De Dama A Reina

Capítulo 130 - ¿No Sabes Quién Soy Yo?

Capítulo 130 - ¿No Sabes Quién Soy Yo?

Mientras tanto, el Palacio de la Reina se encontraba más ajetreado de lo habitual.

Aquel banquete sería la primera aparición oficial de Petunia desde su nombramiento como futura concubina real.

Las damas de compañía de Patrizia eran plenamente conscientes de lo que eso significaba.

No permitirían que la dignidad de su señora quedara eclipsada por la llegada de otra mujer al Palacio Interior.

Por eso, desde primera hora de la mañana, se habían dedicado a preparar a la Reina con un esmero extraordinario.

Patrizia no podía leerles el pensamiento, pero tampoco necesitaba hacerlo.

Comprendía perfectamente sus intenciones.

Y, aunque no acostumbraba a conceder tanta importancia a su apariencia, decidió no intervenir.

—Su Majestad...

Mirya retrocedió unos pasos para contemplar el resultado de su trabajo.

Sus ojos brillaron de admiración.

—Está verdaderamente hermosa.

Raphaella, que permanecía a su lado, asintió con entusiasmo.

—Es cierto, Su Majestad. Está deslumbrante.

Patrizia se levantó lentamente de su asiento.

—¿Hermosa?

Su voz sonó indiferente.

Se acercó al espejo de cuerpo entero y examinó su reflejo.

Durante unos instantes, permaneció en silencio.

Después sonrió ligeramente.

—Me han vestido así para demostrar poder, ¿verdad?

Mirya dejó escapar una pequeña risa.

—Solo un poquito, Su Majestad.

Patrizia volvió a observarse.

¿Un poquito?

De la cabeza a los pies, estaba cubierta de joyas.

La tiara que adornaba su cabello parecía estar formada por un millar de pequeños diamantes, cada uno de los cuales capturaba la luz de las lámparas y la devolvía en destellos brillantes.

Su vestido era todavía más impresionante.

La tela, cuidadosamente confeccionada, estaba decorada con innumerables piedras preciosas y perlas diminutas.

Cada movimiento provocaba una nueva sucesión de reflejos.

El conjunto resultaba casi cegador.

Patrizia siempre había disfrutado de la moda.

Le gustaban los vestidos elegantes, los accesorios delicados y las prendas que realzaban su figura sin resultar excesivas.

Pero aquello superaba ampliamente lo que acostumbraba llevar.

Parezco una joyería ambulante.

Contempló su reflejo con una expresión ligeramente abrumada.

—¿No creen que es demasiado?

Mirya negó inmediatamente.

—Solo por hoy, Su Majestad.

Su sonrisa se volvió significativa.

—¿Acaso ha olvidado qué día es?

Patrizia no respondió.

Por supuesto que no lo había olvidado.

Era precisamente por eso que sus damas habían insistido tanto en arreglarla.

La futura concubina real estaría presente.

Y, aunque nadie se atreviera a decirlo abiertamente, todos los asistentes compararían a ambas mujeres.

Patrizia dejó escapar un suspiro silencioso.

Qué agotador.

En aquel momento, dos doncellas se acercaron con un nuevo par de zapatos.

Retiraron cuidadosamente los que llevaba y los sustituyeron por unos delicados zapatos adornados con cristales y pequeñas piedras preciosas.

Patrizia bajó la mirada.

¿Podré caminar cómodamente con esto?

La pregunta permaneció en su mente.

No quería arruinar el entusiasmo de sus damas.

Así que se limitó a permitir que terminaran los preparativos.

Cuando estuvieron a punto de concluir, preguntó:

—¿Su Majestad ya se ha dirigido al salón de banquetes?
—Todavía no.

La respuesta llegó desde un lugar inesperado.

Patrizia levantó la cabeza.

Y descubrió a Lucio junto a la puerta.

El Emperador vestía un elegante abrigo negro que realzaba su figura.

Su cabello oscuro estaba cuidadosamente arreglado, y la expresión relajada de su rostro lo hacía parecer todavía más atractivo.

Patrizia sonrió espontáneamente.

—Su Majestad.

Lucio le devolvió la sonrisa.

—He decidido que llegaré un poco tarde al banquete.

Patrizia levantó ligeramente las cejas.

—¿Y eso por qué?

Él se llevó una mano al pecho con expresión exageradamente solemne.

—Porque la belleza de la Reina me ha dejado ciego y ha detenido mi corazón.

Patrizia soltó una risa.

—Otra vez con esas cosas...

Lucio sonrió con descaro.

Las damas de compañía intercambiaron miradas discretas.

No necesitaron recibir ninguna orden.

Una tras otra, se inclinaron y abandonaron silenciosamente la habitación.

Cuando quedaron solos, Lucio se acercó a su esposa.

Le rodeó suavemente la cintura.

Y depositó un beso sobre su frente.

—Estás preciosa, Rizi.

Su voz se volvió más cálida.

—¿De verdad estás intentando detenerme el corazón?

Patrizia sonrió.

—Estás exagerando.
—¿Exagerando?

Lucio fingió indignación.

—Pregúntaselo a cualquiera que pase por aquí. Todos estarán de acuerdo conmigo.

Tomó una de sus manos.

La levantó delicadamente.

Y besó su dorso.

Después se inclinó para dejar otro beso sobre sus párpados.

Patrizia dejó escapar una pequeña risa.

—Su Majestad, por favor...

Su protesta carecía de verdadera severidad.

—Alguien podría vernos.
—No hay nadie aquí.

Lucio la estrechó un poco más contra él.

—Y nadie va a entrar sin anunciarse.

Patrizia quiso responder, pero él la hizo girar suavemente entre sus brazos.

Después volvió la cabeza hacia el reloj.

Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—Todavía nos queda algo de tiempo.

Se inclinó hacia su oído.

Patrizia lo miró con sospecha.

—No estarás pensando en llevarme a la cama durante ese tiempo, ¿Verdad?

Lucio suspiró teatralmente.

—Ojalá pudiera.

Patrizia soltó otra carcajada.

Él levantó suavemente su barbilla.

Sus miradas se encontraron.

Durante unos instantes, Lucio se limitó a contemplarla.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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