De Dama A Reina

Capítulo 32 -¿Por Qué Recibiste La Flecha Dirigida a Mí?

—Haa...

Patrizia levantó la cabeza de inmediato.

Durante un segundo permaneció completamente inmóvil.

Había escuchado algo.

Estaba segura.

Se volvió hacia Lucio.

Él seguía con los ojos cerrados.

Pero ya no parecía descansar tranquilamente.

Su rostro estaba tenso.

Las cejas contraídas.

Una fina capa de sudor frío cubría su frente.

—Su Majestad...

Patrizia se acercó.

Lucio movió ligeramente la cabeza.

—No...

Su voz apenas fue un murmullo.

Patrizia frunció el ceño.

Aquello no parecía un despertar.

Era otra cosa.

—Su Majestad.

No hubo respuesta.

—Lucio.

Él volvió a moverse.

—No...

Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la paja.

Patrizia sintió una punzada de alarma.

—¿Qué le pasa?

Tocó su frente.

Su temperatura ya no era tan alta como antes.

La fiebre había bajado.

La respiración también era más estable.

Y aun así, parecía estar sufriendo.

Patrizia no entendía qué ocurría.

Entonces recordó algo.

Las pesadillas.

Su madre había tenido que despertarla muchas veces cuando era niña.

También a Petronilla.

Nilla solía llorar dormida después de escuchar historias demasiado aterradoras, aunque luego negara haber tenido miedo.

Su madre nunca la sacudía bruscamente.

Se sentaba junto a la cama.

La tocaba.

Le hablaba.

La hacía sentir segura antes de despertarla por completo.

Patrizia observó a Lucio.

—No tengo idea de si esto funcionará contigo.

No obtuvo respuesta.

Naturalmente.

Se mordió el labio.

La humedad seguía acumulándose en la frente de Lucio.

Patrizia miró alrededor.

No tenía ningún pañuelo.

El de Lucio había quedado atrás mucho antes.

Así que tomó una parte de la tela que todavía llevaba y la rasgó.

¡Ras!

Improvisó un pequeño paño.

—Esto es cada vez más indigno para una Reina.

Murmuró.

Se inclinó y limpió cuidadosamente el sudor de Lucio.

Él volvió a estremecerse.

—Haa... no...

Patrizia detuvo la mano.

Aquella palabra...

No.

No parecía el sonido de alguien que simplemente estuviera incómodo.

Parecía miedo.

Verdadero miedo.

Patrizia lo observó con mayor atención.

Lucio.

El Emperador.

El hombre que permanecía frío frente a ministros, nobles y enemigos.

El hombre que parecía capaz de mirar casi cualquier situación sin alterar el rostro.

Ahora estaba pálido.

Tenso.

Atrapado en algo que Patrizia no podía ver.

—¿Qué está soñando?

Preguntó en voz baja.

Lucio no respondió.

Su respiración volvió a acelerarse.

Patrizia tomó una decisión.

Se sentó mejor sobre la paja.

Después pasó una mano detrás de su cabeza.

—Vamos.

Lo movió con cuidado.

Lucio era pesado.

Muchísimo.

Pero finalmente consiguió colocar su cabeza sobre su regazo.

Patrizia se quedó mirando la situación.

—Increíble.

Nunca había imaginado que terminaría haciendo algo así.

Ni siquiera en sus escenarios más absurdos.

Pero después de saltar de un acantilado con él, absorber veneno de su herida, alimentarlo boca a boca y pasar medio desnuda horas dentro de una cueva...

Aquello ya ni siquiera figuraba entre las cinco cosas más extrañas del día.

Patrizia colocó una mano sobre su cabello.

Negro.

Sorprendentemente suave.

Sus dedos dudaron.

Después comenzaron a moverse.

Despacio.

Tal como su madre solía hacer.

—Shh.

Lucio volvió a tensarse.

—Está bien.

Patrizia acarició su cabello.

—No pasa nada.

Las palabras le parecieron ridículas.

Claramente estaba pasando algo.

Pero ese no era el punto.

—Respire despacio.

Lucio murmuró algo incomprensible.

—Eso es.

Patrizia bajó la voz.

—Inhale.

Su mano continuó moviéndose.

—Exhale.

Lucio frunció todavía más el ceño.

—No...

Patrizia sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.

—Su Majestad.

Lo llamó con mayor firmeza.

—Despierte.

Nada.

—Está a salvo.

¿A salvo?

Patrizia casi quiso reírse.

En una cueva.

Después de un intento de asesinato.

Con asesinos posiblemente buscándolos.

Definitivamente no estaban a salvo.

Pero Lucio no necesitaba saber eso mientras soñaba.

—Shh.

Continuó.

—Está bien.

Su voz se volvió casi automática.

—No hay nadie aquí.

Una pausa.

—Solo yo.

Lucio hizo un sonido ahogado.

—Ah... no... por favor...

La mano de Patrizia se detuvo.

Por favor.

Esa palabra fue todavía peor.

Nunca había escuchado a Lucio suplicar nada.

Ni siquiera enfermo.

Ni siquiera aquella noche junto al lago.

Patrizia lo miró.

Su curiosidad creció.

No una curiosidad frívola.

Algo más cercano a desconcierto.

¿Qué podía perseguir a un hombre como él hasta dentro de sus sueños?

Patrizia había pasado meses pensando únicamente en el Lucio que conocía.

El Emperador.

El esposo de Petronilla en la vida anterior.

El hombre que había amado a Rosemond.

El hombre que había fallado en proteger a su familia.

Nunca se había preguntado demasiado qué había existido antes de todo eso.

No quería hacerlo.

Comprender podía complicar sentimientos que ya eran suficientemente difíciles.

Pero aquella escena no era fácil de ignorar.

Lucio volvió a estremecerse.

Patrizia acarició su mejilla.

—Su Majestad.

Su piel estaba fría.

—Despierte.

De repente...

—¡Ah...!

Lucio abrió los ojos.

Patrizia dio un pequeño salto.

—¡Su Majestad!

Él respiró con fuerza.

Sus pupilas parecían incapaces de enfocar.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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