La recuperación de Lucio cambió inmediatamente el ritmo del Palacio Imperial.
No porque hubiese retomado sus funciones en cuanto abrió los ojos.
El médico jefe no lo permitió.
Durante una semana entera, el Emperador tuvo que permanecer en reposo, soportando revisiones diarias, comidas controladas y una vigilancia que probablemente le resultaba más molesta que la propia herida.
Mientras tanto, Patrizia trabajó más que antes.
La razón era sencilla.
Su regencia tenía fecha de caducidad.
Durante la inconsciencia de Lucio había logrado mantener el gobierno funcionando, pero mantenerlo funcionando no era lo mismo que reemplazar completamente a un Emperador que llevaba años administrando personalmente sus asuntos.
Algunas decisiones habían sido pospuestas.
Otras estaban pendientes de confirmación.
Había informes que Lucio tendría que revisar personalmente una vez regresara.
Patrizia quería que encontrara orden.
No caos.
Así que trabajó.
Desde temprano por la mañana hasta bien entrada la noche.
Revisó los asuntos aprobados durante la regencia.
Preparó resúmenes de los que seguían pendientes.
Clasificó los problemas según urgencia.
Dejó constancia de las decisiones que había tomado y de las razones que las sustentaban.
No quería que Lucio tuviera que reconstruir un mes de gobierno a partir de rumores y documentos dispersos.
Cuando finalmente transcurrió la semana, el médico autorizó al Emperador a retomar gradualmente sus deberes.
Y Lucio lo hizo.
Sin ceremonia innecesaria.
Sin dramatismo.
Una mañana volvió a ocupar su lugar.
La autoridad de Patrizia como Reina Regente terminó de la misma forma en que había comenzado: por necesidad legal.
Volvía a ser simplemente la Reina.
Aunque «simplemente» ya no parecía la palabra adecuada.
Su carga disminuyó.
Pero no demasiado.
El Palacio Interior continuaba siendo responsabilidad suya.
El Día Nacional de la Fundación se aproximaba.
Los asuntos derivados de la sequía seguían abiertos.
Y, sobre todo, todavía quedaba una tarea que Patrizia no estaba dispuesta a entregar sin terminar.
Rosemond.
El vapor ascendía lentamente desde una taza de té.
Patrizia la sostuvo entre ambas manos.
El calor atravesaba la porcelana y calentaba sus dedos.
Bebió un pequeño sorbo.
Esperaba.
Mirya permanecía cerca, organizando algunos documentos, mientras dos criadas aguardaban junto a la puerta.
Finalmente, una de ellas salió.
Regresó poco después.
—Su Majestad.
Patrizia levantó la mirada.
—¿Sí?
—El duque Witherford ha llegado.
Patrizia dejó la taza.
—Déjalo entrar.
—Sí, Su Majestad.
La puerta se abrió.
Witherford entró con su habitual compostura.
—Su Majestad.
Hizo una reverencia.
—Gloria a la Familia Imperial.
Patrizia sonrió cortésmente.
—Entre, Duque. Ha pasado mucho tiempo.
Witherford levantó ligeramente las cejas.
—En efecto.
Ambos sabían que aquello no era verdad.
No había pasado tanto tiempo.
Pero existían frases que la nobleza pronunciaba aunque nadie creyera literalmente en ellas.
Patrizia señaló el asiento frente a ella.
—Siéntese.
—Gracias.
Witherford obedeció.
Una criada se acercó para ofrecerle té, pero él levantó una mano.
—No será necesario.
Aquello captó inmediatamente la atención de Patrizia.
La visita sería breve.
O importante.
Quizá ambas.
—Dijo que quería verme.
—Sí.
Patrizia apoyó un brazo sobre la mesa.
—Y solo existe una razón por la que querría verme en privado en este momento.
Witherford sonrió.
—Tal como esperaba de Su Majestad.
Patrizia no correspondió a la adulación.
—¿Lo tiene?
El duque asintió.
—Tengo un testigo.
Los dedos de Patrizia se detuvieron sobre la taza.
—¿Quién?
—Una dama de la corte del Palacio Bain.
Patrizia lo miró atentamente.
—¿De Rosemond?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo lleva allí?
—El suficiente.
—¿Es conocida por el resto del servicio?
—Sí.
—¿Y puede relacionar directamente a Rosemond con los asesinos?
Witherford hizo una pausa.
—Puede testificar lo necesario.
La formulación era deliberada.
Patrizia la entendió.
No preguntó si aquello era verdad.
Ya conocía la respuesta.
—¿Es confiable?
—Es inteligente.
—No pregunté eso.
—Precisamente por ser inteligente es confiable.
Patrizia entrecerró los ojos.
Witherford continuó:
—Sabe juzgar una situación.
—Eso tampoco significa lealtad.
—No necesito que sea leal.
—¿Entonces?
—Necesito que comprenda las consecuencias de cambiar su declaración.
Patrizia dejó la taza sobre el platillo.
—¿La amenazó?
—Le ofrecí condiciones.
—¿Qué clase de condiciones?
—Relacionadas con su familia en su ciudad natal.
La expresión de Patrizia se endureció ligeramente.
—Duque.
—No les ocurrirá nada.
Respondió Witherford con tranquilidad.
—Siempre que ella cumpla su parte.
Eso no mejoraba demasiado la frase.
Patrizia guardó silencio.
Ya había permitido que aquello avanzara.
Ahora tenía delante el resultado.
—¿Podría arrepentirse?
—Todo ser humano puede arrepentirse.
—No juegue conmigo.
—No lo hago.
Witherford inclinó ligeramente la cabeza.
—No hará nada estúpido.
—¿Está seguro?
—Sí.
Patrizia lo estudió.
—¿Quién más sabe esto?
—Nadie.
—¿Nadie?
—Solo usted y yo conocemos el propósito real.
—¿La testigo?
—Conoce el papel que debe cumplir.
Patrizia asintió lentamente.
—¿Raphaella?
—No conoce todos los detalles.
Eso le produjo una incomodidad difícil de ignorar.