De Dama A Reina

Capítulo 21 - ¿Amas Al Emperador?

Patrizia contempló a Rosemond durante varios segundos.

La pregunta había sido pronunciada con aparente sencillez.

—¿Estuviste con el Emperador anoche?

Pero la expresión de la mujer frente a ella decía algo completamente distinto.

Aquello no era curiosidad.

Era una acusación.

Una bastante absurda.

Patrizia frunció ligeramente el ceño.

Después, como si finalmente comprendiera a qué se refería Rosemond, abrió un poco los ojos.

—Ah.

Claro.

La noche anterior.

La tormenta.

Lucio durmiendo en su habitación.

Patrizia casi había olvidado lo escandaloso que debía parecer aquello desde fuera.

Casi.

Su expresión volvió a la normalidad.

—Sí.

Rosemond se quedó inmóvil.

Patrizia añadió tranquilamente:

—Estuve con él.

La mano de Rosemond se cerró alrededor de la falda de su vestido.

Patrizia observó aquel pequeño movimiento.

Interesante.

Así que realmente estaba celosa.

Pero otra pregunta apareció en su cabeza.

¿Cómo se había enterado tan rápido?

Lucio había abandonado el Palacio de la Reina antes del amanecer.

Apenas habían pasado unas horas.

Sin embargo, Rosemond ya estaba allí exigiendo explicaciones.

Patrizia miró brevemente hacia Mirya.

Luego hacia Glara.

Finalmente regresó a Rosemond.

El Palacio Imperial era famoso por sus rumores, por supuesto.

Pero aquello parecía excesivamente rápido.

¿Acaso Rosemond tenía personas vigilando sus movimientos?

¿Sirvientes que le informaban?

¿Un espía dentro del Palacio de la Reina?

La idea le desagradó.

No sería imposible.

De hecho, conociendo a Rosemond...

Era completamente posible.

Patrizia decidió guardarlo en algún rincón de su mente.

Después lo investigaría.

Ahora tenía un problema diferente frente a ella.

Rosemond preguntó:

—¿Por qué?

Patrizia levantó una ceja.

—¿Por qué qué?
—¿Por qué estaba Su Majestad contigo?

Patrizia pensó durante un instante.

Podía responder simplemente que habían coincidido en los jardines.

Pero el tono de Rosemond comenzaba a irritarla.

Así que eligió una respuesta perfectamente verdadera.

Aunque convenientemente ambigua.

—Porque estaba a solas con el Emperador.

Rosemond tensó la mandíbula.

Patrizia continuó:

—Y quedamos atrapados por la lluvia.

Silencio.

Mirya bajó ligeramente los ojos.

Si alguien no conociera los acontecimientos reales de la noche anterior, aquella explicación podía sonar...

Romántica.

Una reina y un emperador solos bajo la lluvia.

Una tormenta repentina.

Ambos refugiándose juntos en el Palacio de la Reina.

El Emperador pasando allí la noche.

Sí.

Definitivamente sonaba peor de lo que había sido.

Patrizia estuvo a punto de sonreír.

La realidad había consistido en ella gritando que Lucio estaba loco mientras lo arrastraba empapado por un sendero.

Muy romántico.

Rosemond, naturalmente, no tenía acceso a aquella parte de la historia.

Solo escuchaba lo que quería escuchar.

—Anoche...

Su voz salió más baja.

—¿Estabas con Su Majestad?

Patrizia parpadeó.

¿No acababa de responder exactamente eso?

—Sí.

Los dedos de Rosemond temblaron.

—¿Por qué?

Patrizia sintió que aquella conversación había alcanzado oficialmente un nivel absurdo.

Si algún día tuviera que escoger los momentos más ridículos de su vida, aquel tendría una posición bastante elevada.

Una concubina.

Dentro del Palacio de la Reina.

Preguntándole a la esposa legítima del Emperador por qué había pasado la noche con su propio marido.

Patrizia la contempló con incredulidad.

Rosemond no pareció advertir nada extraño.

Aquello también era un talento.

Uno verdaderamente irritante.

Patrizia soltó lentamente el aire.

—Señorita Phelps.

Rosemond sostuvo su mirada.

—No es precisamente inusual que una reina esté con su emperador.

La expresión de Rosemond cambió apenas.

Patrizia continuó antes de que pudiera hablar.

—Sin embargo...

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Supongo que sería normal que una reina preguntara por qué el Emperador concede títulos, palacios y privilegios a una concubina.

Rosemond no respondió.

—También podría preguntarte cada vez que pases una noche con Su Majestad.

Patrizia sonrió.

—¿Quieres que comience a hacerlo?

Rosemond abrió los ojos.

—¡Su Majestad!

Patrizia levantó una mano.

—No grites.

La otra mujer cerró la boca.

—Esto sigue siendo el Palacio de la Reina.

Patrizia habló con absoluta tranquilidad.

—Y como te expliqué ayer, tus modales dejan bastante que desear.

Los ojos de Rosemond ardieron.

Patrizia la examinó lentamente.

—Empiezo a preguntarme por la reputación del barón Darrow.

Rosemond se tensó.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que si esta fue la educación que recibiste bajo su techo...

Patrizia ladeó ligeramente la cabeza.

—Entonces quizá las historias sobre su distinguida casa estén exageradas.

Rosemond palideció.

—Está yendo demasiado lejos.

Patrizia soltó una breve risa.

—¿Yo?

Sus ojos perdieron cualquier rastro de diversión.

—¿No crees que eres tú quien está yendo demasiado lejos?

La habitación quedó en silencio.

Patrizia comenzaba a perder la paciencia.

Y eso no era bueno.

Normalmente podía soportar provocaciones mucho más tiempo.

Podía observar.

Esperar.

Responder solo cuando resultaba necesario.

Pero aquella mañana tenía fiebre ligera, dolor de cabeza y una garganta que parecía haber sido lijada durante la noche.

Además, Rosemond llevaba menos de diez minutos allí y ya había conseguido hacerle desear volver a la cama.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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