CAPITULO LXXXII
KATHRYN
El sonido de las pantallas encendiéndose en serie fue el único sonido que compitió con el zumbido del aire acondicionado en el estudio del segundo piso. Eran las ocho de la mañana, me quedé de pie frente al enorme escritorio de nogal, observando cómo los servidores que Maximiliano había hecho instalar a contrarreloj desplegaban los planos renderizados del complejo hotelero de Don Agustín.
A mi izquierda, una taza de té de jengibre humeaba en silencio, mi único aliado contra las náuseas matutinas que amenazaban con quebrar mi concentración.
Me pasé las manos por la falda de mi vestido de punto color crema, buscando una estabilidad que el suelo del ático no terminaba de darme. Ayer estaba decidida a desaparecer, a proteger mi dignidad en un exilio autoimpuesto. Hoy, estaba atrapada en la red de control de Maximiliano pero él se equivocaba si pensaba que este aislamiento me convertiría en una sombra decorativa. Si iba a quedarme en su jaula, gobernaría el imperio desde adentro.
Sujeté el lápiz digital con firmeza y abrí el canal de comunicación encriptado con el equipo de ingeniería en la zona de construcción.
- Buenos días a todos - dije, y mi voz aunque un tono más baja debido al cansancio, mantuvo esa inflexión ejecutiva e impecable que nadie en el consorcio se atrevía a cuestionar - A partir de hoy, la dirección general de la estructuración y la fase de licitación del Hotel Alexander-Agustín se centralizará, no habrá demoras en las revisiones de contratos ni en la aprobación de costos de cimentación. Los servidores están vinculados en tiempo real.
- Entendido, ingeniera Kathryn - respondió la voz del jefe de obra desde el altavoz, con un matiz de preocupación - Don Agustín nos pidió asegurar que usted estuviera bien. Hubo rumores temprano... sobre una solicitud de auditoría interna que llegó desde la oficina de la licenciada Gala. Dice que necesita revisar los fondos de su proyecto por seguridad del patrimonio del consorcio.
Apreté los dientes, sintiendo una punzada de dolor en el vientre. Coloqué una mano sobre mi regazo, donde mi embarazo de cuatro semanas seguía siendo un secreto, Gala ya estaba jugando sus cartas pero no desde la confrontación directa, sino desde el papel que mejor le salía, el de la madre desprotegida que solo busca cuidar el futuro de la empresa.
- El presupuesto está blindado, ingeniero - respondí con frialdad - Suban los archivos modificados. La auditoría no encontrará una sola fisura en mi trabajo
MAXIMILIANO
El silencio sospechoso de mi secretaria al anunciar la llegada de Gala me indicó que la situación en los pasillos ya era delicada. Cuando la puerta de mi despacho se abrió, no entró la mujer imponente y agresiva de las juntas de negocios. Gala cruzó el umbral con pasos lentos, vestida con un traje sastre gris pálido que acentuaba una fragilidad que parecía ensayada, sosteniendo contra su pecho una carpeta médica con dedos temblorosos.
Me quedé de pie detrás del escritorio, sintiendo cómo una tensión helada se apoderaba de mis hombros.
- Maximiliano... - su voz fue un hilo suave, cargado de una tristeza profunda que pretendía desarmarme. Se detuvo a unos pasos, mirándome con ojos anegados en lágrimas - No puedo creer lo que me acaba de entregar tu equipo legal. Un borrador de fideicomiso. Un acuerdo de confidencialidad financiera. ¿Es esto lo que valgo para ti ahora? ¿Un contrato de liquidación para esconder mi embarazo?
- Es la protección financiera para el hijo que esperas, Gala - respondí, manteniendo mi voz de barítono en un tono neutro y corporativo, aunque la fijeza de mi mirada oscura delataba mi advertencia - Tendrás el respaldo total del consorcio, la mejor atención médica y mi apellido en cuanto la prueba de ADN lo ratifique. No te dejaré desamparada.
Gala bajó la cabeza, dejando que un mechón de cabello cubriera su rostro mientras un sollozo ahogado escapaba de sus labios. Se sentó en la silla frente a mí, como si el peso de su condición le impidiera sostenerse.
- ¿Dinero? ¿Crees que me importa el dinero cuando destruiste mi dignidad? - levantó la mirada, mostrando un rostro compungido, la viva imagen de la traición - Fuiste tú quien me buscó en esa cabaña, Max. Me hiciste creer que podíamos tener un futuro y ahora que llevo a tu hijo, al primogénito de los Alexander, me tratas como a una extorsionadora. Me arrastras a firmar papeles oscuros mientras subes a Kathryn a tu ático para darle el lugar que nos corresponde a mi bebé y a mí.
Me acerqué a ella con pasos lentos, apoyando las manos sobre el borde del escritorio, invadiendo su espacio con una calma depredadora.
- Mide tus lágrimas, Gala. Sé perfectamente lo que pasó en la cabaña y asumiré las consecuencias - le solté, modulando mis palabras con fuerza - Pero mi hogar no está en negociación, Kathryn se queda en el ático y seguirá al frente del hotel de Don Agustín. Si iniciaste esa auditoría esta mañana usando tu embarazo como escudo para sabotear su presupuesto, te sugiero que la retires. No voy a permitir que uses tu vulnerabilidad para atacar a mi mujer.
Gala se puso de pie lentamente, limpiándose una lágrima con la yema del dedo, adoptando una postura de mártir que sabía perfectamente cómo proyectar ante la junta directiva.
- No la estoy atacando, Maximiliano. Solo protejo el patrimonio del hijo que tú me diste y que ahora pretendes relegar a un segundo plano - dijo, con una voz trágica y pacífica que me heló la sangre - Dios me libre de desearle el mal a Kathryn pero la junta directiva y Don Agustín se van a enterar de cómo dejas de lado a tu verdadera familia por un capricho. Yo no voy a pelear contigo, no tengo las fuerzas en mi estado. Dejaré que los inversionistas y la moral de esta empresa juzguen lo que nos estás haciendo.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida con una lentitud deliberada, dejando el peso de su victimismo flotando en el aire como una amenaza invisible pero destructiva.