la opulencia mientras ella lidia sola con la carga de un heredero ilegítimo en los pasillos corporativos. Ella no exigió nada, solo pidió mi protección moral... y eso la hace doblemente peligrosa.

MAXIMILIANO

El portazo que di al entrar a las oficinas del ático hizo vibrar los ventanales de la terraza. Había conducido desde la oficina central rompiendo todos los límites de velocidad en cuanto mi jefe de seguridad me informó que el auto de Don Agustín se dirigía a mi propiedad. No iba a permitir que nadie ni siquiera el hombre que consideraba mi ejemplo a seguir en el mundo corporativo viniera a dictar las reglas dentro de mi propio hogar.

Me detuve en seco en el umbral del estudio, desabrochando bruscamente el botón superior de mi camisa.

Don Agustín ni siquiera se inmutó ante mi entrada intempestiva. Siguió mirando a Kathryn, quien permanecía de pie junto al escritorio, rígida como una estatua de sal. Caminé hacia ellos con esa calma que utilizaba para neutralizar las amenazas del consorcio, interponiéndome físicamente entre el anciano y la mujer que llevaba a mi hijo.

  • Este es mi hogar, Agustín - soltó mi voz vibrando con una fijeza feroz - Lo que se discuta aquí adentro es de índole privada. Si Gala fue a llorar a su oficina con su libreto de víctima, debió recordarle que los asuntos del consorcio se resuelven en la mesa de juntas, no usando su embarazo como un chantaje moral.

Don Agustín se puso de pie lentamente, usando su bastón para enderezar sus casi dos metros de estatura. Su mirada severa chocó contra la mía con la fuerza de dos imperios colisionando.

  • ¡Cállate, Maximiliano! - tronó el anciano, y la autoridad en su voz llenó la estancia - No me hables de chantajes cuando has creado un caos que amenaza la credibilidad de nuestra fusión, Gala no exigió un solo centavo. Vino a mí como una mujer que ha sido humillada por tu irresponsabilidad en esa cabaña. La moral de esta sociedad no va a arrastrarse por el suelo porque no sepas gobernar tus impulsos. Ella lleva al primogénito de los Alexander, el niño que cronológicamente tiene el derecho al amparo de tu nombre.
  • ¡El derecho al amparo lo tienen mis dos hijos! - le rugí, acortando la distancia milimétrica que nos separaba, con las pupilas dilatadas por la furia posesiva que me quemaba las venas - Cumpliré con Gala al cien por ciento en el plano financiero y legal. Tendrá millones, abogados y clínicas. Pero mi futuro, mi cama y este ático le pertenecen a Kathryn, ella no se va de aquí, y no voy a permitir que Gala use sus lágrimas ensayadas para sabotear el proyecto del hotel ni la salud de la mujer que elegí. El caso está cerrado, Agustín. Si la junta directiva quiere cuestionar mi vida privada, que intenten destituirme. Saben perfectamente que yo levanté este imperio desde cero y no dudaré en disolver la sociedad si intentan tocar a los míos.

Don Agustín me miró en absoluto silencio, midiendo el alcance de mi determinación salvaje. Vio en mi rostro al hombre implacable que estaba dispuesto a prenderle fuego al consorcio antes de ceder un solo milímetro de su territorio. Luego, el anciano giró la cabeza lentamente hacia Kathryn, buscando en ella la última pizca de sensatez en mitad de la tormenta que acababa de desatarse.




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