♡ Alison D'Williams ♡
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Bajé del automóvil a toda prisa en cuanto se estacionó frente a la fundación.
Mi asistente me había llamado mientras venía en camino para avisarme que una mujer llevaba más de una hora esperando en recepción, en un estado de crisis total. Su hijo de ocho años había desaparecido esa misma mañana y se negaba a hablar con los trabajadores sociales o con la policía; solo repetía que necesitaba verme a mí.
Cuando crucé el pasillo hacia mi oficina, la vi.
Estaba encorvada en uno de los sillones de la sala de espera, ocultando el rostro entre las manos mientras los hombros le temblaban por el llanto. Una de mis colaboradoras intentaba ofrecerle un vaso de agua, sin éxito.
-¿Es ella? -pregunté acercándome.
Mi asistente asintió en silencio.
-Llegó hecha un mar de lágrimas, Alison. Quisimos iniciar la ficha de captura de datos, pero se cerró por completo. Insiste en que solo hablará contigo.
Al escuchar mi voz, la mujer levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados y el rostro empapado. Se quedó paralizada un segundo, como si no pudiera creer que me tenía enfrente, y de golpe se puso de pie.
-¡Señora Williams!
Antes de que pudiera reaccionar, acortó la distancia y se dejó caer de rodillas a mis pies, tomándome por la bata.
-Por favor... se lo suplico, ayúdeme a encontrar a mi hijo. No sé dónde está, no sé quién se lo llevó...
-Por favor, levántese -pedí, agachándome de inmediato para sostenerla por los codos-. Levántese, no haga esto.
-Es que no lo encuentro... -sollozó, aferrándose a mis brazos con una fuerza desesperada-. Se llama Mateo. Solo tiene ocho años.
La ayudé a ponerse de pie y la guié con firmeza, pero con delicadeza, hacia el interior de mi oficina, alejándola de las miradas curiosas del personal. Le entregué un pañuelo y esperé a que lograra tomar un poco de aire.
-Antes que nada... ¿cuál es su nombre? -le pregunté con voz suave, buscando mirarla a los ojos para transmitirle calma.
La mujer tragó saliva y se limpió las mejillas con el dorso de la mano.
-Yareli -respondió con la voz quebrada-. Me llamo Yareli.
-Bien, Yareli. Respira. Cuéntame exactamente qué pasó esta mañana.
Yareli apretó el pañuelo entre sus dedos antes de hablar.
-Salí temprano a la tienda de la esquina a comprar lo del desayuno. Mateo se quedó en casa... Fueron solo diez minutos, lo juro. Él está acostumbrado a quedarse solo ese lapso mientras voy rápido por el pan, nunca sale, jamás ha pasado nada. Pero cuando regresé... la puerta estaba cerrada por dentro con el pestillo puesto, como siempre la dejo. Entré pensando que estaría viendo televisión o en su cuarto, pero no había nadie.
-¿Revisaste bien? ¿El patio, el baño?
-¡Todo! Lo llamé a gritos, busqué debajo de las camas, hablé a casa de mis padres por si mi papá había pasado por él... Nadie sabe nada.
-¿La cerradura estaba forzada? ¿Alguna ventana abierta?
-Nada. Todo estaba intacto.
-¿Fuiste a la policía?
Yareli dejó escapar una risa amarga, ahogada por las lágrimas.
-Me dijeron que tengo que esperar veinticuatro horas para levantar un reporte formal. Que seguro el niño se salió a jugar con algún vecino o que se fue por su cuenta. ¡Tiene ocho años, señora Williams! Él no se va a ningún lado sin avisarme.
Sacó su teléfono con manos temblorosas y desbloqueó la pantalla para enseñarme una fotografía. En ella aparecía un niño de cabello rizado y sonrisa amplia, guiñando un ojo a la cámara.
-Este es Mateo -dijo con un hilo de voz-. Llevaba puesto un reloj azul que le regalé de cumpleaños. Nunca se lo quita, tiene botón de llamada directa a mi celular. Si sale, lo lleva puesto. Hasta para dormir tengo que rogarle que se lo quite para cargarlo.
Deslizó el dedo a la siguiente imagen. Era la foto de un reloj digital con la correa rota, tirado sobre el pavimento sucio.
-Lo encontré tirado en la esquina de mi calle. Le mostré esto a los oficiales y me dijeron que el niño se lo pudo haber quitado solo, que se le cayó jugando... Pero mire atrás.
Giró la foto mostrando la parte posterior del reloj. Tenía una pequeña calcomanía gastada de un dinosaurio.
-Él mismo se la pegó el día que se lo regalé. Mateo jamás habría tirado su reloj a la calle. Sé que alguien se lo llevó. Lo presiento aquí -se tocó el pecho, hiperventilando-. Se lo llevaron.
Se me hizo un nudo en la garganta. La policía solía desestimar estas primeras horas por pura burocracia, pero la escena del reloj roto en la esquina no encajaba con un niño que simplemente decide irse a jugar.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso.
Alexander entró a paso firme, revisando unos documentos en su tableta.
-Alison, necesito que revises...
Se detuvo en seco al notar la presencia de la mujer. Yareli se giró bruscamente y, al reconocerlo, sus ojos se abrieron con un impacto evidente.
-Señor Williams...
Alexander frunció el ceño, evaluándola en un silencio tenso.
Yareli dio dos pasos hacia él, juntando las manos en actitud de súplica.
-Por favor... ayúdeme una vez más -imploró con el rostro desencajado-. Sé lo que hizo aquel día por la señorita Estrella y por las demás. Se llevaron a mi hijo y la policía no me quiere escuchar. Por favor, se lo suplico... no puedo perder a mi niño.
La rigidez en los hombros de Alexander cedió un poco, cambiada por una sombra de seriedad absoluta.
-Entra y cierra la puerta -me dijo Alexander a mí, antes de dirigirse a ella-. Asiento, Yareli. Siéntate.
Nos acomodamos los tres alrededor del escritorio. Alexander la observó fijamente durante un par de segundos y luego giró la mirada hacia mí.
-Alison, ella estuvo en el grupo de jóvenes que rescatamos con Estrella en aquel almacén.
El dato me cayó como un balde de agua fría. Ahora entendía por qué Yareli había rechazado a los trabajadores sociales y por qué exigió verme a mí con tanta desesperación: conocía el alcance y la velocidad de respuesta que tenía la red de Alexander.
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Editado: 06.11.2026