De Dama A Reina

Capítulo 72 - Te Amo

Era la primera vez que Petronilla salía en una cita de aquella naturaleza.

Había asistido a innumerables banquetes, bailes y reuniones sociales.

Sabía conversar con los nobles, mantener la compostura y responder con elegancia incluso a los comentarios más incómodos.

Pero aquello era diferente.

No se trataba de una reunión organizada por sus padres ni de un encuentro casual durante una celebración.

Había aceptado pasar el día con un hombre que afirmaba estar enamorado de ella.

Y esa sencilla circunstancia bastaba para hacerla sentir extraordinariamente torpe.

Petronilla caminaba junto a Rothesay por una avenida iluminada por el sol.

El joven parecía perfectamente tranquilo.

Su expresión mostraba una sonrisa tan natural que resultaba difícil imaginarlo nervioso.

La luz del mediodía se filtraba entre las ramas de los árboles y caía sobre su cabello castaño, formando un resplandor cálido alrededor de su rostro.

Por un instante, Petronilla pensó que parecía rodeado por un halo.

Qué absurdo.

Apartó ligeramente la mirada.

Pero unos segundos después volvió a observarlo.

Rothesay lo advirtió.

—¿Hay algo en mi rostro, mi señora?

Petronilla se sobresaltó.

—¡Ah!

El joven la miró con curiosidad.

Ella se apresuró a negar con la cabeza.

—No, no es nada.
—¿Está segura?
—Por supuesto.

Petronilla buscó rápidamente una explicación.

—Solo estaba admirando su atuendo.

Hizo una pausa.

—Se ha vestido muy elegantemente hoy.

La sonrisa de Rothesay se amplió.

—Me alegra muchísimo escucharlo.

Dejó escapar un suspiro de alivio.

—Debo confesar que estaba preocupado.

Petronilla parpadeó.

—¿Preocupado?
—Sí.

El joven la observó con una expresión ligeramente avergonzada.

—No sabía si conseguiría despertar su interés.

Petronilla lo contempló durante unos segundos.

Después respondió con naturalidad:

—Si no me interesara pasar tiempo con usted, no estaría aquí.

Rothesay se quedó inmóvil.

Sus ojos brillaron.

—Gracias, mi señora.

La sinceridad de su gratitud desconcertó a Petronilla.

¿Por qué parece tan feliz por algo tan sencillo?

No tuvo tiempo de reflexionar demasiado.

Rothesay volvió a hablar.

—¿Hay algo en particular que le gustaría hacer hoy?

Petronilla levantó la mirada.

—¿Algo que me gustaría hacer?
—Sí.

El joven sonrió.

—He reservado todo el día para usted.

Hizo una pequeña pausa.

—Me gustaría acompañarla a cualquier lugar que desee visitar.

Petronilla abrió ligeramente los ojos.

—Oh...

No había considerado aquella posibilidad.

Había pensado que Rothesay, por ser quien la había invitado, tendría preparado algún itinerario.

Quizá un paseo.

Una visita a un jardín.

O una comida en algún establecimiento elegante.

Pero ahora descubría que esperaba que ella eligiera.

—Para ser sincera...

Petronilla vaciló.

—No había pensado en nada concreto.

Rothesay asintió con comprensión.

—Ya veo.

Su voz fue amable.

—Entonces podemos decidirlo ahora.

Sonrió.

—No tiene por qué preocuparse demasiado.

Petronilla lo observó.

—¿Y usted?
—¿Yo?
—¿No hay algo que le gustaría hacer?

Rothesay soltó una pequeña risa.

—¿No se lo he dicho ya?

La joven inclinó ligeramente la cabeza.

Él continuó:

—Me sentiré feliz haciendo cualquier cosa que usted elija.

Su sonrisa se volvió más cálida.

—Mientras esté a su lado, el lugar no tiene demasiada importancia.
—...

Petronilla apartó la mirada.

Este hombre es increíblemente desvergonzado.

No comprendía cómo podía pronunciar aquellas frases con tanta facilidad.

¿Acaso alguien le enseñó a hablar así?

Quizá había pasado demasiado tiempo en compañía de algún conquistador experimentado.

La idea le produjo una pequeña sospecha.

Entonces, de pronto, se le ocurrió algo.

Sus ojos brillaron.

—Señor Bradington.

Rothesay volvió inmediatamente la cabeza.

—Sí, mi señora.

Petronilla sonrió.

—Creo que ya sé qué me gustaría hacer.

El joven pareció complacido.

—Maravilloso.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Dígame qué desea.

Una sonrisa traviesa apareció en los labios de Petronilla.

—Quiero ir a ver un duelo.

Rothesay parpadeó.

—¿Un... duelo?
—Sí.

La joven asintió con firmeza.

El joven la observó, desconcertado.

—¿Se refiere a un combate con espadas?
—Exactamente.

Petronilla sonrió.

—De esos en los que dos hombres se enfrentan en una arena.

Rothesay parecía intentar comprender.

—¿Un combate de gladiadores?
—Sí.

La joven levantó ligeramente la barbilla.

—Uno en el que luchan hasta la muerte.

El silencio se prolongó.

Rothesay la contempló con una expresión difícil de interpretar.

Petronilla mantuvo su sonrisa.

Por dentro, sin embargo, estaba bastante satisfecha consigo misma.

Nunca había presenciado un combate de gladiadores.

Tampoco había sentido interés en hacerlo.

De hecho, siempre le había parecido incomprensible que algunos nobles consideraran entretenido observar cómo dos personas se herían por diversión.

Pero aquel día tenía una razón diferente.

Perfecto.

¿Qué hombre continuaría idealizando a una mujer después de descubrir que disfrutaba contemplando enfrentamientos sangrientos?

Si Rothesay la consideraba brutal, caprichosa o poco refinada, quizá dejaría de mirarla con aquellos ojos enamorados.

Y Petronilla podría recuperar la tranquilidad.

Esta vez sí funcionará.

Sonrió para sí misma.

Había una cosa, sin embargo, que no había considerado.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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