Pintaré tus Sonrisas

18 - Ojos que no ven

18 - Ojos que no ven

Laura

Camino dando zancadas, con mis tacones haciendo eco en el pasillo y luego en las gradas. Cuando estoy frente a la puerta blanca, toco varias veces con los nudillos, hasta que comienzan a doler.

La puerta se abre finalmente y veo a un Nico con su cabello largo y despeinado, fregándose los ojos.

—¿Laura? ¿Qué caraj...

—¿En serio se fue? —pregunto, entrando al departamento.

Examino la sala. Las velas de anoche aún siguen en su lugar. Hay hojas por doquier y un poco de ropa arrugada en el sofá.
No espero a que Nicolás responda mi pregunta y camino hacia su habitación. Abro la puerta de golpe y me quedo sin aire.

Su habitación está vacía. Su cama tendida. Y un par de sus pertenencias yacen regadas sobre la cama.

—¿Por qué se lo permitiste? —inquiero, volviendo mi vista hacia Nico. Él se detiene a unos pasos míos, con las manos en los bolsillos.

—¿Qué te sucede, Laura?

—¡¿Por qué se lo permitiste?! —exclamo. Mi pecho arde y lágrimas amenazan con arruinar mi maquillaje.

—¿A qué te refieres con eso, Laura? ¿Debía acaso detenerlo?

—¡SÍ! ¡DEBÍAS PROTEGERLO! —Mi pecho sube y baja a gran velocidad, y mis manos se empuñan. Siento un sabor amargo en la boca y unas ganas de empujar a Nico para no verle más la cara.

—Laura... ¿No te has puesto a pensar que quizás no sea eso lo que él necesita?

—Hablas como si supieras lo que Marcus necesita. ¡No sabes un carajo, Nicolás! —exclamo, apoyando mis brazos en la cama de Marcus—. Solo te pedí una cosa. ¡UNA! Y no te importo.

Jadeo sin poder contenerme y siento un hormigueo en las manos.

—Laura. Ven. Vamos a la sala. Te prepararé un té y hablaremos de esto.

Ay sí. Un té y todo se resuelve.

Idiota.

—Déjame en paz.

—Laura, por favor. Hazme caso, tía. Esto te ayudará.

—Te dije que me dejes en paz.

—¿Qué te sucede? Sí. Admito que fue muy repentino que Marcus viajara, pero de eso a ponerte así. Tía, ¿Qué tienes?

—¿Siquiera sabes cuánto tiempo se quedará allá?

Giro hacia él. Tenso la mandíbula mientras que él sube y baja sus hombros.

—Ah... Es que fue algo repentino. No tiene boleto de vuelta.

—¿Qué, no tiene boleto de vuelta?

Nicolás baja la mirada y da dos pasos hacia mí.

—¿Qué haces?

—Vamos a respirar juntos, ¿vale?

—¡NO TE ATREVAS!

—Empezamos respirando profundo y retenemos el aire por cuatro segundos...

—¡Que no! —grito y mi alrededor se vuelve borroso.

—Hostias, Laura. No me hagas esto —murmura.

Pone sus manos en mis hombros para ayudar a estabilizarme, como cuando éramos críos.

—¿Sí? —escucho la voz de mi madre a lo lejos y mi corazón se hunde en mi pecho. Giro a mi lado derecho y me doy cuenta que viene del móvil de Nicolás.

—Joder —susurro—. Tío, no. Por favor.

Dejo de resistirme y sacudo mi cabeza de un lado al otro.

—Ya... ya. Por favor. Cuelga la llamada —susurro de nuevo.

—¿Estás ahí? ¿Nicolás? ¿Qué sucede, hijo?

—Tía. Hola. Es... —eleva la vista hacia mí y sus ojos miel se entrecierran. Yo vuelvo a negar—. Es que la llamé sin querer. Disculpe.

—Ah, vale. Me asustaste —alega—. Eh, mira. ¿De casualidad Laura está ahí contigo?

—Ah... sí —responde, ignorando mis intentos de que diga que no—. Vino a tomar un té.

—Vale. Dile que si va a salir, que se despida. Le encanta jugar con los nervios de su madre.

—Yo le digo, tía.

—Bien. Hablamos luego, hijo. Salúdame a mi Marquitos. Dile que recuerde que tiene madre. Vale, ahora es que tiene dos. Ja, ja.

Escucho que cuelga la llamada y Nico me examina.

—Vamos a tomar el té.

Yo asiento, cerrando los puños y bajando la mirada.

Nico se aleja lentamente hasta que suelta mis hombros.

—Perdón. No sé qué me sucedió. Yo...

—Vamos a la cocina. Creo que te hará bien conversar —me interrumpe.

Yo lo sigo, ralentizando mis pasos.

Sé lo que dirá: Que Marcus estará bien y que ya es un hombre.

¿Pero cómo le explico eso a mi mente? ¿Cómo se lo hago entender a mi corazón? Este sigue palpitando fuertemente, resonando en mis oídos.

Me acomodo en un banco de la encimera y observo a Nico preparar los tés con sumo cuidado.

Desliza una taza hacia mí. El olor suave de la manzanilla hace que baje los hombros. Vuelvo la vista hacia mi primo, quien también bebe un sorbo de su taza.

—Lo lamento, de nuevo —suelto, dejando la taza en la encimera—. Es que... no lo puedo evitar. Es Marcus de quien estamos hablando.

Mi Marcus.

—No puedes seguir protegiéndolo —recuesta sus codos sobre la encimera—. Marcus decidió tomar ese avión, Laura. Quizás es momento de que tú decidas tomar el tuyo.

—Hablas como si fuera tan sencillo. Tú no estuviste ahí, Nicolás. Tú no estuviste a punto de perder la vida. No puedes solo venir y actuar como si fuera fácil —levanto la taza pero me arrepiento de inmediato cuando noto que me tiemblan las manos.

—No estoy diciendo que sea fácil, Laura. No creas que yo no me preocupo por ustedes dos —se da la vuelta y deja su taza en el lavadero—. Pero sé que Marcus se habría arrepentido si a Bamvi le hubiera pasado algo y él no hubiera estado ahí.

Y vamos, de nuevo hablando de la pesada esa.

Nico continúa hablando, pero su voz suena como un murmullo en el fondo. Recuerdos de cuando conocí a Marcus inundan mi mente. De cómo sus ojos grises me hechizaron desde que los vi en persona en el aeropuerto. Y sí que fue muy distinto verlos ahí, frente a mí, en lugar de a través de una pantalla.

Todo Marcus emanaba una alegría contagiosa, que ni siquiera toda mi amargura adolescente pudo combatir.

—¿Vas de visita? —le pregunté, acarreando mi maleta rosa con cuidado, y pegándome a él en la línea del check-in.

Se giró hacia mí con el ceño fruncido, luego volvió su vista hacia atrás para cerciorarse que era con él con quien hablaba.




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