El caballo se detuvo apenas a unos pasos del borde.
Las piedras sueltas rodaron por el precipicio.
Patrizia observó cómo desaparecían en el vacío.
No escuchó cuándo tocaron fondo.
Eso fue suficiente para comprender la altura.
Delante de ella se abría un enorme acantilado.
Detrás...
Los asesinos se acercaban.
El sonido de sus pasos atravesaba el bosque.
Ramas quebrándose.
Hojas pisadas.
Acero rozando acero.
Patrizia sostuvo las riendas durante un instante.
Después miró a Lucio.
—Su Majestad.
No hubo respuesta.
—Su Majestad.
El cuerpo del Emperador se inclinó peligrosamente.
Patrizia soltó la espada y consiguió sujetarlo antes de que cayera del caballo.
—¡Lucio!
Nada.
Sus ojos permanecían cerrados.
Su respiración era débil.
Demasiado débil.
—No.
Patrizia apoyó dos dedos cerca de su cuello.
Pulso.
Todavía tenía.
Débil.
Pero estaba vivo.
Eso bastaba.
Por ahora.
Patrizia bajó del caballo como pudo y ayudó a Lucio a descender.
Prácticamente tuvo que cargar con él.
La diferencia de peso era considerable.
Sus rodillas temblaron cuando sus botas tocaron el suelo.
—Vamos...
Murmuró entre dientes.
—No se atreva a morirse ahora.
Lucio no reaccionó.
Patrizia logró sostenerlo, pasando uno de sus brazos alrededor de sus hombros.
Entonces escuchó una risa.
Baja.
Desagradable.
Los hombres enmascarados salieron finalmente de entre los árboles.
Cinco.
Patrizia contó rápidamente.
Cinco que podía ver.
Podía haber más.
Ya no tenía flechas.
La espada de Lucio estaba en el suelo, varios pasos detrás.
Él estaba inconsciente.
Ella apenas podía mantenerse en pie después de aquella pelea.
Y detrás de Patrizia solo estaba el vacío.
Uno de los hombres inclinó la cabeza.
—Qué mala suerte.
Patrizia no respondió.
El hombre continuó acercándose.
—Después de todo ese esfuerzo...
Su espada brilló bajo la luz.
—Terminar aquí.
Patrizia apretó los dientes.
Otro hombre miró a Lucio.
Después hacia ella.
—Qué desperdicio.
Patrizia levantó la mirada.
—¿Qué dijiste?
—La flecha.
El hombre señaló al Emperador.
—Tú eras la que debía recibirla.
La expresión de Patrizia cambió.
La frase confirmó algo importante.
El objetivo principal era ella.
No Lucio.
Lucio había sido alcanzado por accidente.
Patrizia ajustó su agarre alrededor de él.
—¿Quién los envió?
Los hombres se miraron.
Después comenzaron a reír.
Patrizia esperó.
Uno incluso se quitó ligeramente la máscara de la boca para respirar mejor.
—¿De verdad preguntas eso?
—Sí.
—¿Esperas que te respondamos?
—No.
Patrizia esbozó una pequeña sonrisa.
—Pero vale la pena intentarlo.
El hombre soltó otra carcajada.
—Reina hasta el último momento.
Patrizia mantuvo la mirada fija sobre él.
—¿Quién los envió?
—Importa poco.
—A mí me importa.
—Dentro de unos minutos estarás muerta.
Patrizia sonrió con amargura.
—Entonces no tienen nada que perder diciéndomelo.
Uno de los asesinos levantó ligeramente la espada.
—Tampoco tenemos nada que ganar.
—Podría morir con la curiosidad satisfecha.
—Qué exigente.
Patrizia miró alrededor.
No había salida.
No podía vencerlos.
No podía escapar cabalgando.
El precipicio bloqueaba cualquier camino hacia delante.
El grupo cubría el único sendero de regreso.
Necesitaba tiempo.
Aunque fueran segundos.
—Fue Rosemond.
Los hombres dejaron de reír durante un momento.
Patrizia los observó.
—¿Verdad?
Nadie respondió.
Pero hubo un intercambio de miradas.
Pequeño.
Rápido.
Suficiente.
Patrizia sintió una certeza fría.
—Rosemond Mary la Phelps.
Pronunció cada palabra despacio.
—Baronesa del Imperio.
Uno de ellos chasqueó la lengua.
Patrizia continuó:
—Amante del Emperador.
Lucio seguía inconsciente contra ella.
Qué ironía.
—Fue ella quien les pagó para matarme.
Un hombre rio otra vez.
—Estás a punto de morir. ¿Realmente importa?
—Sí.
Patrizia lo miró directamente.
—Importa.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber quién ganó.
El hombre frunció el ceño.
—¿Ganó?
Patrizia sonrió.
—Si voy a morir, al menos quiero saber quién consiguió matarme.
Aquello pareció divertirlos.
Uno de los hombres hizo girar la espada entre los dedos.
—Qué mujer tan extraña.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
Otro asesino soltó una carcajada.
—Díselo.
El primero lo miró.
—¿Para qué?
—¿Qué importa?
Señaló el precipicio.
—No saldrá de aquí.
Algunos rieron.
Patrizia mantuvo el rostro sereno.
El hombre finalmente se encogió de hombros.
—Muy bien.
Dio un paso hacia ella.
—Rosemond Mary la Phelps.
Patrizia no pestañeó.
—La concubina del Emperador.
Otro paso.
—Y baronesa.
Patrizia sostuvo con mayor firmeza el cuerpo de Lucio.
—Ella nos pagó.
El hombre sonrió detrás de la máscara.
—Mucho dinero.
Patrizia guardó silencio.
—Más que suficiente para hacer desaparecer a una Reina.
Risas.
La confesión resonó claramente entre los árboles.
Patrizia bajó lentamente la mirada hacia Lucio.
Él no había escuchado.
Por supuesto.
Justo ahora tenía que estar inconsciente.
Qué oportuno.
Patrizia casi rio.
En lugar de hacerlo, soltó una pequeña respiración.
Así que finalmente lo sabía.
No una sospecha.