De Dama A Reina

Capítulo 95 - Pero No Me Arrepiento

Capítulo 95 - Pero No Me Arrepiento

El juicio se celebraría en la plaza Gervianen, en el corazón de la capital.

Poco antes del mediodía, Patrizia abandonó el Palacio de la Reina.

Llevaba un vestido azul de líneas elegantes, apropiado para una ceremonia oficial.

Su cabello estaba cuidadosamente recogido y su rostro mostraba una serenidad que contrastaba con el cansancio acumulado durante los últimos días.

Aquel juicio sería público.

Dado que la acusación podía concluir con una sentencia de muerte, se había permitido la asistencia de todos los habitantes del Imperio que desearan presenciarlo.

Patrizia subió al carruaje sin pronunciar palabra.

Raphaella ocupó el asiento a su lado.

Durante el trayecto, ninguna de las dos intentó iniciar una conversación.

El sonido de las ruedas sobre el empedrado llenaba el silencio.

Finalmente, Raphaella miró por la ventanilla.

—Llegaremos en unos cinco minutos, Rizi.

Patrizia entrelazó lentamente los dedos.

—Entiendo.

Después cerró los ojos.

La plaza Gervianen.

Conocía demasiado bien aquel lugar.

En su vida anterior, allí había presenciado el final de su familia.

Allí habían muerto sus padres.

Su hermana.

Y ella misma.

La plaza estaba asociada a recuerdos que ni siquiera el paso del tiempo había conseguido borrar.

Todavía podía imaginar la multitud.

Los gritos.

La plataforma de ejecución.

Y la cuchilla de la guillotina descendiendo sobre quienes habían sido condenados.

Qué ironía.

Una sonrisa tenue, casi imperceptible, apareció en sus labios.

En aquella vida había sido una víctima.

Una mujer sin poder para detener el destino de sus seres queridos.

Ahora regresaba al mismo lugar como Emperatriz.

Y la persona que esperaba una sentencia de muerte no era ella.

Era Rosemond.

Las posiciones se han invertido.

Patrizia dejó escapar una risa silenciosa.

No había alegría en ella.

Solo una amarga conciencia de lo extraño que podía resultar el destino.

La plaza Gervianen estaba abarrotada.

Una multitud se había reunido mucho antes de que comenzara el juicio.

Los ciudadanos ocupaban los espacios permitidos alrededor de la plataforma, mientras los guardias imperiales mantenían despejados los accesos destinados a la familia real y a los nobles.

La acusación contra Rosemond había despertado una enorme conmoción.

No se trataba de una disputa ordinaria entre aristócratas.

La antigua favorita del Emperador estaba acusada de intentar asesinar a la Reina.

Era inevitable que la noticia atrajera a miles de curiosos.

El juicio anterior de Rosemond se había celebrado en privado, pues entonces era necesario mantener en secreto el intento de asesinato contra el Emperador.

Esta vez, en cambio, no existía ninguna intención de ocultar lo sucedido.

La acusación sería examinada ante los ojos de todos.

—¡Su Majestad la Reina!

Una voz se alzó entre la multitud.

—¡La Reina ha llegado!

Las exclamaciones se extendieron rápidamente.

Un carruaje adornado con los emblemas de la familia Grochester y de la casa imperial avanzó hasta el lugar reservado.

Cuando se detuvo, los guardias se apresuraron a abrir la puerta.

Patrizia descendió con expresión serena.

Su mirada recorrió brevemente la plaza.

Vio a los nobles reunidos para el juicio.

A los funcionarios encargados de dirigir el procedimiento.

Y, entre ellos, a Lucio.

Rosemond todavía no había llegado.

La multitud se inclinó a su paso.

Patrizia avanzó sin detenerse.

Al llegar frente al Emperador, realizó el saludo correspondiente.

—La Luna del Imperio presenta sus respetos a Su Majestad el Emperador.

Lucio la observó atentamente.

—¿Has tenido un viaje tranquilo?
—Sí, Su Majestad.

Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.

—No hubo ningún inconveniente.

El trayecto desde el Palacio de la Reina hasta la plaza apenas requería unos trece minutos.

La pregunta le pareció innecesariamente cuidadosa.

En otras circunstancias, quizá habría sonreído.

Pero aquella mañana no tenía ánimo para hacerlo.

—¿Cuándo llegará la acusada?

Preguntó.

Lucio miró hacia uno de los accesos.

—Pronto.

Hizo una pausa.

—Acaban de informarme de que ya ha salido del palacio.

Como si sus palabras hubieran sido una señal, un carruaje de aspecto deteriorado apareció al otro extremo de la plaza.

No llevaba adornos.

Tampoco los emblemas de ninguna familia noble.

Era un vehículo destinado al traslado de prisioneros.

La multitud comenzó a agitarse.

—¡Ahí viene!
—¡Es ella!

El carruaje se detuvo.

Dos guardias descendieron primero.

Después hicieron salir a Rosemond.

Apenas puso un pie en el suelo, comenzaron los insultos.

—¡Esa mujer intentó asesinar a Su Majestad!
—¡Desagradecida!
—¡Era una simple hija de barón!

Una mujer entre la multitud levantó la voz.

—¡El Emperador le concedió una posición que jamás habría conseguido por sí misma, y aun así quiso más!

—¡Ahora recibirá lo que merece!

Rosemond escuchó cada palabra.

Su expresión se endureció.

Sin embargo, no bajó la cabeza.

Avanzó con la espalda erguida y el mentón levantado, como si todavía pudiera imponerse sobre quienes la observaban.

Había perdido sus privilegios.

Su influencia.

La protección del Emperador.

Pero no estaba dispuesta a renunciar a su orgullo.

Los guardias la condujeron hasta el centro de la plaza.

Allí la obligaron a arrodillarse.

Rosemond intentó resistirse por un instante.

Sin embargo, tenía las manos atadas a la espalda.

No pudo hacer otra cosa que obedecer.

Patrizia la observó desde su lugar.

Los ojos de Rosemond seguían siendo feroces.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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