De Dama A Reina

Capítulo 115 - Sería La Reina Viuda, No La Reina

Capítulo 115 - Sería La Reina Viuda, No La Reina

Rosemond permaneció inmóvil.

La incredulidad se reflejaba en cada rasgo de su rostro.

¿No estoy embarazada?

Aquellas palabras no tenían sentido.

No podían tenerlo.

Había experimentado náuseas.

Su menstruación se había interrumpido.

Incluso había comenzado a sentir que algo cambiaba dentro de su cuerpo.

¿Cómo podía aquel médico afirmar que no llevaba un hijo imperial en su vientre?

—¡Estás mintiendo!

Su voz resonó por toda la plaza.

El anciano médico permaneció a su lado sin alterar su expresión.

Rosemond lo señaló con una mano temblorosa.

—¡¿Por qué mientes?!

Sus ojos estaban desorbitados.

—¡¿Te atreves a dar un diagnóstico falso solo para que me ejecuten?!

Después volvió desesperadamente la mirada hacia Lucio.

—¡Su Majestad!

Su voz se quebró.

—¡No le crea! ¡Ese hombre está mintiendo!

El médico inclinó respetuosamente la cabeza ante el Emperador.

—Su Majestad, mi diagnóstico es correcto.

Su voz fue serena.

—Sin embargo, si considera que podría haber cometido un error, puede ordenar que otros médicos de la corte examinen a la acusada.

Lucio no respondió inmediatamente.

Su expresión estaba marcada por emociones contradictorias.

Había escuchado la declaración de Rosemond con una esperanza que no quería reconocer.

Si verdaderamente estaba embarazada, existía una posibilidad de salvarle la vida.

Pero ahora...

¿También esto era una ilusión?

Apretó los labios.

Finalmente, habló con rapidez.

—La acusada ha cuestionado la fiabilidad del diagnóstico.

Los nobles volvieron la mirada hacia él.

Lucio continuó:

—Por lo tanto, ordeno que se realicen nuevos exámenes.

Su voz adquirió firmeza.

—Debemos evitar cualquier duda sobre el resultado antes de proceder.

La orden fue obedecida.

Sin embargo, pronto quedó claro que la fortuna no estaba del lado de Rosemond.

Un médico tras otro la examinó cuidadosamente.

Cinco especialistas en total.

Y todos llegaron a la misma conclusión.

Rosemond no estaba embarazada.

—¡No!

Rosemond negó frenéticamente con la cabeza.

—¡Eso no puede ser cierto!

Su voz estaba cargada de desesperación.

—¡Tuve náuseas matutinas!

Miró a Lucio.

—¡Y mi menstruación se ha detenido!

Sus manos temblaban.

—¡Todos están mintiendo para conseguir que me maten!

El Emperador permaneció en silencio.

Rosemond dio un paso hacia él.

—¡Su Majestad, por favor!

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

—¡Perdóneme!

Después negó bruscamente con la cabeza.

—¡No!

Su voz se elevó.

—¡Ni siquiera necesito que me perdone!

Se llevó ambas manos al vientre.

—¡Pero salve a su hijo!

Su expresión se contrajo.

—¡Salve al descendiente imperial que llevo dentro!

Uno de los médicos dio un paso al frente.

—Su Majestad.

Lucio levantó la mirada.

—Permítame explicar los síntomas que acaba de mencionar.

El Emperador asintió lentamente.

El médico continuó:

—Después de examinarla, hemos llegado a la conclusión de que la acusada presenta un embarazo psicológico.

Rosemond se quedó inmóvil.

—¿Qué...?

El médico no se volvió hacia ella.

Mantuvo la mirada dirigida al Emperador.

—Se trata de una condición que puede presentarse cuando una mujer desea quedar embarazada con una intensidad extraordinaria.

Hizo una pausa.

—Su cuerpo puede desarrollar síntomas semejantes a los de una gestación real, aunque no exista ningún feto.

Lucio guardó silencio.

El médico añadió:

—No es un fenómeno tan infrecuente como podría pensarse.

Un noble intervino inmediatamente.

—Entonces, para que no exista ninguna confusión...

Miró al médico.

—¿Está afirmando que no hay ningún niño creciendo en su vientre?
—Así es.

La respuesta fue contundente.

El noble se volvió hacia Lucio.

—En ese caso, Su Majestad, no existe razón alguna para seguir retrasando la ejecución.

Su voz fue severa.

—La acusada ha cometido crímenes gravísimos y no lleva en su vientre a ningún descendiente imperial que justifique la aplicación de aquella ley.

Rosemond abrió los ojos con horror.

—¡No!

Su grito interrumpió la conversación.

—¡Estoy embarazada!

Se aferró desesperadamente a su vestido.

—¡Estoy embarazada del hijo de Su Majestad!

Pero sus palabras ya no consiguieron cambiar nada.

Una voz ordenó:

—Lleven a la condenada al patíbulo.

Dos soldados avanzaron hacia ella.

Rosemond retrocedió.

—¿Qué...?

Miró a ambos hombres.

—¡No se acerquen!

Los soldados la sujetaron por los brazos.

—¡Suéltenme!

Comenzó a forcejear.

—¡SU MAJESTAD!

La arrastraron hacia el lugar de ejecución.

Rosemond comprendió entonces que su muerte ya no era una posibilidad lejana.

Era algo que estaba a punto de ocurrir.

Allí.

Frente a toda aquella multitud.

Voy a morir.

El pensamiento la atravesó como una cuchillada.

¡De verdad voy a morir!

Su rostro perdió todo el color.

—¡Su Majestad, perdóneme!

Se retorció entre las manos de los soldados.

—¡No puede hacerme esto!

Lucio la observaba en silencio.

—¡Su Majestad!

Rosemond volvió a gritar.

—¡Por favor!

Pero no recibió respuesta.

Lucio sintió que algo se desgarraba en su interior.

Era el Emperador de Mavinous.

Gobernaba un territorio inmenso.

Poseía una autoridad que innumerables personas temían y respetaban.

Sin embargo, aquella autoridad tenía límites.

No podía utilizarla para ignorar abiertamente las leyes imperiales.

Hacerlo sería convertirse en un tirano.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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