Pintaré tus Sonrisas

11 - Sin luz II

Marcus

Tomo por enésima vez el móvil y observo la bandeja de mensajes.

Nada.

Han pasado cuatro días.

Cuatro días desde que no hablo con Bamvi...

Dejo el móvil en el escritorio y tomo asiento, con una mano en mi frente.

¿Qué podría estar pasando? ¿Estará bien?

Agarro el móvil de nuevo y abro los mensajes con mi hermana mayor. Releo su último mensaje.

Francia: Hablé con Kat. No te preocupes. Ella me dijo que Bamvi solía apartarse cuando estaba trabajando en sus proyectos. Sin importar quién fuera.

Francia: Puede ser. Digo, es su hermana. Ella debe conocerla mejor que nadie.

No respondí a esos mensajes ayer, y no siento ánimos de responderlos ahora.

Sí, es verdad que ambos somos profesionales y que solemos estar ocupados, pero Bamvi me ha escrito cada día, sin falta. Con este, ya van cuatro mensajes de buenos días a los que les hace falta su respuesta, con su selfie mañanera.

El estómago se me estruja y siento un pesar en el pecho.

—¿Marcus, estás bien? —inquiere una voz grave que reconozco de inmediato.

Dejo el móvil boca abajo y levanto la mirada para encontrarme con el ceño fruncido y ojos miel inquisitivos de Nicolás.

—Ah —resoplo—. No lo sé, Nico —niego con la cabeza.

—¿Sigue sin hablarte?

Asiento, pasando mi mano por mi cabello y dejándola un segundo en mi nuca.

—Quizás sea como dice su hermana. Yo suelo aislarme cuando pinto... Ya sabes...

—Bámvika no me había dejado de responder en tanto tiempo —levanto las manos, con las palmas viendo hacia él—. Yo sé, yo sé. Llevamos muy poco tiempo saliendo. Entiendo eso. Pero no se ha conectado en los últimos cuatro días. ¿No crees que es extraño?

Nico da algunos pasos hacia mí y toma su chaqueta marrón de la silla frente a mi escritorio.

—Yo lo que creo es que ya es hora de irnos —dice, viendo de reojo la pantalla del computador—. Vamos. Hoy te llevaré yo.

La bestia está allá afuera —explico, poniéndome de pie.

—Sí, pero no dejaré que conduzcas así. Te ves pálido, Marcus.

Arrugo la nariz y vuelvo la vista hacia el lado contrario a Nico. Quiero que lo que dicen sea real. Que mi Bamvi esté bien y que solo esté sumergida en su mundo de la pintura, pero de nuevo tengo esta sensación en el pecho y el estómago que no me dejan tranquilo.

—Vale. Vamos... —acepto, tomando mi chaqueta de cuero y caminando con Nico hacia el aparcamiento.

Salimos, con nuestros pasos haciendo eco en el suelo del vacío set, y cerramos la puerta negra con llave.

Cuando nos subimos a su coche azul, vuelvo a abrir el chat de mi novia.

—Por cierto, ¿te ha hablado Laura?

—¿Laura? No. ¿Por qué? —inquiero, frunciendo el ceño ante la pregunta repentina.

—Ha estado un poco desaparecida también. Desde el miércoles.

—Quizás se sienta mal por lo de la cita.

—Es probable.

La música de ópera italiana de Nico suena apenas. Esa música que últimamente me relajaba, pero que ahora no logra menguar mi ansiedad.

—¿Ya no hablaste con Francia?

—No. No más de lo que te comenté.

—¿Pero hablaste con ella no? Con Bamvi. El día del bar. Recuerdo que te llamó, o la llamaste.

—Sí. Fue cuando estaba con mi papá —digo, y mis dedos se deslizan para encontrar el contacto del mencionado en el móvil—. ¿Crees que sepa algo?

—No lo sé. Podría ser una buena pista.

Le marco a mi papá, pero la llamada llega al tercer timbrazo y no me responde.

—Quizás esté ocupado... —mascullo.

Pasamos algunos minutos en silencio hasta que Nico se aparca frente a nuestro edificio. Yo me salgo con pereza, pero noto que él no se mueve de su asiento.

—¿Todo bien?

—Tengo que terminar un proyecto, pero adelántate.

—¿Tío? Hablando de personas que se aíslan... —murmuro, dándome la vuelta para entrar al edificio.

—¡Ya verás que estará bien! —exclama antes de arrancar el coche de nuevo. Pero su voz, normalmente relajada, parece un poco débil al final de esa oración.

Subo las escaleras, sin quitar la vista de mis botines negros, y cuando levanto la vista para abrir, veo que la puerta blanca ya está medio abierta.

—¡¿Nos robaron?!

Entro de dos zancadas al apartamento pero me quedo petrificado al ver quién está aquí.

—¡Hola! Te tardaste un poco más de lo que creí —dice. Lleva puesto un mandil negro que combina perfectamente con el resto de su ropa. Coloca una bandeja sobre la encimera y sonríe—. Preparé lasaña, como te gusta.

—Yo... No me esperaba esto. Nico no me avisó.

—No le comenté a Nico... ¿No vendrá esta noche?

—No, aún no. Se quedará terminando algo en su taller.

—Ah... Vale. Él siempre tan... apartado.

Trago fuerte, notando que la mesa del comedor tiene velas encendidas y dos copas de vino.

—¿Y est—

—Yo —me interrumpe, siguiendo con la mirada mi dedo que apunta hacia la mesa—. Yo quería compensar lo de hace unos días. Debí estar ahí para ti. Perdóname Marcus.

Dejo que mis hombros se relajen y me acerco para saludarla.

—No debiste... No hacía falta. Yo entiendo que no puedas.

—Sí. Pero fui la única que no estuvo para ti.

—Has estado en momentos más difíciles, Lu —me acerco a ella para abrazarla y siento cómo sus manos se aferran a mi torso—. ¡No me esperaba esto! ¡Hostias! Incluso trajiste vino —exclamo tratando de cambiar de tema.

—Sé que te gusta el tinto, y hace poco me topé con este. Es francés.

—No parece de los que te topas en el súper... —digo acercándome ahora a la encimera. Tomo la botella y observo la etiqueta.

—¿Y... cómo estuvo todo en el set? —me pregunta, sirviendo la lasaña en unos pequeños platos cuadrados.

—Ajetreado. Ah. No te conté pero... despedí a Tavi.

—¿A Tavi? Pero si es el personaje principal...

—Yo sé. Pero no le gustaron los cambios del guion y estaba dándonos problemas —digo, tomando el pan de la encimera y llevándolo a la mesa.




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