Marcus
Me trueno los dedos uno a uno mientras veo hacia los vehículos atrancados en el tráfico de Madrid. Nico va conduciendo el auto en silencio y yo evito verlo.
—Marcus, tío, ¿estás seguro de esto? —Su voz rompe el silencio como una suave pero afilada cuchilla.
Me giro hacia él tras un suspiro.
—No veo otra alternativa, Nico.
Nico tamborilea el timón con sus dedos, antes de volver a comentar:
—Es un avión, Marcus. ¿Vas a estar bien?
Asiento, y bajo la mirada a mi móvil.
Bamvi aún no me ha escrito.
—Vi que hay vuelos para el lunes con más asientos disponibles. Yo podría ir contigo y—
—Gracias, bro, pero no. Debo hacer esto —observo su mirada seria—. Es Bamvi, Nico. Ya no puedo esperar.
Él no dice nada más.
Al estacionarnos en el aeropuerto, Nico vuelve su vista hacia mí de nuevo.
—Espero que todo esté bien.
Yo asiento. Luego de un silencio que me pesa en los hombros, abro la puerta del auto para salir. No llevo más equipaje que una mochila. En realidad no necesito mucho, aunque aún no tengo boleto de regreso.
Nico camina conmigo hacia la entrada del aeropuerto. Me giro hacia él cuando mis pies están a punto de cruzar la puerta de vidrio. Me despido con un asentir y él con una mano y los labios apretados, aparentando una sonrisa.
Ya dentro, me recuerdo de respirar profundo en las diferentes secciones del aeropuerto: Cuando me registro, cuando espero, cuando finalmente llaman a los pasajeros a la puerta A11.
Mis piernas tiemblan ligeramente cuando voy entrando al avión, mientras busco mi asiento, completamente alejado de la ventana.
Y el despegue del avión hace que casi vomite.
Por otro lado, el tic en mi pie tarda mucho tiempo en quitarse. Y al pasar de un par de horas, mi cuerpo comienza a relajarse en mi asiento.
Parece como si viera todo como una película. Como si no fuera yo quien estuviera aquí, sentado en este avión, con mis rodillas tocando el asiento frente a mí, con la mochila en mi regazo como ancla que no puedo soltar.
Solo quiero que mi Bamvi esté bien.
Por favor, solo eso.
Las siguientes horas pasan de manera inesperadamente rápida. Sigo sintiéndome fuera de mi cuerpo. Como si una nube rodeara y separara mi mente y mi cuerpo.
Al fin, luego de casi trece horas de vuelo, una voz femenina avisa en el alto parlante:
—¡Queridos pasajeros, hemos llegado a... Guatemala!
Las personas aplauden a mi alrededor, y yo siento mi pecho relajarse. Incluso una pequeña sonrisa escapa mis labios.
En cuanto me pongo de pie, siento el cuerpo pesado, por no haberse movido tanto tiempo, y mis rodillas hacen un pequeño crujido.
Pero eso no era todo. Aún debía pasar por el papeleo en el aeropuerto La Aurora. Ahí pasan al menos otro par de horas, hasta que logro acercarme finalmente a la puerta de salida para encontrarme con mi... papá.
Mis pies se detienen en seco y yo abro mucho los ojos, examinando alrededor.
¡Voy a ver a mi papá!
¡Ay, joder! Voy a ver a mi papá.
Mis piernas se sienten débiles de nuevo, cada paso más extraño y pesado que el anterior.
¿Y si me ve muy distinto a Mateo? ¿Y si no congeniamos?
Camino, aún con todos estos pensamientos en la mente, y el zumbido de la multitud a mi alrededor. Las personas, ajetreadas, parecen tan tranquilas a comparación de la agitación en mi pecho y por un momento quisiera estar en sus zapatos.
Cruzo la puerta de vidrio y quedo en la acera, rodeado de una baranda de metal.
Entonces lo veo.
Y él me ve. Una sonrisa emerge en su rostro.
Ambos caminamos, sin premura alguna, hacia el borde en el que acaba la baranda de metal y en el que inicia nuestro encuentro.
—Mateo —murmura cuando está frente a mí. Eleva su rostro para verme—. Mi Mateo.
Nos abrazamos con fuerza, y no puedo evitar que mi vista se vuelva borrosa a causa de las lágrimas.
Su rostro, quizás no lo había visto en persona antes pero, su rostro... me es tan familiar, me hace sentir en casa.
—Así que solo vienes con una mochila —comenta cuando ya vamos en su auto gris. Es un Toyota de esos de los 90s. Incluso se me ocurre se vería muy bien en una de mis escenas.
—Sí. Viajo con... equipaje ligero.
Nos quedamos en silencio una vez más, yo viendo hacia la calle, examinando las casas cuadradas, los edificios altos, las carreteras angostas, y el cielo tan... celeste y brillante.
—Podemos ir a la casa un momento —dice rompiendo el silencio—. Por cierto, le envié solicitud de amistad en Facebook, pero aún no la acepta. ¿Has logrado hablar con ella? Claro, no en el vuelo, pero ¿antes?
—Eh... No —murmuro y saco el móvil de mi bolsillo.
Lo enciendo y espero un momento, pero no tengo ningún tipo de señal, como era de esperarse.
Nos quedamos en silencio, al menos entre nosotros. En la radio de mi papá suena música de rock en español. Reconozco la agrupación, es Maná. Y por fuera, se escuchan los autos y el zumbido de las motocicletas que esquivan el tráfico.
—La casa... no ha cambiado tanto —murmura papá, dando vuelta en un boulevard—. Hubiera querido dejar tu habitación intacta —vuelve su vista hacia mí—. No me imaginé que la vida me iba a dar el regalo de volver a tener a mi niño.
Eso me hace sonreír un segundo, pero bajo la mirada, pues el dolor en mi pecho hace que me cueste respirar. Tomo un poco de aire y siento el coche detenerse. Al levantar la vista, noto una casa de paredes blancas y puerta negra. Tiene una maceta cuadrada de concreto en frente con rosas y otras flores de las que no sé el nombre. Todas ubicadas debajo de una gran ventana de barrotes negros y ornamentados. La casa no es muy grande, y es cuadrada.
—Llegamos —anuncia mi padre y, luego de verme un segundo, sale del coche.
Yo asiento y, con la mano un poco temblorosa, tomo la manija de la puerta. Salgo, abrazando mi mochila, y al pararme frente a la casa, siento un cosquilleo en el estómago y una sensación de dejavú que no me deja tranquilo.