De Dama A Reina

Capítulo 126 - Me Gustaría Llevarme Este Niño Conmigo

Capítulo 126 - Me Gustaría Llevarme Este Niño Conmigo

Cuando Janet escuchó que el Emperador había decidido tomar oficialmente a una reina, no mostró ninguna reacción especial.

Después de todo, era algo que sabía que ocurriría tarde o temprano.

Era inevitable.

El Emperador no podía convertir a una sirvienta de origen humilde como ella en emperatriz.

Las leyes del Imperio no lo permitían.

Y, aunque Janet había recibido el afecto del soberano, nunca había sido tan ingenua como para creer que sus sentimientos bastarían para cambiar las normas que regían a la Familia Imperial.

Por supuesto, eso no significaba que no sintiera celos.

La idea de que otra mujer se convirtiera en la esposa legítima del hombre al que amaba le producía una tristeza difícil de explicar.

Pero no había nada que pudiera hacer.

Desde el principio sabía que esto sucedería.

Janet bajó ligeramente la mirada.

Además, ya he recibido mucho más de lo que jamás habría podido imaginar.

Había pasado de ser una sirvienta común en un palacio secundario a vivir junto al Emperador en el Palacio Imperial.

Él la trataba con cariño.

Se preocupaba por ella.

Y, hasta aquel momento, no había dado señales de querer apartarla de su lado.

Janet sabía que no debía dar por sentado semejante privilegio.

El Emperador, por su parte, parecía mucho más preocupado que ella.

En varias ocasiones intentó explicarle la situación.

Le aseguró que el matrimonio era una obligación política y que su decisión no significaba que sus sentimientos hubieran cambiado.

Janet lo escuchó tranquilamente.

Y, cuando él terminó, respondió con una sonrisa.

—Lo entiendo, Su Majestad.

Aquellas palabras parecieron aliviarlo.

Sin embargo, la presión de la nobleza continuaba aumentando.

Los grandes señores del Imperio exigían que el soberano tomara una esposa legítima.

Y el Emperador ya no podía seguir ignorándolos.

Finalmente, la decisión se hizo oficial.

La nueva reina se llamaba Alisa.

Era la hermana menor del duque Oswin, el hombre que, después del Emperador, poseía la mayor autoridad política del Imperio.

Su familia era poderosa.

Su posición, intachable.

Y su matrimonio con el soberano satisfacía las exigencias de la aristocracia.

Janet recibió la noticia sin protestar.

Así es como deben ser las cosas.

Eso fue lo que se dijo.

Aunque, en lo más profundo de su corazón, una pequeña parte de ella deseaba que el mundo hubiera sido diferente.

Un día, Janet se encontró por casualidad con la nueva reina.

No había esperado que ocurriera.

Y mucho menos que Alisa se detuviera para hablarle.

—Tú eres Janet, ¿Verdad?

La voz de la Reina la tomó por sorpresa.

Janet levantó la mirada.

Después se apresuró a inclinar la cabeza.

—Así es, Su Majestad la Reina.

Alisa la contempló durante unos instantes.

Su expresión era serena.

—No necesitas mostrarte tan rígida conmigo, Janet.

Sonrió ligeramente.

—He oído que eres la sirvienta favorita de Su Majestad.

Janet sintió que una gota de sudor le recorría la frente.

...¿Qué?

No sabía cómo interpretar aquellas palabras.

¿Eran una simple observación?

¿Una advertencia?

¿O una manera educada de recordarle su posición?

Mantuvo la cabeza inclinada.

Sin embargo, cuando escuchó la voz amable de Alisa, reunió el valor suficiente para levantarla.

La Reina continuaba sonriendo.

Janet la contempló con desconcierto.

Después recordó dónde se encontraba y volvió a bajar la mirada.

—¿Cómo podría atreverme a comportarme con familiaridad frente a Su Majestad?

Su voz fue respetuosa.

—Conozco perfectamente mi lugar.

Alisa permaneció en silencio.

Janet continuó:

—Jamás haré nada que pueda amenazar su posición, Su Majestad.

Aquella era la verdad.

No deseaba disputarle el título de reina.

Ni interferir en sus responsabilidades.

Ni provocar un conflicto que pudiera poner en peligro la vida que había conseguido construir.

Alisa la observó con una expresión difícil de interpretar.

—No me refería exactamente a eso...

Hizo una pequeña pausa.

Después sonrió.

—Aunque me alegra saber que Su Majestad favorece a una mujer tan sensata.

Janet no respondió.

La Reina continuó con voz cálida:

—En cualquier caso, por ahora somos las únicas dos mujeres que atienden personalmente a Su Majestad en el Palacio Interior.

Su sonrisa se amplió.

—Espero que podamos llevarnos bien.

Después de pronunciar aquellas palabras, Alisa se despidió y continuó su camino.

Janet permaneció inmóvil hasta que la Reina se alejó.

Solo entonces se permitió respirar con tranquilidad.

Pensé que iba a abofetearme.

La idea no era completamente absurda.

Después de todo, Janet había llegado al Palacio Imperial antes que la esposa legítima del soberano.

Y no como una simple sirvienta.

Había recibido el afecto del Emperador incluso antes de que Alisa fuera elegida como reina.

Si Janet hubiera estado en el lugar de aquella mujer, probablemente también se habría sentido ofendida.

Pero parece que no es una mala persona.

Recordó la sonrisa de Alisa.

Su voz amable.

La manera en que había intentado hablarle sin mostrar abiertamente su superioridad.

Janet sintió que una parte de sus preocupaciones desaparecía.

Quizá podamos convivir en paz.

Con aquel pensamiento, retomó sus obligaciones.

Cuando el Emperador llevó a Janet al Palacio Imperial por primera vez, le hizo dos promesas.

La primera fue que, aunque no pudiera convertirla en reina, le ofrecería una vida mucho mejor que la que había tenido como sirvienta.

La segunda fue que jamás la traicionaría.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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