De Dama A Reina

Capítulo 70 - Me Arrepiento De Haber Regresado

—Es Su Majestad el Emperador.

Petronilla fue la primera en romper el silencio.

A cierta distancia, entre los senderos del jardín, Lucio permanecía de pie junto a un pequeño grupo de árboles.

La luz de la tarde iluminaba parcialmente su figura.

No parecía acompañado.

Su mirada estaba dirigida hacia ellas.

O, más exactamente, hacia Patrizia.

La Emperatriz lo observó durante un instante.

Después apartó los ojos.

—No es necesario saludarlo.

Su voz fue indiferente.

—Está demasiado lejos.

Petronilla vaciló.

Conocía las circunstancias que habían llevado a su hermana a distanciarse del Emperador.

Y, si hubiera podido elegir, habría preferido no dirigirle la palabra.

Sin embargo, también conocía las exigencias de la etiqueta imperial.

Un gesto que pareciera irrespetuoso podía convertirse fácilmente en un motivo de crítica.

Y las consecuencias terminarían recayendo sobre Patrizia.

Por eso, aunque no deseaba hacerlo, inclinó ligeramente la cabeza en dirección al Emperador.

Fue una reverencia discreta.

Lo suficientemente formal para cumplir con el protocolo.

Patrizia la observó de reojo.

Su expresión reveló un breve disgusto.

No le agradaba que Petronilla tuviera que mostrar deferencia a un hombre que tanto daño le había causado.

Pero comprendía las razones de su hermana.

Y no intentó detenerla.

Simplemente volvió a mirar a Lucio.

Sus ojos se endurecieron.

El Emperador continuaba observándola.

Había algo difícil de interpretar en su expresión.

No parecía enfadado.

Tampoco indiferente.

Su mirada contenía una mezcla de tristeza, preocupación y una emoción que Petronilla no consiguió identificar.

Aquello la incomodó.

¿Por qué la mira así?

Patrizia no hizo ningún gesto para acercarse.

Después de unos segundos, se volvió y continuó caminando.

Petronilla se apresuró a seguirla.

Durante un rato, ambas permanecieron en silencio.

Finalmente, la joven no pudo contener su pregunta.

—Rizi.
—¿Sí?
—¿Por qué te mira de esa manera?

Patrizia levantó ligeramente la cabeza.

—¿Quién?

Petronilla frunció el ceño.

—El Emperador.

La Emperatriz guardó silencio.

Su hermana continuó:

—¿No fue él quien provocó todo esto?

Había indignación en su voz.

—Entonces, ¿Con qué derecho te mira como si fuera él quien ha sufrido una injusticia?

Patrizia dejó escapar una pequeña risa.

—Tienes razón.

Su tono fue frío.

—Es vergonzoso.

Hizo una pausa.

—Y bastante insolente.

Después continuó caminando, como si acabara de comentar algo completamente trivial.

Petronilla la observó.

El corazón le dolió.

No porque creyera que Patrizia debía perdonar a Lucio.

Ni porque pensara que el Emperador merecía su compasión.

Sino porque reconocía cuánto había cambiado su hermana.

Antes, incluso cuando intentaba ocultarlo, las acciones de Lucio podían perturbarla.

Su indiferencia la hería.

Sus gestos de consideración la confundían.

Sus palabras despertaban una mezcla de resentimiento y sentimientos que ella misma no deseaba reconocer.

Ahora parecía haber desaparecido todo aquello.

Patrizia no mostraba interés en comprenderlo.

Tampoco parecía necesitar una explicación.

Había decidido que no tenía ninguna obligación de seguir sintiendo algo por él.

Y, después de tantas heridas, aquella conclusión le proporcionaba una serenidad que antes no había conocido.

Quizá sea mejor así.

Petronilla bajó la mirada.

Pero no consiguió convencerse por completo.

Había algo lamentable en que su hermana hubiera tenido que sufrir tanto para alcanzar semejante indiferencia.

Aun así, no le correspondía intervenir.

Los sentimientos de Patrizia le pertenecían únicamente a ella.

Petronilla no tenía derecho a pedirle que perdonara.

Ni que volviera a confiar.

Por eso guardó silencio y continuó caminando a su lado.

Sin embargo, la tranquilidad que Patrizia había conseguido no duró demasiado.

La vida de una Emperatriz no permitía largos periodos de descanso.

Siempre había documentos que revisar.

Ceremonias que supervisar.

Invitados que recibir.

Y celebraciones cuya organización correspondía directamente a la señora del Palacio Imperial.

Aquella mañana, Mirya apareció con una nueva lista de responsabilidades.

Patrizia escuchó el informe mientras revisaba algunos documentos.

Pero cuando oyó mencionar el siguiente acontecimiento, levantó lentamente la cabeza.

—¿Una fiesta de cumpleaños?

Mirya inclinó la cabeza.

—Sí, Su Majestad.

La Emperatriz frunció el ceño.

—Ah...

Había olvidado por completo aquella fecha.

El cumpleaños de Lucio se acercaba.

Y, como esposa legítima del Emperador, le correspondía organizar la celebración oficial.

Patrizia dejó la pluma sobre la mesa.

Durante unos segundos, contempló los documentos sin decir nada.

Qué molestia.

Si hubiera podido elegir libremente, habría entregado aquella responsabilidad a Rosemond.

La nueva marquesa Ethylaire parecía tan interesada en ocupar una posición superior dentro del palacio que seguramente habría disfrutado organizando una celebración para Lucio.

Pero eso era imposible.

El cumpleaños del Emperador no era un acontecimiento privado.

Era una ceremonia imperial.

Y la responsabilidad recaía sobre la Emperatriz.

Patrizia dejó escapar un suspiro.

Mirya bajó ligeramente la cabeza.

—Lamento tener que molestarla con este asunto, Su Majestad.

La Emperatriz levantó los ojos.

—No tienes por qué disculparte.

Su voz fue tranquila.

—No es culpa tuya.

Mirya permaneció callada.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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