De Dama A Reina

Capítulo 14 - Una Lista De Invitados Sospechosa

Patrizia no respondió inmediatamente.

La pregunta de Lucio la había tomado completamente desprevenida.

—¿Cómo va el trabajo en la Casa Imperial?

De todas las cosas que había esperado escuchar de su esposo, aquella no estaba entre ellas.

Rosemond.

Una nueva exigencia.

Alguna advertencia.

Una crítica relacionada con la fiesta de té.

Incluso otra amenaza habría resultado más predecible.

Pero trabajo.

Patrizia levantó ligeramente la mirada.

Lucio permanecía sentado frente a ella con la misma expresión severa de siempre.

No parecía especialmente preocupado.

Tampoco amable.

Solo...

Interesado.

Aunque fuera mínimamente.

Patrizia no sabía qué hacer con eso.

—...

Durante unos segundos dudó.

¿Era una simple pregunta formal?

¿Estaba comprobando si podía confiarle la recepción de la delegación de Christa?

¿O realmente quería saber cómo se estaba adaptando?

No importaba demasiado.

Patrizia decidió responder con sinceridad.

—Mentiría si dijera que es sencillo.

Lucio esperó.

—Hay mucho más trabajo de lo que imaginaba.

Patrizia pensó en los presupuestos.

Los registros.

Las autorizaciones.

Las interminables firmas.

La duquesa Ephreney apareciendo con nuevas montañas de documentos cada vez que Patrizia empezaba a creer que estaba alcanzando el final.

—Pero va bien.

Concluyó.

Lucio asintió.

—Me alegra escucharlo.

Su voz seguía siendo dura.

Nada cálida.

Pero Patrizia no se ofendió.

Había comenzado a comprender que aquella era simplemente la forma en que Lucio hablaba la mayor parte del tiempo.

Y, extrañamente, tampoco lo odiaba.

Todavía.

Patrizia conocía demasiado bien el final de su vida anterior para sentir afecto por él.

Pero tampoco quería consumir su segunda oportunidad odiando constantemente a un hombre con quien estaba obligada a convivir.

Sería agotador.

Y peligroso.

Si llegara al punto en que cada palabra de Lucio despertara rabia...

No podría juzgar ninguna situación con claridad.

Así que prefería mantener las cosas donde estaban.

Distancia.

Desconfianza.

Formalidad.

Nada más.

El silencio cayó sobre la habitación.

Patrizia miró a Lucio.

Lucio miró hacia ninguna parte en particular.

Ninguno parecía saber qué decir después.

Qué matrimonio tan extraordinario.

Patrizia casi sintió ganas de reír.

Dos personas unidas ante todo el imperio y completamente incapaces de mantener una conversación normal durante más de unos minutos.

Pero era lógico.

Lucio ya amaba a alguien.

Patrizia no tenía ninguna intención de amarlo.

Lo único que realmente compartían era un apellido imperial.

Una posición.

Responsabilidades.

Eso sería suficiente.

Patrizia decidió terminar la conversación antes de que el silencio se volviera todavía más incómodo.

—No permitiré que nada empañe el honor de la Familia Imperial.

Lucio volvió la mirada hacia ella.

—Ni el suyo, Su Majestad.

Patrizia habló con calma.

—Puede confiar en eso.

Él permaneció callado.

—La recepción de Christa será preparada correctamente.

Añadió.

—Y también continuaré ocupándome de mis deberes en la Casa Imperial.

Lucio sostuvo su mirada durante un instante.

—Muy bien.

Se levantó.

Patrizia no preguntó si se marchaba.

Era evidente.

Lucio se giró.

No hubo despedida particularmente cordial.

No era necesaria.

Caminó hacia la puerta.

Patrizia tampoco se volvió para observarlo.

Esperó.

La puerta se abrió.

Después se cerró.

Y apenas escuchó el sonido...

Patrizia volvió a bajar la mirada hacia los documentos.

—Bien.

Tomó nuevamente la pluma.

Aquello había sido sorprendentemente tolerable.

Prefería cien conversaciones sobre política comercial a una sola conversación sobre Rosemond.

***

—¿Las esposas de los representantes también vienen?

Rosemond levantó lentamente la cabeza.

Glara se encontraba frente a ella con una expresión ligeramente emocionada.

—Sí, mi señora.
—¿Desde cuándo?
—La decisión se tomó esta mañana.

Rosemond dejó de jugar con el mechón de cabello que tenía entre los dedos.

—Interesante.

La información era nueva.

Y potencialmente útil.

—Originalmente solo venían los representantes.

Continuó Glara.

—Eso había escuchado.
—Pero solicitaron permiso para viajar acompañados de sus esposas.
—Y Su Majestad aceptó.

No era una pregunta.

Glara asintió.

—Naturalmente.

Rosemond sonrió.

Lucio no rechazaría algo tan pequeño si eso ayudaba a mantener relaciones agradables con Christa.

—¿Quién se encargará de ellas?

Glara dudó.

Rosemond ya sabía la respuesta antes de escucharla.

—La Reina.

Claro.

La Reina.

Siempre la Reina cuando se trataba de funciones oficiales.

Patrizia tendría que recibirlas.

Organizar sus actividades.

Preparar el banquete.

Representar al Imperio junto a las esposas de los diplomáticos.

Rosemond sintió una pequeña molestia.

Ahí estaba la clase de ventaja que todavía no podía quitarle.

El título.

La legitimidad.

Las funciones.

Pero esas ventajas también podían convertirse en oportunidades para cometer errores.

—Christa...

Murmuró.

Se levantó.

Caminó hacia la ventana.

—¿No tienen algunas costumbres religiosas particulares?

Glara pareció pensar.

—Sí.
—¿Cuáles?
—Bueno...

La dama dudó.

Después recordó.

—No comen cerdo.

Rosemond se volvió.

—¿Cerdo?
—Sí.

Glara pareció animarse conforme hablaba.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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