De Dama A Reina

Capítulo 50 - No Se Ve Bien

El mayordomo se inclinó hacia la ventanilla del carruaje.

Antes de hablar, miró discretamente a ambos lados.

Petronilla observó el gesto.

No parecía que quisiera despedirse.

—Mi señora...

Su voz descendió.

—Sé por qué se le pidió.

Petronilla permaneció en silencio durante un instante.

Después dejó escapar un pequeño suspiro.

—...Sí.

No necesitaban decir mucho más.

Ambos comprendían cuál era realmente su función en la Casa Ephreney.

Petronilla no estaba allí para reemplazar al mayordomo.

Tampoco para sustituir al ama de llaves.

Ni siquiera para dirigir personalmente cada asunto doméstico durante la ausencia de la duquesa.

Era una presencia.

Una autoridad externa.

Un par de ojos.

Alguien cuyo apellido y relación con la Reina harían más difícil que ciertas personas aprovecharan la ausencia de la señora de la casa.

Petronilla apoyó una mano sobre el borde de la ventanilla.

—No creo que nadie aprecie demasiado que entre y salga de la residencia todos los días.

El mayordomo asintió.

—Comprendo.
—Mi presencia constante solo haría que algunas personas se sintieran vigiladas.

Una breve pausa.

—Y entonces tendrían más cuidado.

El hombre captó inmediatamente el significado.

—Sí, mi señora.
—Así que no vendré más de lo necesario.
—Será suficiente.
—Pero necesito que usted haga todo lo posible mientras yo no esté.

El mayordomo inclinó la cabeza.

—Puede confiar en mí.

Petronilla lo estudió.

La duquesa había hablado de aquel hombre con seguridad.

Llevaba mucho tiempo al servicio de la familia.

Eso era suficiente por ahora.

—Bien.
—Me aseguraré de que no ocurra ningún inconveniente.
—¿Y si ocurre?

El mayordomo levantó la mirada.

Petronilla sonrió suavemente.

—Me informa.
—Por supuesto.
—Aunque parezca pequeño.
—Sí, mi señora.
—Especialmente si parece pequeño.

El hombre comprendió.

—Lo tendré presente.

Petronilla asintió.

—Confío en usted.
—No la decepcionaré.
—Eso espero.

Le ofreció una última sonrisa y cerró la ventanilla.

El cochero hizo avanzar a los caballos.

La residencia Ephreney comenzó a quedar atrás.

Petronilla se apoyó contra el asiento.

El silencio del carruaje resultó agradable.

Cerró los ojos.

Estaba cansada.

Mucho más de lo que había querido admitir ante Patrizia.

El trabajo en el Palacio Imperial no era físicamente extenuante la mayor parte del tiempo, pero los últimos acontecimientos habían hecho difícil descansar de verdad.

Patrizia.

El atentado.

Lucio.

Rosemond.

La investigación.

Ahora Ephreney.

Parecía que cada problema daba paso al siguiente antes de que el anterior pudiera enfriarse.

—¿La llevo al Palacio Imperial, mi señora?

Preguntó el cochero desde fuera.

Petronilla abrió los ojos.

Pensó en regresar.

En encontrar a Patrizia rodeada de documentos.

En quedarse allí hasta entrada la noche, como acostumbraba.

Después volvió a cerrar los ojos.

No.

Por una vez, podía descansar.

Rosemond estaba fuera.

Patrizia no corría ningún peligro inmediato.

Y Petronilla llevaba demasiado tiempo sin permitirse simplemente volver a casa.

—No.

Respondió.

—¿Mi señora?
—Hoy no iré al palacio.

Hubo una pausa.

—¿Adónde desea ir?

Petronilla acomodó la cabeza contra el respaldo.

—A la propiedad del marqués Grochester.
—Sí, mi señora.

El carruaje cambió de ruta.

Petronilla dejó escapar lentamente el aire.

Hoy descansaría.

Solo un poco.

—Su Majestad.

Patrizia caminaba tranquilamente por uno de los jardines del Palacio de la Reina cuando Raphaella se acercó.

—¿Qué ocurre?
—Su hermana envió un mensaje.

Patrizia se detuvo.

—¿Nil?
—Sí.
—¿Qué pasó?

Raphaella negó rápidamente.

—Nada malo.

Patrizia relajó los hombros.

—No empieces una noticia diciendo eso.

Raphaella parpadeó.

—¿Por qué?
—Porque parece que vas a decirme que alguien murió.

Mirya, que caminaba al otro lado de Patrizia, ocultó una sonrisa.

Raphaella pareció considerar seriamente el consejo.

—Lo recordaré.
—Bien. ¿Qué dijo?
—Que regresará temprano a la residencia Grochester.

Patrizia frunció el ceño.

—¿Hoy?
—Sí.
—Eso es extraño.

Petronilla normalmente permanecía con ella hasta bastante tarde.

A veces Patrizia incluso tenía que obligarla a regresar a casa.

—¿Dijo por qué?
—Está cansada.

Patrizia asintió inmediatamente.

Eso sí lo entendía.

—También mencionó que, como Rosemond no está en el palacio, podía permitirse descansar un poco.

Patrizia soltó una breve risa.

—Al menos una de las dos sabe aprovechar la oportunidad.

Mirya la miró.

—Usted también debería hacerlo.
—Estoy caminando por el jardín.
—Eso no es descansar.
—Para mí sí.
—Eso explica muchas cosas.

Patrizia le lanzó una mirada.

Mirya bajó inocentemente los ojos.

—Muy bien.

Dijo Patrizia.

—Que Nil descanse.
—Le haré saber que recibió el mensaje.
—Gracias.

Patrizia continuó caminando.

Ella misma había decidido abandonar el escritorio durante un rato.

El clima era agradable.

El jardín estaba tranquilo.

Y, sobre todo, Rosemond estaba lejos.

Resultaba irritante comprobar cuánto mejoraba su estado de ánimo con la simple ausencia de una persona.

Patrizia se inclinó al pasar junto a un macizo de flores.

Arrancó una pequeña flor roja.

La sostuvo entre los dedos.

—Qué paz.

Murmuró.

Raphaella miró alrededor.

—Siempre es tranquilo aquí.
—No hablaba del jardín.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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