Había pocas cosas del Palacio Imperial que Patrizia pudiera considerar sinceramente agradables.
La comida era excelente.
Los jardines eran hermosos.
Sus habitaciones eran más espaciosas de lo que jamás había necesitado.
Y, por supuesto, existía una ventaja que superaba a casi todas las demás.
La Biblioteca Imperial.
Como reina, Patrizia podía entrar cuando quisiera.
Sin solicitar permisos.
Sin explicar qué libro buscaba.
Sin depender de las horas reservadas para invitados o candidatas.
Aquello, al menos, era un verdadero privilegio.
Y Patrizia pensaba aprovecharlo.
Su marido apenas tenía interés en ella.
Lucio no la visitaba salvo cuando necesitaba comunicarle algo relacionado con Rosemond, lo cual Patrizia consideraba una ironía bastante desagradable.
Por otro lado, aunque había comenzado a intervenir en la administración de la Casa Imperial, la duquesa Ephreney todavía gestionaba buena parte del trabajo cotidiano mientras Patrizia se familiarizaba con los documentos.
Eso significaba que, de vez en cuando, disponía de algunas horas libres.
Aquel día era una de ellas.
—Su Majestad, hace buen tiempo.
Comentó Mirya mientras abría ligeramente las cortinas.
Patrizia levantó la cabeza de un informe.
El cielo estaba despejado.
La luz del sol entraba generosamente por las ventanas.
—Tienes razón.
Cerró el documento.
Había leído suficiente sobre gastos de mantenimiento por una mañana.
—Creo que saldré un poco.
Mirya sonrió.
—¿A los jardines?
Patrizia se levantó.
—Algo así.
Mirya la miró con conocimiento.
—La biblioteca.
Patrizia se detuvo.
—¿Soy tan predecible?
—Un poco.
—Qué decepcionante.
Mirya rio.
Patrizia dejó los documentos organizados sobre la mesa.
—Diré que quiero aprovechar el buen clima.
—Mientras termina encerrada entre libros.
—Exactamente.
—Muy convincente, Su Majestad.
Patrizia tomó un pequeño chal.
—Si alguien pregunta, caminaba tranquilamente bajo el sol.
—Naturalmente.
—Y jamás pasé tres horas leyendo sobre un príncipe muerto hace doscientos años.
—Jamás.
Patrizia sonrió.
Era agradable poder hablar de aquella manera con Mirya.
Pequeños momentos de normalidad dentro de un lugar donde casi todo tenía significado político.
La biblioteca estaba prácticamente vacía cuando Patrizia llegó.
Nada extraño.
No era una sala frecuentada constantemente.
Muchos nobles preferían los salones sociales.
Los funcionarios importantes utilizaban archivos especializados.
Y los sirvientes no podían entrar sin autorización.
Patrizia atravesó las enormes puertas.
Silencio.
Perfecto.
Respiró profundamente.
Había algo especial en aquel olor.
Papel.
Cuero.
Madera envejecida.
Tinta.
Polvo.
El aroma de cientos de años conservados sobre estanterías.
Patrizia miró hacia el escritorio principal.
Vacío.
—¿No está?
La bibliotecaria normalmente permanecía allí.
Quizá había salido unos minutos.
No tenía importancia.
Patrizia continuó caminando.
Sus pasos resonaron suavemente sobre el suelo.
Mientras avanzaba entre las estanterías, dejó que los hombros se relajaran.
A veces pensaba que, si su vida hubiera sido distinta, podría haber terminado trabajando en un lugar semejante.
No como reina.
No como dama de una gran casa.
Solo...
Bibliotecaria.
La idea resultaba casi cómica.
Lady Patrizia Le Grochester, hija de un marqués, renunciando a la sociedad aristocrática para perseguir a jóvenes irresponsables que devolvían libros en la sección equivocada.
Sonrió.
—No habría sido tan malo.
Sin Emperador.
Sin concubina.
Sin amenazas sucesorias.
Sin tener que preguntarse diariamente quién podía convertirse en enemigo.
Solo libros.
El pensamiento le proporcionó una tranquilidad momentánea.
Hasta que llegó a la sección de historia.
Su expresión cambió.
Allí.
Exactamente allí.
Hacía unos tres meses...
Había conocido a Rosemond.
Patrizia recordó la escena con demasiada facilidad.
Libros cayendo.
Una mano ayudándola.
Cabello rosado.
Una sonrisa amable.
Algo así.
Patrizia frunció el ceño.
—Maldita sea.
Murmuró.
No quería pensar en esa mujer.
Mucho menos en aquel lugar.
La biblioteca era demasiado valiosa para dejar que Rosemond la contaminara en sus recuerdos.
Patrizia negó lentamente con la cabeza.
No.
No iba a empezar a abandonar lugares simplemente porque la concubina hubiera pasado por ellos.
Si hiciera eso...
Pronto tendría que abandonar todo el Palacio Imperial.
Porque Rosemond había vivido allí antes que ella.
Y Patrizia no estaba dispuesta a permitir que ninguna persona tuviera semejante control sobre su vida.
—Es solo una biblioteca.
Se dijo.
Se acercó a una estantería.
Buscó algunos títulos.
Historia de la administración durante el reinado de Alveron III.
No.
Conflictos de sucesión en la era de los siete príncipes.
Interesante.
Pero demasiado deprimente.
Las primeras rutas comerciales de Mavinous.
Quizá.
Finalmente vio un pequeño volumen en uno de los estantes superiores.
—Ese.
Se puso de puntillas.
Después recordó lo ocurrido la última vez.
Patrizia se detuvo.
Miró a ambos lados.
—No voy a volver a tirar media biblioteca.
Tomó el libro con mucho más cuidado.
Esta vez ningún volumen cayó.
—Victoria.
Se apoyó ligeramente contra la estantería.
El libro era delgado.
Tapa dura.
Sin adornos especiales.
Patrizia abrió la primera página.