De Dama A Reina

Capítulo 42 - Esencia Inalterada

—Lo que es cierto, Majestad, es que ya hemos cruzado un puente y no podemos volver atrás.

Patrizia permaneció en silencio.

—...

No podía negar aquellas palabras.

Quizá el duque Ephreney elegiría a Rosemond.

Quizá Witherford la había elegido a ella.

Vasi, mientras tanto, permanecía en ese incómodo terreno neutral desde el que parecía observarlo todo antes de decidir cuánto estaba dispuesto a comprometerse.

Era política.

Patrizia empezaba a comprender que no siempre necesitaba existir una ofensa personal, una traición dramática o una deuda de sangre para que alguien eligiera un bando.

A veces bastaba con los intereses.

Con las expectativas.

Con aquello que una persona creía que podía ganar o perder.

Si Ephreney consideraba que Rosemond le resultaba más conveniente, se acercaría a Rosemond.

Si Witherford consideraba que Patrizia representaba una alternativa más beneficiosa, la apoyaría a ella.

No necesitaba gustarle.

Ni admirarla.

Ni creer en ella.

Patrizia tampoco necesitaba confiar en él.

La palabra confianza parecía demasiado íntima para algo tan frío.

Lo importante era mucho más sencillo.

En aquel momento, sus intereses coincidían.

Y eso bastaba.

El duque Witherford levantó su taza.

El té debía de estar completamente frío para entonces.

Habían hablado durante demasiado tiempo, pero el hombre lo bebió de todas formas, sin hacer una sola mueca.

Patrizia lo observó vaciarla.

—Creo que ya tiene un plan.

Witherford dejó la taza cuidadosamente sobre el platillo.

—Algunas ideas.
—No parece un hombre que venga ante la Reina Regente a proponer fabricar pruebas con simples «ideas».

El duque sonrió.

—Me halaga.
—No pretendía hacerlo.
—Entonces me halaga accidentalmente.

Patrizia le dirigió una mirada seca.

Witherford amplió un poco la sonrisa.

—No necesita preocuparse por los detalles, Su Majestad.
—Eso no me tranquiliza.
—No era mi intención excluirla.
—Acaba de decirme que no me preocupe por los detalles.
—Porque ya tiene demasiado trabajo.

Witherford señaló discretamente los documentos que Mirya había llevado con ella.

—Asuntos de Estado. El Palacio Interior. La recuperación del Emperador. El Día de la Fundación.

Hizo una pausa.

—Y una investigación por intento de regicidio.
—Cuando lo enumera de esa manera, parece desagradable.
—Lo es.
—Lo sé.

El duque inclinó ligeramente la cabeza.

—Es deber de un vasallo ayudar a llevar la carga de su soberano.

Patrizia arqueó una ceja.

—¿Vasallo?
—Mientras Su Majestad ejerza la Regencia.
—Una elección interesante de palabras.
—Una elección correcta.

Witherford entrelazó las manos.

Su expresión conservaba aquella extraña combinación de cortesía y cálculo que Patrizia empezaba a reconocer.

—Sin evidencia clara, será imposible destruir completamente a la señorita Phelps.

Patrizia no respondió.

—Podemos mantenerla detenida durante la investigación.

Continuó él.

—Podemos interrogar a quienes la rodean. Revisar sus cuentas. Sus cartas. Sus criados.
—Ya lo hacemos.
—Exactamente.
—Y no tenemos nada.
—Todavía.

Patrizia lo miró.

Witherford corrigió:

—Nada suficiente.

Eso era más preciso.

Patrizia tenía una confesión.

Una confesión que nadie podía verificar.

Tenía el comportamiento de Rosemond.

Tenía antecedentes de sabotaje.

Tenía el hecho de que Lucio había sospechado de ella antes incluso de conocer la confesión.

Pero ninguna de aquellas cosas formaba una cadena probatoria capaz de sostener una sentencia de muerte sin que pareciera que la Reina estaba eliminando a la amante de su esposo.

—Si esto terminara hoy...

Witherford hizo una pausa.

—Lo máximo que podríamos intentar justificar con cierta seguridad sería despojarla de su título.

Patrizia frunció el ceño.

—Incluso eso sería complicado.
—Sí.
—El Emperador acaba de despertar.
—Lo sé.
—Y todos conocen su relación con ella.
—Precisamente.

Patrizia recordó la conversación de hacía poco.

Solo perdónale la vida.

Lucio no impediría la investigación.

No negaría un castigo si se demostraba la culpabilidad.

Pero había trazado un límite.

La muerte.

Patrizia todavía no entendía por qué.

—Rosemond es más astuta de lo que parece.

Dijo.

Witherford asintió.

—Mucho.
—No dejará que encontremos algo fácilmente.
—Si existe algo que encontrar.

Patrizia lo miró.

—Existe.

La certeza de su voz hizo que el duque guardara silencio.

Patrizia continuó:

—No puedo demostrarlo todavía.
—Entiendo.
—Pero sé lo que escuché.
—Nunca lo he puesto en duda.
—Otros sí.
—Porque otros no estaban allí.

Patrizia bajó la mirada.

Aquello era precisamente el problema.

Witherford habló:

—Existe también la posibilidad de que la señorita Phelps esté recibiendo ayuda.

Patrizia volvió hacia él.

—¿Ephreney?
—Es una posibilidad.
—No una certeza.
—No.
—Entonces no quiero escucharla como si fuera una certeza.

El duque sonrió.

—Su Majestad es rigurosa.
—Estoy intentando serlo.
—Eso será útil.

Patrizia no estaba segura de si aquello era un cumplido.

—¿Por qué?

Witherford apoyó un dedo sobre la mesa.

—Porque lo importante ahora no es encontrar algo que parezca una prueba.

La sonrisa volvió lentamente a su rostro.

—Lo importante es crear una situación en la que la prueba resulte imposible de cuestionar.

Patrizia entrecerró los ojos.

—Eso sigue sonando peligrosamente parecido a fabricar evidencia.
—Porque lo es.
—Al menos es sincero.
—Intento serlo.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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