De Dama A Reina

Capítulo 104 - ¿Vas A Abandonarme?

Capítulo 104 - ¿Vas A Abandonarme?

—Oh, no...

La expresión de Lucio se ensombreció.

Durante unos instantes, contempló a Patrizia con una tristeza que no intentó disimular.

—¿De verdad soy tan malo expresando mis sentimientos?

Patrizia guardó silencio.

No era que Lucio no hubiera sabido expresarse.

Le había confesado su amor más de una vez.

Había pronunciado aquellas palabras con una sinceridad que parecía absoluta.

Había comenzado a demostrarle su afecto mediante pequeños gestos, sin exigir nada a cambio.

El problema era otro.

No sé si puedo creerle.

Había demasiadas heridas entre ellos.

Demasiadas promesas rotas.

Y Patrizia conocía demasiado bien el peligro de confiar en alguien que ya la había lastimado.

Lucio bajó ligeramente la mirada.

Después volvió a hablar.

—Te amo.

Su voz fue suave, pero firme.

Patrizia permaneció inmóvil.

—Te amo con todo mi corazón.

El Emperador respiró profundamente.

—Sé que todavía no me crees.

Una sombra de dolor cruzó su rostro.

—Y entiendo por qué.

Patrizia apartó los ojos.

Lucio continuó:

—Pero esperaré.

Su voz adquirió una determinación tranquila.

—Puedo esperar todo el tiempo que necesites.

Hizo una pausa.

—Solo te pido una cosa.

La Reina volvió a mirarlo.

Lucio la contempló con una vulnerabilidad que no habría mostrado ante ninguna otra persona.

—Por favor, no me abandones.

Sus dedos se cerraron ligeramente sobre las sábanas.

—Si te quedas, haré cuanto esté a mi alcance para hacerte feliz.

Patrizia sintió una punzada de frustración.

Otra vez.

Había intentado explicarle que su deseo de abandonar el palacio no era un castigo contra él.

Quería descansar.

Quería recuperar una vida que durante demasiado tiempo había pertenecido a las obligaciones de la Corona.

Y, además, sabía que marcharse no era tan sencillo como expresar aquel deseo.

Seguía siendo la Reina.

No podía desaparecer del palacio por decisión propia.

Lucio, sin embargo, parecía incapaz de pensar en otra cosa.

Se comporta como un niño.

Patrizia dejó escapar una sonrisa amarga.

¿Y yo soy la tonta?

Lo contempló durante unos instantes.

Después habló.

—No lo abandonaré.

Lucio levantó bruscamente la mirada.

—¿De verdad?

La esperanza apareció en sus ojos con una intensidad que la desconcertó.

Patrizia asintió.

—Sí.

Lucio permaneció inmóvil.

Parecía necesitar unos segundos para comprender lo que acababa de escuchar.

Patrizia observó su expresión.

Le aterra que alguien se marche.

Era una inseguridad profunda.

Casi instintiva.

Y no le resultaba difícil imaginar de dónde provenía.

¿Será por la manera en que perdió a su madre?

Aquel recuerdo debía de haber dejado una herida imposible de cerrar.

No era extraño que la posibilidad de otra despedida despertara tanto miedo en él.

Lucio tomó suavemente una de sus manos.

—Gracias.

Su voz tembló.

—Muchas gracias, Patrizia.

La sostuvo como si aquellas palabras fueran algo precioso.

—De verdad...

Patrizia se sorprendió por el gesto.

Sin embargo, consiguió mantener una expresión serena.

Lucio inclinó ligeramente la cabeza.

—Seré bueno contigo.

Tragó saliva.

—Te prometo que me esforzaré.

Patrizia lo contempló en silencio.

¿Tanto odiaba la idea de que me marchara?

Una pregunta apareció en su mente.

¿Qué significo realmente para ti?

Lucio advirtió su inquietud.

Aflojó ligeramente la mano.

—Si te incomoda que esté aquí...

Vaciló.

—¿Quieres que me vaya?

Patrizia permaneció inmóvil.

Antes, la respuesta habría sido inmediata.

Le habría pedido que se retirara.

Habría aprovechado cualquier oportunidad para recuperar la distancia que tanto necesitaba.

Pero ahora...

No quiero que se vaya.

La idea la desconcertó.

¿Será por lo que ocurrió anoche?

Intentó convencerse de que aquella necesidad de compañía era únicamente consecuencia de la intimidad que habían compartido.

Nada más.

Sin embargo, antes de terminar de razonarlo, extendió una mano y sujetó la muñeca de Lucio.

Él abrió ligeramente los ojos.

—¿Patrizia?

Ella bajó la mirada.

—Por favor...

Su voz fue apenas un susurro.

—No se vaya.

Lucio dejó de respirar durante un instante.

Después respondió con voz ronca:

—Está bien.

Patrizia lo contempló brevemente.

No añadió nada.

Simplemente cerró los ojos.

Lucio permaneció sentado junto a ella.

Y, por primera vez en mucho tiempo, la presencia de otra persona a su lado no le resultó una carga.

Fue un consuelo.

—Su Majestad, el Emperador le ha enviado una tarta de manzana y galletas de merengue.

Mirya anunció la noticia con una expresión en la que se mezclaban la perplejidad y una alegría difícil de ocultar.

Patrizia levantó lentamente la mirada de los documentos que estaba revisando.

Habían transcurrido varias semanas desde su enfermedad.

Gracias al descanso y a los cuidados del médico imperial, había recuperado buena parte de sus fuerzas.

También había retomado sus obligaciones habituales.

Sin embargo, desde aquel día, una nueva costumbre se había instalado en su vida.

Cada jornada llegaba al Palacio de la Reina una caja de postres preparados personalmente por Lucio.

Y cada jornada, Mirya era la encargada de entregársela.

—Ya llevamos tres semanas así.

Comentó la dama de compañía.

Su tono revelaba una diversión evidente.

—Me pregunto si Su Majestad continuará preparando dulces incluso después de su cumpleaños.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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