De Dama A Reina

Capítulo 45 - ¿Quieres Ser Suegro?

Rosemond abrió la boca.

Glara se tensó de inmediato.

Después de todo lo ocurrido, había aprendido que las palabras más peligrosas de su señora solían pronunciarse con absoluta tranquilidad.

—Necesito reunirme con el duque Ephreney lo antes posible.

Glara tardó un instante en responder.

—¿Con el duque Ephreney?
—Sí.
—Rosemond...

Glara vaciló.

—¿Por qué estás haciendo esto otra vez?

La expresión de Rosemond se enfrió.

—¿Haciendo qué?
—Acaba de terminar la investigación. El duque ya hizo mucho para...
—Nos reunimos cuando yo quiera.

La interrupción fue seca.

Glara cerró la boca.

Rosemond se recostó en su asiento.

—¿Por qué sigues ladrando?
—Yo solo...
—No te pedí una opinión.

La voz no se elevó.

No hacía falta.

—Ve y envíale un mensaje.
—Pero quizá esté ocupado con...
—Glara.

La dama de compañía se quedó rígida.

Rosemond sonrió.

—A menos que el duque Ephreney quiera terminar su carrera política, no me rechazará.

Glara bajó la mirada.

—Sí.
—Quiero verlo ahora.
—...
—Dile que venga inmediatamente al Palacio Bain.

Glara hizo una reverencia.

—Sí, mi señora.

Se retiró sin volver a protestar.

Mientras preparaba el mensaje, no pudo evitar pensar en la extrañeza de aquella situación.

Nadie sabía lo que ocurría realmente.

Nadie imaginaba que Rosemond, despojada incluso de su título de baronesa, podía convocar a uno de los tres cancilleres de Mavinous como si se tratara de un subordinado.

El duque Ephreney era uno de los hombres más poderosos del Imperio.

Cabeza de una gran casa.

Miembro de la Tríada.

Un hombre ante quien nobles menores se inclinaban y ministros medían cada palabra.

Y, sin embargo, cuando Rosemond lo llamaba...

Venía.

Siempre.

Que una mujer de posición tan inferior ejerciera aquella influencia desafiaba el sentido común.

Glara sabía por qué.

Por eso tampoco cuestionaba la seguridad con la que Rosemond hablaba.

Si Ephreney cruzaba cierto límite, su carrera política no sería lo único que estaría en peligro.

Rosemond tenía algo sobre él.

Algo suficientemente grave para mantener encadenado a un gran duque.

Y aquello no era todo.

Glara había acompañado a Rosemond durante suficiente tiempo para saber que su señora rara vez mostraba todas sus cartas.

Ni siquiera a ella.

El duque Ephreney llegó mucho antes de lo que habría sido razonable esperar.

Glara lo recibió personalmente.

—Su Excelencia.
—¿Dónde está?

No necesitó preguntar quién.

—Esperándolo.

Ephreney apretó los labios.

—Por supuesto.

Glara lo condujo al salón.

Rosemond ya estaba allí.

Sentada cómodamente.

Sin levantarse para recibirlo.

—Duque.
—Señorita Rosemond.

El tratamiento le desagradó.

Se notó apenas.

Rosemond ya no era baronesa.

Eso significaba que, al menos oficialmente, la distancia entre ambos era todavía mayor que antes.

Ella pareció no notarlo.

O no le importó.

Glara colocó dos tazas de té sobre la mesa.

Romero.

Ephreney miró la suya.

Otra vez.

Había visitado tantas veces el Palacio Bain que comenzaba a detestar aquel aroma.

Rosemond, por supuesto, lo adoraba.

—Puede retirarse, Glara.
—Sí, mi señora.

Glara hizo una reverencia y salió.

La puerta se cerró.

Ephreney se sentó.

No tocó el té.

—Señorita Rosemond.
—¿Sí?
—¿Por qué me llamó?

Rosemond levantó su taza.

Bebió.

Lentamente.

Ephreney esperó.

Ella no dijo nada.

Un segundo.

Dos.

Cinco.

El duque apretó la mandíbula.

Rosemond tomó otro sorbo.

—Señorita Rosemond.

Nada.

Finalmente la paciencia de Ephreney cedió.

—Hice todo lo que quería.

Rosemond levantó los ojos.

El duque continuó:

—Intervine en el Consejo.
—Lo sé.
—Conseguí una testigo.
—También lo sé.
—Conseguí que Daiwadi confesara.
—Sí.
—Neutralicé las pruebas de Witherford.

Rosemond dejó la taza.

—Muy eficiente.

El comentario pareció irritarlo más.

—La salvé de una acusación de traición.
—...
—¡De una sentencia de muerte!

La voz del duque aumentó.

—Y después de todo eso, su castigo se limitó a perder el título de baronesa.

Rosemond lo observó.

—¿Quién más cree que podría haber conseguido eso?

Preguntó Ephreney.

Su respiración era más pesada.

Rosemond permaneció en silencio unos instantes.

Después inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo sé, Duque.
—...
—Y estoy agradecida.

Ephreney la miró.

No sonaba agradecida.

En absoluto.

Rosemond hablaba como si él hubiera cumplido una obligación elemental.

Incluso Patrizia, siendo Reina, trataba a los grandes duques con más cortesía.

Ephreney sintió que la mandíbula se le endurecía.

Quería levantarse.

Salir.

No volver jamás al Palacio Bain.

Pero no podía.

Todavía no sabía por qué Rosemond lo había llamado.

Y mientras ella poseyera aquello...

No podía permitirse ignorarla.

—Entonces...

Dijo con esfuerzo.

—¿Para qué me necesita ahora?

Rosemond sonrió.

—Después de todo lo que ha ocurrido, tuve una revelación.

Ephreney no respondió con entusiasmo.

—¿Qué clase de revelación?

Rosemond acarició con un dedo el borde de su taza.

—Me di cuenta de cuál es la cosa más poderosa del mundo.
—¿El dinero?
—No.
—¿El ejército?
—No.
—¿El Emperador?

Rosemond sonrió.

—Un título.

Ephreney casi se rio.

Un título.

Si aquello fuera cierto, él no estaría sentado allí soportando la arrogancia de una mujer que acababa de perder el suyo.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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