De Dama A Reina

Capítulo 112 - Porque Lo Amo, Su Majestad

Capítulo 112 - Porque Lo Amo, Su Majestad

El lugar donde se encontraron era tranquilo.

No había ruidos que perturbaran la serenidad del ambiente.

Tampoco había sirvientes, guardias ni nobles observándolos.

Solo estaban ellos dos.

Lucio y Petronilla.

—Ha pasado mucho tiempo, Su Majestad.

Petronilla lo saludó con una sonrisa extraordinariamente hermosa.

Su voz era suave.

Su expresión, serena.

Y su apariencia no mostraba ninguna señal del terrible destino que había sufrido.

Lucio permaneció inmóvil.

Esto es un sueño.

Lo sabía.

Había reconocido aquel lugar desde el primer instante.

Y también sabía que la mujer que tenía frente a él ya no pertenecía al mundo de los vivos.

Sin embargo, el miedo que recorría su cuerpo era demasiado real.

Tragó saliva.

Petronilla sonrió todavía más.

—Por favor, tome asiento, Su Majestad.

Lucio bajó la mirada hacia la silla que tenía delante.

No quería sentarse.

Tampoco quería permanecer allí.

Pero no fue capaz de negarse.

Después de todo, aquella petición provenía de una mujer muerta.

Una mujer cuya muerte él mismo había ordenado.

Lucio se sentó lentamente.

Petronilla lo observó con una sonrisa tranquila.

—¿Has estado bien?

La pregunta lo desconcertó.

Durante unos instantes, no supo cómo responder.

¿Por qué me pregunta eso?

La Petronilla que él recordaba no habría tratado con tanta amabilidad al hombre que la había condenado.

Había esperado encontrar odio.

Reproches.

Una furia imposible de contener.

Incluso había imaginado que ella se abalanzaría sobre él en cuanto lo viera.

Y, en cierta manera, estaba preparado para aceptarlo.

Si quiere castigarme, no tengo derecho a impedirlo.

Pero Petronilla no parecía tener ninguna intención de hacerlo.

Continuaba sentada frente a él, sonriendo con una serenidad desconcertante.

De todas las posibilidades que Lucio había imaginado, aquella era la única que nunca había considerado.

Finalmente, reunió el valor suficiente para hablar.

—¿Por qué...?

Su voz sonó áspera.

—¿Por qué me haces esa pregunta?

Petronilla inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque tengo curiosidad.

Sonrió.

—Y porque lo amo, Su Majestad.

Lucio se quedó inmóvil.

Petronilla continuó con naturalidad:

—Siempre me pregunté cómo terminarían las cosas.

Su expresión permaneció serena.

—Ustedes dos siempre me consideraron una molestia.

Hizo una pausa.

—Alguien que se interponía en su camino.

Lucio bajó la mirada.

—Ahora que ya no estoy...

Petronilla sonrió.

—Supongo que deberías ser feliz.

El silencio se volvió pesado.

Ella lo contempló directamente.

—Dime, Su Majestad.

Su voz fue suave.

—¿Eres feliz ahora?

Lucio sintió que algo se le oprimía en el pecho.

Durante unos instantes, quiso evitar la pregunta.

Pero terminó respondiendo con sinceridad.

—Sí.

Su voz fue baja.

—Soy feliz.

Levantó lentamente la cabeza.

—Soy feliz ahora.

Petronilla lo observó.

Después sonrió.

—Ya veo.

Aquella respuesta pareció dolerle más que cualquier reproche.

Lucio apretó los dedos.

—Lo siento.

Las palabras escaparon de sus labios casi involuntariamente.

Petronilla no respondió.

Lucio continuó:

—Sé que, diga lo que diga, sonará hipócrita.

Su voz tembló ligeramente.

—Nos conocimos por nuestro matrimonio, pero si no hubiera ocurrido de esa manera...

Se interrumpió.

Después intentó continuar.

—Si yo no hubiera...
—Cállate.

La palabra resonó con una frialdad inesperada.

Lucio levantó la cabeza.

La sonrisa de Petronilla había desaparecido.

Su rostro estaba contraído por la ira.

Y sus ojos lo contemplaban con un desprecio feroz.

El cambio fue tan repentino que Lucio se quedó sin aliento.

Petronilla habló nuevamente.

—Si sabes que estás siendo un hipócrita...

Su voz fue cortante.

—Entonces cierra la boca.

Lucio permaneció inmóvil.

—...Reina.
—No.

Petronilla sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía nada de amable.

Era helada.

Y Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No, Su Majestad.

Se inclinó ligeramente hacia él.

—Ya no soy tu Reina.

Sus ojos brillaron con furia.

—¿No es cierto?

Lucio no respondió.

Petronilla continuó:

—Tú mismo me arrebataste ese título.

Su voz comenzó a temblar.

—Tú me destronaste.

Apretó los puños.

—¡¿Cómo puedes...?!

La indignación le impidió terminar la frase.

Lucio bajó la mirada.

No tenía ninguna defensa que ofrecer.

Sentía la presencia de Petronilla como una fuerza que lo aplastaba.

Pero no podía culparla.

Su ira estaba justificada.

También lo estaban sus acusaciones.

Él había tomado aquellas decisiones.

Él había permitido que las cosas llegaran a ese punto.

Y él había condenado a muerte a la mujer que tenía delante.

¿Con qué derecho podría pedirle que se calme?

Petronilla lo miró con desprecio.

—¿Cómo te atreves a llamarme Reina?

Lucio tragó saliva.

Después preguntó con dificultad:

—¿Quieres que me disculpe?

Petronilla soltó una risa amarga.

—¿Una disculpa?

Lo contempló como si acabara de escuchar algo absurdo.

—Muy bien.

Su voz adquirió un tono burlón.

—Entonces dame la disculpa que deseo, majestuoso Emperador.

Hizo una reverencia exageradamente respetuosa.

—Nuestro precioso Sol del Imperio.

Lucio permaneció en silencio.

La expresión de Petronilla se endureció.

—Nuestra relación nunca fue feliz.

Su voz resonó con una intensidad creciente.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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