Era algo cruel.
Algo imperdonable.
Y, sin embargo, el muchacho estaba comenzando a creer que podía hacerlo.
No porque deseara matar.
No porque hubiera dejado de comprender que arrebatar una vida era un pecado.
Sino porque el dolor había reducido su mundo a una única necesidad.
Sobrevivir.
Cuando una persona era golpeada durante demasiado tiempo, las ideas que normalmente parecían inquebrantables comenzaban a perder su significado.
El bien y el mal seguían existiendo, pero se volvían lejanos, incapaces de detener el siguiente golpe.
La moralidad no podía proteger sus costillas.
La justicia no podía sujetar el bastón de Alisa.
Y ninguna de las lecciones que había recibido como príncipe podía impedir que aquella mujer volviera a levantar la mano.
Lucio tenía quince años.
Su cuerpo estaba herido.
Su respiración era irregular.
Y empezaba a creer que, si la paliza continuaba, moriría allí mismo.
En su cumpleaños.
A los pies de la mujer a la que había llamado madre toda su vida.
—Su... Su Majestad...
Las palabras apenas consiguieron atravesar sus labios magullados.
Alisa levantó nuevamente el bastón.
Lucio se encogió.
—Pe... perdóneme...
El movimiento se detuvo.
De pronto.
El muchacho permaneció inmóvil, esperando un golpe que no llegó.
Solo escuchó la lluvia.
Las gotas golpeaban el techo del pabellón con una insistencia casi insoportable.
Su espalda ardía.
Tenía los brazos entumecidos y un dolor agudo le atravesaba el costado cada vez que intentaba respirar profundamente.
La sangre descendía lentamente por algunas de sus heridas.
Alisa inclinó la cabeza.
Y sonrió.
—¿Quieres que me detenga?
Lucio levantó los ojos.
Aquella pregunta, pronunciada con tanta dulzura, le pareció más aterradora que los gritos.
—Por favor...
Su voz se quebró.
—Perdóneme, Majestad...
—No te he preguntado eso.
Alisa se agachó ligeramente para verlo mejor.
Su vestido permanecía impecable.
Ni una sola gota de sangre había manchado la delicada tela.
—Te he preguntado si quieres que me detenga.
Lucio asintió desesperadamente.
—Sí...
—¿Sí?
—Sí, Su Majestad. Por favor.
Alisa pareció satisfecha.
—Entonces matarás por mí.
Lucio dejó de asentir.
Su mirada se desplazó hacia la figura cubierta por la sábana blanca.
Seguía allí.
Inmóvil.
Había intentado olvidarla mientras recibía los golpes.
No lo había conseguido.
Alisa extendió una mano.
Una de las damas de compañía se acercó con una espada larga.
La Reina la tomó y la colocó frente al muchacho.
—Aquí tienes.
Lucio contempló el arma.
Era demasiado grande.
Demasiado pesada para sus manos temblorosas.
La empuñadura parecía fría incluso antes de tocarla.
—Su Majestad...
—Tómala.
Él vaciló.
Alisa levantó apenas las cejas.
Fue suficiente.
Lucio extendió las manos.
La espada descendió sobre sus palmas y casi se le escapó.
Consiguió sujetarla antes de que golpeara el suelo.
El esfuerzo hizo que un dolor intenso le recorriera el brazo.
Apretó los dientes.
No debía dejarla caer.
No sabía qué haría Alisa si desobedecía otra vez.
—Muy bien.
La Reina sonrió.
—Ves que puedes hacerlo cuando quieres.
Lucio bajó la mirada.
La hoja estaba limpia.
Pulida.
Un arma digna de un príncipe.
Durante años había estudiado esgrima como parte de su educación.
Sus instructores le habían enseñado a sostener una espada, a mantener el equilibrio y a dirigir un ataque.
Le habían hablado del deber de proteger el Imperio.
Del honor de los soldados.
De la responsabilidad de quienes tenían poder sobre la vida de otros.
Ninguno le había enseñado a utilizar una espada contra una persona indefensa.
—Lucio.
La voz de Alisa lo arrancó de sus pensamientos.
—¿Quieres que deje de castigarte?
—Sí...
—Entonces hazlo.
El muchacho miró a la Reina.
—Por favor...
—Tienes un minuto.
Lucio parpadeó.
—¿Qué?
—Un minuto para quitarle la vida a esa mujer.
Alisa lo dijo con la tranquilidad de quien establecía el tiempo permitido para completar una lección.
—No me hagas esperar más.
El muchacho sintió que el corazón se le hundía.
Un minuto.
Sesenta segundos.
Eso era todo lo que tenía para decidir entre una vida ajena y la posibilidad de conservar la suya.
Miró la espada.
Después la sábana.
Después a Alisa.
Ella parecía perfectamente serena.
No había furia en su rostro.
Ni impaciencia.
Aquello resultaba incomprensible.
Hacía apenas unos momentos lo había golpeado hasta hacerlo sangrar.
Ahora sonreía como si estuviera disfrutando de una agradable tarde.
—Yo...
Lucio intentó hablar.
No encontró palabras.
—El tiempo está pasando.
Le recordó Alisa.
El muchacho cerró los ojos.
Si se negaba, los golpes regresarían.
Lo sabía.
Había aprendido a reconocer cuándo Alisa estaba dispuesta a detenerse y cuándo todavía quería castigarlo.
Esta vez no se detendría.
No hasta conseguir lo que deseaba.
Y él...
Él no podía soportar más.
—Eu... heug...
Un sonido extraño escapó de su garganta.
Intentó ponerse de pie.
La primera vez no lo consiguió.
Una rodilla cedió y tuvo que apoyar una mano en el suelo para no caer de bruces.
Alisa lo observó sin ayudarlo.
Lucio volvió a intentarlo.
Sus piernas temblaban tanto que apenas podía mantenerse erguido.
Un dolor punzante le atravesó el costado.
Por un momento se preguntó si algún hueso estaría roto.
No importaba.