—Eres miserable.
Patrizia dejó la pluma sobre la mesa.
Rosemond seguía sentada frente a ella con aquella sonrisa apenas visible que había conservado durante buena parte del interrogatorio.
—No.
Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.
—Quizá «astuta» sea una palabra más apropiada.
Rosemond levantó una ceja.
—Soy inocente, Su Majestad.
—Eso dices.
—Eso es lo que ocurre.
Patrizia no respondió.
Rosemond apoyó tranquilamente las manos sobre el regazo.
—¿También forma parte de las responsabilidades de la Reina Regente mantener encerradas a personas inocentes?
La provocación era evidente.
Patrizia ya había aprendido a reconocerla.
—No se ha demostrado tu culpabilidad.
Rosemond sonrió un poco más.
—Me alegra que al menos podamos estar de acuerdo en algo.
—Tampoco se ha demostrado tu inocencia.
—No funciona así la ley, Su Majestad.
Patrizia entrecerró los ojos.
Rosemond tenía razón en eso.
Y ambas lo sabían.
—Lo que tenemos.
Continuó Patrizia.
—Es una acusación directa pronunciada por uno de los hombres que intentaron matarme.
—Un hombre que no está aquí.
—No.
—Al que nadie puede interrogar.
—No.
—Y cuya supuesta confesión solo escuchó usted.
Patrizia sostuvo su mirada.
—Sí.
Rosemond abrió las manos.
—Entonces comprenderá mi dificultad.
Patrizia soltó una risa seca.
—Tu dificultad.
—Exactamente.
—Qué tragedia.
La sonrisa de Rosemond no desapareció.
—No soy yo quien tiene que demostrar nada.
Patrizia guardó silencio.
Aquello era precisamente lo que hacía tan irritante la situación.
Ella sabía lo que había escuchado.
Sabía qué nombre habían pronunciado.
Lucio ya había sospechado de Rosemond antes de que Patrizia se lo confirmara.
Pero ninguna de esas cosas constituía por sí sola una prueba suficiente para dictar una sentencia de muerte.
Patrizia se inclinó hacia delante.
—Rosemond Mary la Phelps.
—¿Sí, Su Majestad?
—Crees que vas a salir de aquí.
La sonrisa se debilitó.
—¿Perdón?
—Crees que basta con esperar.
Patrizia golpeó suavemente la punta de un dedo contra el cuaderno.
—No responder.
—...
—No recordar.
—...
—Negarlo todo.
—...
—Y esperar a que Su Majestad despierte para que venga a salvarte.
Rosemond no respondió.
Patrizia la observó con atención.
—¿Me equivoco?
—No sé de qué habla.
—Naturalmente.
Patrizia tomó la pluma otra vez.
Escribió algo.
Rosemond intentó ver qué era.
Patrizia cerró el cuaderno.
—Pero tengo malas noticias.
—¿Cuáles?
—No eres la única persona que estamos interrogando.
Por primera vez, Rosemond perdió parte de su indiferencia.
Fue mínimo.
Un ligero endurecimiento de la mandíbula.
Patrizia lo vio.
—Glara está siendo interrogada en otra habitación.
Rosemond no dijo nada.
—Separada de ti.
Silencio.
—Sin saber qué has respondido.
Los dedos de Rosemond se tensaron.
Patrizia continuó:
—Y tú tampoco sabes qué está diciendo ella.
—No tiene nada que decir.
—¿Segura?
—Completamente.
Patrizia sonrió.
—Eso espero.
Rosemond sostuvo su mirada.
—Porque si ambas son inocentes, sus respuestas deberían coincidir.
—Coincidirán.
—Bien.
Patrizia se recostó ligeramente.
—Por ahora el interrogatorio sigue siendo ordinario.
Rosemond entrecerró los ojos.
Patrizia dejó que el silencio hiciera el resto antes de añadir:
—Pero la paciencia de quienes investigan un intento de regicidio no es infinita.
La expresión de Rosemond se volvió más seria.
—¿Me está amenazando con torturar a mi dama?
Patrizia no contestó inmediatamente.
Aquella posibilidad existía dentro de los métodos más brutales utilizados por la justicia imperial.
Y precisamente por eso podía utilizarse como amenaza.
Pero ordenar algo así sin más...
No.
Patrizia no necesitaba convertirse en Rosemond para vencerla.
—Estoy diciéndote que sería conveniente que ninguna de las dos intentara jugar con esta investigación.
Rosemond la estudió.
—Entonces no tiene nada.
Patrizia sonrió.
—Todavía.
—Si tuviera pruebas, no estaría aquí intentando asustarme.
Aquello tocó demasiado cerca de la verdad.
Patrizia mantuvo el rostro inmóvil.
Rosemond lo notó de todos modos.
—Eso pensé.
—No te entusiasmes.
—¿Por qué no?
—Porque la investigación continúa.
Patrizia se inclinó nuevamente hacia ella.
—Y pienso terminarla.
—¿Antes de que despierte Su Majestad?
Patrizia no respondió.
Rosemond soltó una pequeña risa.
—Claro.
—Sí.
La respuesta directa borró la sonrisa de la concubina.
—Preferiría que estuviera resuelta para entonces.
—Qué conveniente.
—Mucho.
—Así podrá presentarle mi cabeza cuando despierte.
Patrizia sostuvo su mirada.
—Si las pruebas demuestran que intentaste asesinar a la Reina y terminaste envenenando al Emperador...
Hizo una pausa.
—No necesitaré presentarle nada.
Rosemond permaneció en silencio.
—La ley hará el resto.
—¿Y cree que él se lo agradecerá?
—No estoy haciendo esto para recibir su agradecimiento.
Rosemond rio.
—Por supuesto que no.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Dilo.
Rosemond ladeó la cabeza.
—Quizá todo esto sea exactamente lo que quería.
Patrizia se quedó quieta.
—Explícate.
—El Emperador inconsciente.
—...
—Yo encerrada.
—...
—Y usted gobernando el Imperio.
La expresión de Patrizia se enfrió.
Rosemond sonrió.
—Es una situación extraordinariamente favorable para una esposa ignorada.
—Ten cuidado.
—¿Por qué?
—Porque estás acercándote a una acusación muy seria.
—Usted me ha acusado de asesinato durante tres días.
—Porque un asesino pronunció tu nombre.
—Y yo solo estoy observando los resultados.