No era un tema extraño.
Tampoco absurdo.
De hecho, si cuatro mujeres pertenecientes al círculo más cercano de la Reina estaban hablando sobre un torneo imperial de caza, mencionar la posible participación del Emperador debería haber sido perfectamente normal.
El problema era que, para aquellas cuatro personas, Lucio no era precisamente un tema normal.
—Probablemente Su Majestad Imperial también participe.
Las palabras de Raphaella quedaron suspendidas en el aire.
Nadie respondió.
El ambiente alegre que había llenado la habitación apenas unos segundos antes desapareció casi de inmediato.
Patrizia mantuvo la expresión serena.
Mirya bajó discretamente los ojos.
Petronilla...
Patrizia volvió ligeramente la cabeza hacia su hermana.
Nilla estaba inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Una mano descansaba sobre su falda.
Los dedos habían cerrado ligeramente la tela.
Solo un poco.
Un gesto tan pequeño que probablemente nadie más habría reparado en él.
Patrizia sí.
Su corazón se tensó.
Otra vez.
Desde aquel extraño incidente en el jardín, Patrizia había intentado convencerse de que estaba imaginando cosas.
Petronilla nunca había conocido realmente a Lucio en aquella vida.
Lo había visto.
Nada más.
Un encuentro a distancia.
Un instante.
No podía existir razón alguna para que su presencia provocara algo en ella.
Y, sin embargo...
La sola mención de su nombre parecía haber cambiado su expresión.
Raphaella se dio cuenta de que había cometido un error.
Su entusiasmo se evaporó.
—Ah...
Se aclaró la garganta.
—Mis disculpas.
Patrizia volvió hacia ella.
Raphaella se veía genuinamente avergonzada.
—Me equivoqué.
Patrizia soltó lentamente la respiración.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
Lucio era su marido.
El Emperador.
Ella era la Reina.
Y aun así, hasta una conversación casual sobre él parecía requerir precaución.
¿En qué clase de matrimonio no podía siquiera mencionar al esposo frente a sus propias amigas sin que el ambiente se volviera incómodo?
Patrizia sintió una amargura silenciosa.
Pero no permitió que permaneciera demasiado tiempo.
Forzó una pequeña sonrisa.
—¿Te equivocaste?
Raphaella levantó los ojos.
—No pasa nada.
Patrizia se reclinó ligeramente en su asiento.
—De todas formas, creo que es más probable que la señorita Phelps participe.
Si la intención había sido cambiar de tema...
Había elegido probablemente el peor tema posible.
Mirya levantó la cabeza.
Raphaella pestañeó.
Petronilla frunció ligeramente el ceño.
Patrizia se dio cuenta de ello demasiado tarde.
—Bueno.
Murmuró.
—Quizá tampoco fue mi mejor elección.
Raphaella soltó una pequeña risa incómoda.
Mirya decidió responder con normalidad.
—No creo que la señorita Phelps participe.
Patrizia miró hacia ella.
—¿No?
—No, Su Majestad.
Mirya pensó unos segundos.
—Puede montar a caballo.
—¿Bien?
—Lo suficiente.
—¿Y utilizar un arco?
Mirya negó con la cabeza.
—Que yo sepa, no.
Raphaella añadió:
—Tampoco he escuchado nunca que tuviera experiencia en caza.
Patrizia asintió lentamente.
Mirya llevaba mucho más tiempo dentro del Palacio Imperial que ella.
Si había rumores sobre alguna habilidad especial de Rosemond, probablemente los habría escuchado.
—Creí que quizá tendría algún talento oculto.
Dijo Patrizia.
Raphaella ladeó la cabeza.
—¿Le preocupa competir con ella?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Raphaella sonrió.
—Eso sonó sospechoso.
Patrizia la miró.
—No tengo intención de competir con Rosemond en absolutamente nada.
Y hablaba en serio.
No por Lucio.
No por belleza.
No por atención.
No por prestigio.
No pensaba convertir su vida en una carrera contra aquella mujer.
Ya había visto adónde conducía eso.
—Simple curiosidad.
Concluyó Patrizia.
Mirya asintió.
—Entonces no parece probable que participe.
Raphaella se recostó en el respaldo del sofá.
—Eso podría ser favorable.
Patrizia levantó una ceja.
—¿Para quién?
—Para usted.
—Explícate.
Raphaella se incorporó de nuevo.
Su expresión adquirió un matiz más serio.
—Si participa, Su Majestad, puede ser una buena oportunidad.
—¿Para ganar cien millones?
—No exactamente.
Patrizia casi sonrió.
—Qué decepción.
Raphaella continuó:
—Para reforzar su posición.
Aquello consiguió que Patrizia dejara de bromear.
Mirya también prestó mayor atención.
—Su autoridad como Reina todavía es...
Raphaella buscó cuidadosamente las palabras.
—Nueva.
Patrizia entendió inmediatamente.
Nueva era una manera amable de decir debilitada.
Apenas llevaba unos meses ocupando la posición.
No había crecido dentro de la Familia Imperial.
No tenía todavía una red de poder consolidada.
Y, peor aún, la existencia de Rosemond complicaba cada aspecto de su autoridad.
Todos sabían quién poseía el afecto de Lucio.
Todos sabían qué mujer ocupaba su corazón.
Los nobles podían respetar el título de Patrizia.
Pero el favor imperial era una moneda demasiado poderosa.
Y Rosemond poseía una cantidad peligrosa.
Raphaella continuó:
—La nobleza valora esta clase de eventos.
—Porque los nobles disfrutan viéndose galopar unos a otros detrás de animales.
Dijo Patrizia.
Raphaella la miró.
—No destruya el romanticismo de la caza, Su Majestad.
—Continúa.
—Una Reina que participe demostrará confianza.
Raphaella empezó a contar con los dedos.