De Dama A Reina

Capítulo 71 - Yo Soy Tú Esposo

Lucio permanecía sentado junto a la cama, contemplando a la mujer que descansaba sobre ella.

Patrizia todavía no había despertado.

Su rostro estaba pálido y tenía sombras oscuras bajo los ojos.

Las lágrimas que habían cubierto sus mejillas durante la noche ya se habían secado, pero el cansancio seguía reflejado en sus facciones.

Parecía agotada.

Como si hubiera pasado mucho tiempo luchando contra algo que nadie más podía ver.

El médico imperial había examinado sus heridas.

El corte de su pie no era especialmente profundo, aunque había sangrado bastante.

Después de limpiar la herida, el médico la había vendado cuidadosamente y recomendado varios días de reposo.

El desmayo, por otra parte, parecía estar relacionado con el agotamiento físico y emocional.

Lucio había escuchado todas aquellas explicaciones en silencio.

Pero ninguna consiguió aliviar su inquietud.

Ahora observaba el vendaje que envolvía el pie de Patrizia.

Después levantó lentamente la mirada hacia su rostro.

—Patrizia...

Pronunció su nombre en voz baja.

Tan baja que apenas se escuchó en la habitación.

Sabía que ella se enfadaría si despertaba y lo encontraba allí.

Quizá incluso escuchar su voz sería suficiente para provocarle disgusto.

Aun así, no pudo evitar llamarla.

Lucio inclinó la cabeza.

—Yo...

Las palabras se atascaron en su garganta.

¿Qué te he hecho?

Contempló las manos inmóviles de Patrizia sobre las mantas.

¿Cómo pude ser tan cruel con una mujer que apenas conocía?

Cuando decidió casarse con ella, no había considerado sus sentimientos.

No había pensado en sus esperanzas.

Ni en la vida que podría haber tenido si no hubiera entrado en el Palacio Imperial.

Solo había pensado en proteger la posición de Rosemond.

En mantener intacta la relación que entonces consideraba indispensable.

Y había utilizado a Patrizia como una solución conveniente.

Una esposa legítima.

Una Emperatriz capaz de cumplir con las responsabilidades del trono.

Una mujer que, según el examen realizado durante la selección, no podría proporcionar un heredero.

Lucio cerró los ojos.

Qué decisión tan despreciable.

Había querido conservarlo todo sin pagar ningún precio.

Pero alguien había terminado pagando por él.

Patrizia.

Y ahora, cuando comenzaba a comprender la magnitud de lo que había hecho, era demasiado tarde.

Ella lo despreciaba.

Lo odiaba.

Había llegado a maldecirlo.

Y Lucio no encontraba ninguna razón por la que ella debiera sentirse de otra manera.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

—¿Existe siquiera una forma...?

Su voz tembló.

Permaneció callado durante unos segundos.

Después terminó la pregunta.

—¿Una forma de expiar mis pecados?

No hubo respuesta.

Patrizia continuaba durmiendo.

Lucio bajó la cabeza.

¿Serviría de algo?

Podía pedir perdón.

Podía reconocer lo que había hecho.

Podía intentar compensarla.

Pero ninguna de aquellas acciones cambiaría el pasado.

No borraría las humillaciones.

No devolvería a Patrizia la oportunidad de elegir su propio futuro.

Y, sobre todo, no repararía la confianza que él había destruido.

¿Qué puedo hacer con estos sentimientos que han aparecido demasiado tarde?

Lucio apretó los labios.

Durante tanto tiempo había creído que su corazón pertenecía únicamente a Rosemond.

Había confundido la gratitud, la dependencia y la costumbre con un amor que consideraba inmutable.

Ahora ni siquiera sabía cómo describir lo que había sentido por ella.

Pero sí comenzaba a reconocer algo que le resultaba imposible ignorar.

Patrizia se había vuelto importante para él.

Más importante de lo que había previsto.

Y la posibilidad de perderla le producía un miedo que no conseguía controlar.

No tienes ninguna razón para perdonarme.

Lucio volvió a contemplarla.

—Es cierto...

Su voz fue apenas un susurro.

—No me perdones nunca.

Las palabras le dolieron.

Pero sabía que no tenía derecho a pedir otra cosa.

Despréciame.

Ódiame todo lo que quieras.

Si necesitas maldecirme, hazlo.

Recordó la desesperación con la que Patrizia lo había mirado durante la noche.

Su rostro cubierto de lágrimas.

La sangre en su pie.

Y aquella voz quebrada que le había confesado cuánto lo detestaba.

Si pudiera aliviar tu sufrimiento, aunque fuera un poco...

Lucio cerró los ojos.

Aceptaría cualquier castigo.

Pero había una cosa que no conseguía dejar de desear.

Una petición egoísta.

Cruel, quizá.

Especialmente después de todo lo que había hecho.

—Solo te pido...

Su voz se quebró.

—Que permanezcas a mi lado.

No esperaba su amor.

No esperaba una sonrisa.

Ni una palabra amable.

Si Patrizia lo miraba con resentimiento durante el resto de sus días, sabía que tendría que aceptarlo.

Incluso ese odio era más de lo que merecía recibir de ella.

Puedes odiarme.

Puedes despreciarme.

Pero no te marches.

Lucio observó su rostro dormido.

—Aunque pienses que soy egoísta...

Soltó una risa amarga.

Después de todo, siempre he sido un hombre despreciable.

No tenía sentido fingir lo contrario.

Había cometido demasiados actos crueles.

Había lastimado a personas que no merecían sufrir.

Y ahora pretendía conservar a su lado a la mujer a la que más había herido.

No te pediré tu corazón.

Sabía que no le pertenecía.

Quizá nunca le pertenecería.

Solo quiero que sigas aquí.

Que continuara siendo la Emperatriz.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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